China, Rusia y Estados Unidos, geoestrategia del siglo XXI

Vivimos en un entorno donde ya no es razonable confiar automáticamente en los medios de comunicación tradicionales. Con demasiada frecuencia han pasado de informar a administrar relatos, seleccionar marcos, priorizar agendas y gestionar percepciones. No es un fenómeno local; es un patrón global. En paralelo —también en España— han surgido iniciativas bienintencionadas, formatos que reúnen a periodistas con vocación de contraste, que aspiran a exponer hechos, corregir sesgos y elevar el estándar. Hasta ahí, impecable.

El problema empieza cuando ese impulso se contamina con tics de autoridad del tipo “aquí están los que saben”, como si el conocimiento fuese un carné y no un método. Ahí se tuerce el rumbo y se quedan sin horizonte, el periodismo deja de ser verificación y se convierte en capilla, el criterio en liturgia. Es la misma lógica que erosiona ciertos entornos académicos cuando operan con la máxima implícita de “si no lo hemos encontrado nosotros, no importa”. No es humildad epistémica, sino dependencia de validación y, a la vez, un mecanismo sociológico de autoprotección. Donde hay carrera, reputación, financiación y salario, hay incentivos; y los incentivos tienden a construir perímetros de lo decible, lo publicable y lo “serio”.

De ese modo, la ciencia —que debería ser método y disciplina— corre el riesgo de comportarse como religión institucional: textos canónicos, profetas de la “evidencia”, pronunciamientos coreografiados y una autoridad que pontifica como si el desacuerdo fuese herejía. No hace falta conspiración para que esto funcione, basta un corporativismo transversal (periodismo, academia, medicina, judicatura, policía, política) donde se premia la conformidad y se factura la heterodoxia.

El resultado es un ecosistema donde muchos profesionales, por cálculo o por miedo, evitan mirar con seriedad aquello que podría costarles el puesto, el prestigio o el acceso. La verdad no se refuta, sino se aplaza. No se discute, se gestiona. Así se consolida una realidad “certificada” por instituciones que a veces confunden rigor con control de daños; y audiencias que, agotadas, aceptan el sello como sustituto del pensamiento. Lo inquietante no es que exista manipulación —eso es viejo—, sino la naturalidad con la que se convierte en sistema un mercado global de medias verdades, omisiones estratégicas y narrativas útiles, con consecuencias tan profundas como previsibles.

Dicho esto, entremos en el análisis sin concesiones ni marcos prestados. En el escenario actual, donde la línea entre paz y guerra se ha vuelto tan tenue como una fibra óptica, la rivalidad entre China y Estados Unidos adquiere la textura de una tragedia griega interpretada con drones, algoritmos y misiles hipersónicos. A medio camino entre Tucídides y Orwell, la pugna geoestratégica que se libra hoy no es tanto por territorios físicos como por la hegemonía narrativa, por la definición misma del orden internacional.

La declaración reciente del secretario de Guerra, Pete Hegseth, admitiendo que los misiles hipersónicos chinos podrían aniquilar toda la flota de portaaviones de EE.UU. en 20 minutos, es un disparo de bengala en medio de la niebla estratégica. No se trata simplemente de una evaluación militar, es una obra de teatro kabuki geopolítica, un mensaje cifrado tanto para Pekín como para Bruselas, Tokio y Canberra.

La historia nos ofrece ecos familiares. En su declive, Atenas también magnificaba las amenazas espartanas para justificar su militarismo. Roma, antes de colapsar, lanzaba advertencias sobre los “bárbaros” que ella misma había entrenado o sobornado. Hoy, Washington denuncia el filo de una espada que ayudó a forjar, mientras China juega a la nueva Cartago, rica, expansionista, decidida a no repetir el error de confiar en el statu quo.

Este análisis explora, desde una mirada analítico-histórica y psicológico-cultural, los principales elementos de esta confrontación tectónica. El valor estratégico de la advertencia de Hegseth; los errores estructurales que podrían hundir a China pese a su ascenso meteórico; las mentalidades colectivas que moldean las decisiones; y la posibilidad de que el cazador se convierta en presa por su propia hibris. Considero que ignorar al dragón no lo hace desaparecer, lo alimenta. Y China, en su arrogancia tecnocrática, puede haber creado uno que no podrá controlar.

