No atacar a Irán en 2019 fue brillante. Pero el reloj del orden mundial ya marca el final.

El motivo real de que Washington no bombardeara Irán en la madrugada del 21 de junio de 2019 —poco antes de las 20:00 en Washington (EDT), ya entrada la madrugada en el Golfo—no lo encontrarán en los medios de comunicación atrapados en su estéril cruzada contra el hombre naranja. La decisión que detuvo los misiles no fue impulsiva ni errática, sino el resultado de una dinámica geoestratégica que se gestó durante décadas.

En una conversación de los años noventa que aún resuena en mi memoria, el profesor Mark Iutcovich —que en paz descanse— me advirtió: los verdaderos hilos del poder no están donde los buscan las multitudes, no ondean en banderas ni se anuncian en boletines. Habiendo escapado del régimen de Nicolae Ceaușescu, entendía mejor que nadie que la dominación moderna no se impone con tanques, sino con símbolos. Me habló de constructos, de esas realidades consensuadas que operan como cárceles cognitivas. Y lo más inquietante, también sabía cómo desmantelarlas. Aunque su trabajo académico se centraba en técnicas metodológicas, análisis sociopolíticos y evaluación de políticas públicas, entre líneas enseñaba algo más valioso, cómo detectar la arquitectura invisible del engaño y, con suerte, no formar parte de ella.

Comprendí que el ciudadano es un esclavo. No por cadenas visibles, sino por aceptar sin cuestionar los códigos de la realidad impuesta. Porque el verdadero esclavo no es el que obedece por miedo, sino el que cree que no hay nada que desobedecer. Como muchos políticos me han comentado a puerta cerrada: “el pueblo tiene lo que se merece”. Esas palabras resumen el núcleo del problema. Y lo tiene porque ha sido desactivado cognitivamente. Porque no posee las claves para interpretar el teatro en el que vive. Porque ha confundido democracia con delegación absoluta, libertad con consumo y dignidad con obediencia mediatizada. Vive atrapado en un zoo de significados ajenos, rumiando opiniones prestadas, celebrando elecciones que no entiende, indignándose a pedido y odiando a quien le ordenen. Ese es el nuevo esclavo. Sin horizonte. Y esa es la nueva estabilidad.

Y si alguien quiere entender por qué esa domesticación funciona con tanta eficacia, debe mirar el tablero donde realmente se decide el orden, no el de los principios declarados, sino el del comercio y sus reglas. Ahí aparece lo que casi nunca se menciona, el marco jurídico que gobierna el tráfico global.

Aquí es donde se esconde la ilusión fundacional, porque el comercio global no se rige por la Ley de la tierra —el derecho común— ni por constituciones ni derechos civiles nacionales. Se rige por la Ley de Almirantazgo Marítimo —la ley del mar, la ley del comercio, la ley de las corporaciones—. Es por eso que usted, aunque crea ser un ciudadano con derechos, está registrado como una entidad jurídica, un activo con valor fiscal, un bien comerciable dentro del sistema. Esta ley es la columna vertebral invisible de todo pacto económico internacional. No gobierna la justicia. Gobierna el tráfico. De recursos, de deuda, de usted. Y no, no voy a explicar aquí en qué consiste exactamente esa ley. Si nunca la ha oído nombrar, no es por accidente. Su ignorancia al respecto no es culpa del sistema; es su responsabilidad como adulto funcional y, supuestamente, libre. Nadie va a darle el mapa del laberinto. Ni siquiera yo.

Dicho eso, volvamos al punto operativo, cómo ese entramado se tradujo en demanda estructural de dólares. Con esa arquitectura como columna vertebral, la consecuencia fue gigantesca, al necesitar dólares para comprar petróleo, cada país del mundo se volvió consumidor forzoso de la divisa estadounidense, asegurando su demanda perpetua. Así, Estados Unidos pudo financiar déficits sin inflación descontrolada, expandir su economía y sostener una hegemonía que dependía más del petróleo que de los cañones.

En la noche del 20 al 21 de junio de 2019, horas después de que Irán derribara un dron estadounidense RQ-4 Global Hawk sobre el Estrecho de Ormuz, la Casa Blanca autorizó una represalia limitada contra tres objetivos vinculados a la defensa aérea iraní (radares y baterías de misiles). La operación estaba en fase de ejecución, plataformas desplegadas, ventana de ataque abierta, cadena de mando cerrada. Y, sin embargo, a unos diez minutos del impacto, el presidente abortó la orden. La explicación pública fue la “proporcionalidad”, evitar una cifra estimada de 150 muertos por la pérdida de un dron no tripulado.

Lo relevante no es la anécdota moral, sino el riesgo sistémico, ese frenazo no evitó un bombardeo puntual; evitó el salto de fase hacia una escalada regional con capacidad de contagio financiero-energético. Dicho de otro modo, no fue compasión, fue gestión de riesgo.

Habría sido el colapso en cámara lenta de un orden sostenido por contratos energéticos, estructura financiera y arterias petroleras selladas desde 1974. No hubo compasión. Hubo contabilidad. Lo que se protegió no fueron 150 vidas, sino la continuidad de una red hegemónica que no puede permitirse interrupciones sin riesgo de desmoronarse desde dentro.