Que un secretario de Guerra declare abiertamente que China tiene la capacidad de borrar la columna vertebral naval de EE.UU. en menos de media hora no es un accidente ni una torpeza diplomática. Es una jugada maestra, o una ruleta rusa retórica. La hipérbole, en asuntos de defensa, es siempre una moneda de tres caras, admite vulnerabilidad, crea urgencia y fabrica consenso.

Primero, está la función presupuestaria, el complejo militar-industrial estadounidense, ese Leviatán que Eisenhower advirtió pero que nadie se atreve a domar, necesita justificaciones cíclicas para seguir creciendo. Nada activa más a los comités del Senado que la imagen de un portaaviones de $13.000 millones reducido a chatarra ardiente por un módulo chino con motor scramjet. La narrativa del «gap hipersónico» cumple con eficacia esa función, el enemigo avanza, debemos invertir más.

Segundo, se trata de una advertencia a aliados y enemigos. A los primeros, se les dice: “el monstruo es real, necesitamos su ayuda”. A los segundos, especialmente a Pekín, se les susurra: “sabemos lo que están haciendo, y estamos adaptándonos”. Esta es la lógica de la disuasión inversa, reconocer la amenaza no como señal de derrota, sino como prueba de sofisticación estratégica. En lenguaje clausewitziano, mostrar debilidad para provocar una sobreconfianza enemiga susceptible de ser explotada.

En suma, hay una dimensión psicológica. En tiempos de infoxicación y polarización tribal, una amenaza externa nítidamente definida puede ser el último recurso de cohesión nacional. Si Trump regresara en 2028 —algo altamente improbable por condicionantes constitucionales— necesitaría un adversario nítido para dotar de legitimidad política a su reordenamiento. China es perfecta para ese papel, comunista, tecnocrática, autoritaria, agresiva y, sobre todo, presuntuosamente segura de que ha vencido sin disparar.

Hegseth, que no es un neófito, ha entendido bien el momento simbólico, al exponer esa vulnerabilidad, lanza una advertencia velada tanto a la opinión pública como a la propia élite estratégica. Ya no hay pensadores como George Frost Kennan. Por este motivo, la guerra ya está aquí, solo que sus primeros disparos no suenan, vibran en el espectro electromagnético, silban en mercados de litio y estallan en códigos fuente de malware chino.

Pese a los malos augurios de ciertos gurús políticos —críticos, con razón, del complejo militar-industrial estadounidense—, el llamado G2 no pasa de ser un espejismo: China todavía no demuestra un entendimiento operativo y sostenido de lo que implica liderar —y estabilizar— el nuevo orden internacional.

Aparentemente invulnerable, triunfante en su narrativa de “ascenso pacífico” y amparada por un Partido Comunista con complejo de destino manifiesto, China avanza en el Mar del Sur como si la historia ya le hubiera otorgado su corona. Pero el problema de las estrategias que apuestan todo al dominio es que ignoran las arenas movedizas de la historia. Y el dragón, aunque temido, puede caer por sus propias escamas.

Primero, Rusia. El supuesto eje Pekín-Moscú (G2) es un matrimonio de conveniencia marcado por el veneno de siglos de desconfianza. Los chinos no olvidan que los zares les robaron Siberia oriental, ni que Stalin traicionó a Mao en los 50. Putin, a su vez, desprecia el servilismo comercial chino. En lo profundo, China sabe que Rusia es una potencia en descomposición, dependiente de exportar energía a descuento y de ejercer chantaje nuclear. Apoyarse en Rusia es como construir una autopista sobre un cementerio sísmico.

Segundo, el rearme de Japón. En una jugada histórica, Tokio ha reinterpretado su Constitución pacifista para desarrollar una fuerza ofensiva moderna. Misiles hipersónicos, inteligencia artificial aplicada a la defensa, interoperabilidad con QUAD y AUKUS… todo ello no apunta a Corea del Norte, sino a frenar la proyección naval china. Y a diferencia de China, Japón ha aprendido a combinar alta tecnología con flexibilidad institucional. La paradoja es que el único imperio del Pacífico que murió en 1945 está despertando justo cuando China sueña con ocupar su lugar.

Tercero, la frontera olvidada, el corredor de Wakhan. 90 km de montañas que conectan a China con Afganistán, hoy infestado de yihadismo post-talibán, crimen transnacional y redes de opiáceos. China ha intentado blindar esa grieta con vigilancia masiva, pero el caos siempre encuentra resquicios. Si Pekín cree que puede exportar caos (fentanilo, ciberataques, influencia ideológica) sin recibirlo de vuelta, ignora la vieja ley del espejo geopolítico, todo poder proyectado genera su sombra.

La hibris de China no está en su fuerza, sino en su ceguera selectiva. Como Atenas en Sicilia o Napoleón en Moscú, confunde ambición con invulnerabilidad. Pero la historia castiga a los veloces que no saben mirar hacia atrás.

Toda guerra, incluso la fría, es antes que nada una colisión de almas. Y las almas de las naciones, como decía Carl Jung, están estructuradas por arquetipos profundos. Las estrategias derivan de visiones del mundo, y estas de mentalidades colectivas con siglos de sedimentación.

La mentalidad china combina, de forma especialmente eficaz, colectivismo confuciano, reflejo dinástico de autopreservación e ingeniería social de impronta maoísta. El resultado es una lógica de “mente-colmena” orientada al cuerpo estatal, donde la obediencia al Partido no opera solo como coerción, sino como deber moral internalizado. En esta mentalidad, la disidencia no es heroica, sino peligrosa. La verdad no se busca, se asigna. Esto crea una eficiencia inicial temible, pero también una rigidez estructural que impide corregir errores a tiempo.

En contraste, Occidente, con sus contradicciones caóticas, sigue fiel al individuo como átomo moral y epistemológico. La sospecha hacia el poder central, la defensa del disenso, el caos creador… todo ello genera debilidad en el corto plazo, pero resiliencia en el largo. Un sistema donde es posible criticar —incluso con dureza— al presidente en X sin ser borrado del mapa también es un sistema con mayor capacidad de autocorrección y adaptación rápida ante crisis. El riesgo aparece cuando la libertad degenera en licencia, y el escepticismo saludable se convierte en nihilismo paralizante.

Japón representa una tercera vía, un colectivismo pragmático anclado en el honor individual. El bushidō fue desplazado por el ingeniero de Toyota, pero ambos comparten el culto al deber y a la excelencia. Japón ha sabido occidentalizarse sin suicidarse culturalmente, adaptarse sin diluirse. Su mentalidad es menos ideológica que funcional, si una tecnología sirve, se adopta; si una institución falla, se reforma. Y todo con un estoicismo que aterra al adversario.

Por último, la ummah islámica, una comunidad transnacional que, pese a su fragmentación sectaria, mantiene una narrativa de agravio histórico frente a Occidente y, crecientemente, frente a China. Desde la persecución de los uigures hasta la proyección económica del Belt and Road, Pekín está acumulando un pasivo reputacional que puede traducirse en resentimiento y estallar donde menos conviene. La ummah opera como una red rizomática, a simple vista puede parecer inerte, pero es capaz de activar, con poca señal previa, focos de resistencia simultáneos y difíciles de contener.

Estas mentalidades no son meras curiosidades antropológicas, sino matrices de acción. Ignorarlas es como planear una guerra sin entender el mapa.

El gran error de todo imperio no es conquistar demasiado, sino creer que puede digerir lo conquistado sin indigestión. China, embriagada por su aparente inevitabilidad histórica, corre ese riesgo. Lo que hoy se presenta como un ascenso irresistible puede, en la práctica, convertirse en un caso de manual de sobreextensión imperial.

Primero, por su trampa demográfica. El modelo de crecimiento acelerado chino se cimentó en mano de obra barata y en expansiones urbanas masivas. Ambas están llegando a su límite. Con una población envejecida, una caída drástica en nacimientos y una juventud desencantada con el contrato social implícito del Partido (prosperidad a cambio de silencio), China enfrenta una bomba de tiempo interna.

Segundo, el efecto boomerang del “Belt and Road”. Lo que se vendió como una nueva Ruta de la Seda se ha transformado en muchos lugares en una trampa de deuda, resentimiento local y proyectos fallidos. Sri Lanka, Pakistán, Kenya y hasta partes de Europa del Este ya muestran signos de fatiga ante la diplomacia de la chequera china. Las élites locales han aprendido que el yuan no viene sin cadenas. El cazador comienza a ser visto como un depredador.

Tercero, la reacción en cadena de alianzas contrarias. China ha logrado lo que ni Estados Unidos había conseguido desde la Guerra Fría, activar una coordinación estratégica real entre potencias tan diversas como India, Japón, Australia, Vietnam y el Reino Unido. AUKUS y QUAD son solo las puntas visibles de un nuevo equilibrio del miedo. El Pacífico está dejando de ser un lago chino para volver a ser un tablero multipolar.