Los actores clave no fueron ni Irán ni Estados Unidos, sino Arabia Saudita, Qatar y China. Fueron ellos quienes frenaron la guerra antes de que empezara. Arabia Saudita, supuestamente la principal víctima de Irán, pidió contención. Qatar, pese a albergar bases militares estadounidenses, lleva años dejando claro que no quiere que su territorio funcione como plataforma de escalada contra Irán. Esa postura introduce fricción operativa y empuja, por defecto, hacia la contención. Y China, el nuevo garante silencioso, ofreció algo que Washington ya no garantizaba del todo, estabilidad regional a través de intereses cruzados.

El ciudadano medio jamás verá esta escena. No está diseñada para ser visible. Pero esa noche, el mundo se sostuvo sobre una disuasión que ya no responde a la fuerza militar, sino a la fragilidad del orden económico global. Y a una verdad incómoda, Irán, el enemigo eterno, se ha vuelto esencial para mantener el equilibrio que sostiene al dólar, al petróleo y a la influencia estadounidense.

Todo se remonta a 1974, cuando Washington y Riad cerraron un entendimiento no oficial. Arabia Saudita se comprometía a denominar en dólares estadounidenses sus exportaciones de petróleo. A cambio, Estados Unidos reforzaría su garantía de seguridad militar y apoyaría la modernización de su infraestructura. Este acuerdo dio origen al petrodólar, un sistema que convirtió al dólar en la moneda obligatoria para el comercio energético global.

Durante décadas, Arabia Saudita actuó como garante regional de ese sistema. Pero todo cambió cuando, el14 de septiembre de 2019, un ataque con drones y misiles contra Abqaiq y Khurais recortó en minutos una parte sustantiva de la capacidad de procesamiento saudí y expuso la vulnerabilidad del corazón energético del sistema. Riad, entonces, miró a Washington esperando una respuesta fulminante. La respuesta fue ambigua. No hubo misiles. No hubo represalia. Solo declaraciones diplomáticas.

Y con ese silencio, Arabia Saudita perdió la fe en su protector histórico. No solo por la inacción, sino porque entendió una verdad brutal, la protección estadounidense ya no es automática; es condicional. Y cuando el costo estratégico se dispara —por ejemplo, ante el riesgo de desestabilizar el mercado global— Washington no aprieta el gatillo. Aunque el tablero no es estático, con el factor Venezuela como potencial válvula energética, ese umbral de tolerancia podría moverse, y con él, la disposición a escalar.

Fue allí donde Pekín entró como actor decisivo. En marzo de 2023, China medió un acuerdo histórico entre Arabia Saudita e Irán para restaurar relaciones diplomáticas, un tratado impensable una década antes. Pero más allá del gesto, el acuerdo sirvió para blindar económicamente a ambos países, Irán garantiza no atacar y Arabia Saudita no promover un cambio de régimen, en una alianza pragmática donde China funciona como garante comercial.

Detrás de toda narrativa oficial suele haber una contabilidad que no se declama en ruedas de prensa. Y detrás de cada enemigo convenientemente iluminado, una utilidad que conviene no nombrar. Irán —vendido al público como villano perpetuo, mientras en Teherán se reserva el título de “Gran Satán” para Washington— ya no opera solo como antagonista moral, cumple una función sistémica para casi todos sus supuestos adversarios. En política exterior, a menudo, el “enemigo” no es un problema que se resuelva; es un activo que se gestiona.

Para Arabia Saudita, representa una amenaza que justifica su rearme, su modernización militar y sus vínculos con China e Israel. Para Qatar, es el vecino incómodo pero necesario con quien comparte una de las mayores reservas de gas del mundo. Para Israel, es el pretexto para robustecer su alianza energética con los saudíes, conectando oleoductos que permiten el transporte seguro de crudo al Mediterráneo, esquivando los estrechos controlados por Irán o sus milicias aliadas.

Y para Estados Unidos, Irán es el equilibrio perfecto, lo suficientemente amenazante para justificar presencia militar permanente, pero demasiado importante para desaparecer del mapa. Derrocarlo sería desatar una crisis petrolera global, desplomar el dólar y destruir la red de pactos financieros que sostiene su hegemonía. Ese cálculo no eliminó la acción militar; la encapsuló en golpes de precisión con techo político. Entre el 13 y el 24 de junio de 2025, Israel abrió una campaña contra el programa nuclear y capacidades de misil iraníes; y el OIEA confirmó que Natanz fue alcanzada de forma directa, incluyendo infraestructura subterránea. Días después, la noche del 21 al 22 de junio, Estados Unidos entró con ataques sobre Fordow, Natanz e Isfahan, buscando degradar capacidades sin convertir la crisis en guerra total sostenida. Hubo potencia de fuego, sí; pero con freno de mano estratégico. Mientras la narrativa se estanca en la vieja dicotomía entre aliados y enemigos, el verdadero mapa de poder se traza con tuberías, puertos, rutas de exportación y acuerdos financieros. El ejemplo más claro: Israel. Al tiempo que la atención mediática se centraba en Gaza, Tel Aviv sellaba discretamente acuerdos de infraestructura con Riad. El objetivo, permitir que el petróleo saudí llegue a Europa a través de territorio israelí, evitando las rutas controladas por Irán o sus milicias aliadas en Yemen y Siria. La infraestructura sustituye a la diplomacia. La necesidad sustituye al reconocimiento. Arabia Saudita no necesita firmar la paz con Israel; le basta con no poder sobrevivir sin él.

Este tipo de alianzas pragmáticas, basadas en dependencia estratégica más que en afinidad ideológica, están reconfigurando Medio Oriente. Qatar y Arabia Saudita, antiguos rivales, ahora comparten intereses de contención. Emiratos y Riad compiten por el mismo estatus financiero. Y China se consolida como garante de la estabilidad silenciosa, mientras Estados Unidos intenta adaptarse al nuevo tablero.

Lo que cambia no es solo la distribución del poder, sino la lógica del poder. Ya no se trata de controlar por fuerza, sino de volverse indispensable. No dominar por miedo, sino por infraestructura. No castigar a los enemigos, sino integrarlos como piezas de un equilibrio frágil pero funcional. Esto explica, por ahora, la situación de Venezuela.

El poder militar ya no basta. La disuasión real se ejerce a través de la logística, las finanzas y la energía. Hoy, los conflictos se amortiguan no por ejércitos desplegados, sino por rutas de suministro, corredores energéticos y balances bancarios. El músculo bélico ha cedido su trono al músculo estructural.

El petrodólar, aunque sigue siendo el pilar de la hegemonía estadounidense, muestra signos crecientes de fragilidad. Lo que antes era garantía hoy es dependencia; lo que antes era dominio hoy se convierte en negociación. Y mientras más actores se suman al tablero, más inestable se vuelve ese antiguo orden.

China no actúa por convicción ideológica, sino por necesidad estructural. Su ascenso como mediador en Medio Oriente es una maniobra lógica dentro de su ambición mayor, consolidar rutas comerciales seguras, garantizar su suministro energético y ampliar su influencia sin necesidad de un solo disparo.

Arabia Saudita, por su parte, ya no entrega cheques en blanco a Washington. La confianza ciega ha sido reemplazada por un cálculo de supervivencia. Y en ese cálculo, la diversificación de alianzas se impone como nueva doctrina de seguridad.

Irán, en este escenario, se ha vuelto más útil intacto que eliminado. Cumple la función de amenaza necesaria, permite justificar gastos militares, alianzas estratégicas y presencia internacional sin necesidad de una guerra abierta. Es, paradójicamente, el enemigo que más ayuda a mantener el equilibrio.

Israel también ha entendido los tiempos. Ha cambiado la diplomacia simbólica por acuerdos tangibles de infraestructura. En un mundo donde los oleoductos pesan más que las embajadas, se ha vuelto clave para la viabilidad energética saudí, incluso sin reconocimiento diplomático formal.

Mientras tanto, el ciudadano occidental permanece desinformado, rehén en un teatro político que apenas roza la superficie del verdadero poder. Cree vivir en un mundo de principios, sin ver los costos sistémicos que dictan cada decisión.

El próximo gran conflicto global no girará en torno a religiones ni ideologías, sino a rutas, flujos, puertos y reservas. Será una guerra por la administración del tránsito, no por la verdad. Y el mundo seguirá en pie no por acuerdos visibles, sino por pactos en la sombra que nadie se atreve a romper. La escalada no desaparece, se dosifica para no romper el tablero.

Y no se equivoque, que se haya evitado una guerra total no implica ausencia de golpes. Implica gestión de daños. El sistema no renunció a la escalada, la convirtió en un producto con techo político, “suficiente castigo” para sostener la narrativa y “suficiente contención” para no romper la infraestructura.

El patrón se repitió con otra excusa y el mismo manual. En enero de 2024, tras la muerte de personal estadounidense en un ataque atribuido a milicias alineadas con Irán, todo apuntaba a una represalia de alto voltaje, halcones presionando, cámaras enfocando, opinión pública calentada. La respuesta real fue otra: golpes selectivos, sanciones calibradas, presión por canales opacos. No fue debilidad; fue disciplina estratégica. El objetivo no era “ganar una guerra”, sino evitar que una crisis se convierta en incendio sistémico.

Y cuando en 2025 se volvió a golpear —esta vez de forma más explícita— quedó aún más claro el principio rector, el sistema tolera operaciones de degradación, castigos de precisión y exhibiciones de fuerza; lo que sigue evitando, por coste, es la guerra total sostenida. Dicho sin eufemismos, no manda la épica, manda la contabilidad. No manda la moral, manda el riesgo.

En 2019 se frenó a minutos del impacto. En 2024 se respondió con pinzas. En 2025 se golpeó con bisturí, no con martillo. Cambian los pretextos; no cambia la lógica, las guerras ya no se declaran; se administran. Los enemigos no se destruyen; se gestionan como activos del tablero.

Si después de todo esto aún cree vivir en una democracia, entonces el sistema ha hecho bien su trabajo.

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