Cuarto, la represión ideológica como fragilización interna. El éxito del Partido Comunista ha sido imponer un silencio sistémico. Pero ese silencio, como enseñaba Solzhenitsyn, no elimina la verdad, solo la posterga. Y en tiempos de redes, incluso censuradas, la verdad siempre encuentra grietas. El control totalitario produce uniformidad superficial y resentimiento latente. Y todo sistema basado en la mentira está condenado a la implosión cuando la verdad regresa, como el retorno de lo reprimido.

Quinto, China cree que puede modelar el mundo como modela sus algoritmos, con datos, disciplina y vigilancia. Pero el mundo no es una matriz predecible. No son “hard data”. Es, como decía Heráclito, un fuego vivo. La creencia de que basta con controlar la información para controlar la realidad es el error de todos los imperios digitales. Al final, el software no reemplaza al alma.

Sexto, la purga del alto mando y la ruptura de la cadena de mando. La decapitación del mando del EPL (incluyendo la investigación de figuras como Zhang Youxia y Liu Zhenli) no es solo un cumplimiento normativo anticorrupción; es, sobre todo, un movimiento de control que, en términos de gobernanza y disuasión, funciona como un error de cálculo de Xi Jinping. Al priorizar la lealtad política sobre la competencia operativa, el régimen erosiona su propia capacidad de ejecución, se congela la promoción, aumenta la aversión al riesgo en la oficialidad y se degrada la coordinación conjunta, precisamente lo que exigiría un escenario de alta complejidad como Taiwán. En términos sistémicos, el mensaje interno es tóxico, si “ni los cercanos” están a salvo, la burocracia elige la inacción y el aparato pierde velocidad; y cuando el mando se vuelve más opaco, el riesgo de error de cálculo sube, aunque el músculo aparente permanezca.

La historia enseña que los imperios caen no cuando son derrotados por fuera, sino cuando se vacían por dentro. China está hoy en una carrera contra su propio tiempo, si logra imponer su modelo antes de que se agriete, vencerá. Si no, su colapso será tan ruidoso como su ascenso fue silencioso. Como Cartago, puede ser destruida no por el enemigo, sino por su propia incapacidad de imaginar otra forma de poder.

China ha logrado algo extraordinario, sembrar el temor en la superpotencia más grande de la historia sin disparar una sola bala. Pero también ha logrado algo peligroso, convencerse de que ese temor equivale a victoria. En su intento por rediseñar el orden mundial desde los planos de Zhongnanhai, el Partido Comunista ha subestimado no sólo las reacciones de sus adversarios, sino los demonios internos que ha invocado en su propio seno.

Los imperios no caen por falta de enemigos, sino por exceso de confianza. La hibris—esa arrogancia que precede a la ruina—está hoy presente en cada gesto de Xi Jinping. En cada megaproyecto fallido del Belt and Road. En cada algoritmo de censura. En cada dron armado que sobrevuela el estrecho de Taiwán creyendo que nadie se atreverá a derribarlo. China, que se piensa cazador eterno, puede convertirse en presa no por el disparo de otro, sino por su incapacidad de procesar su sombra.

La tragedia china es psicológica, ha reprimido la verdad interna (el conflicto, la disidencia, el caos creativo) y la ha proyectado sobre el mundo. Pero aquello que no se integra, se venga. Y aquello que se controla demasiado, se rompe. El Estado que quiere predecirlo todo, termina perdiéndolo todo.

Frente a este panorama, Occidente tiene una oportunidad única. No para aplastar a China, sino para evitar convertirse en ella. La verdadera victoria no está en copiar sus armas, sino en redescubrir sus propias virtudes, adaptabilidad, disenso, libertad, responsabilidad individual, creatividad sin permiso.

A continuación, se proponen diez medidas concretas para redefinir la estrategia occidental frente al ascenso—y posible colapso—del dragón:

  1. Disuasión tecnológica asimétrica: No competir con China replicando sus plataformas, sino desarrollando capacidades disruptivas no convencionales (inteligencia artificial adaptativa, enjambres autónomos, guerra cibernética ofensiva). La sorpresa sigue siendo un arma.
  2. Reinvención de la diplomacia aliada: Consolidar una alianza de democracias tecnológicas que incluya a India, Corea del Sur, Israel (arsenal nuclear potente), la UE (Aunque ahora se echen sus brazos), Australia y Japón, basada en interoperabilidad y valores compartidos, no solo en intereses coyunturales.
  3. Reforma del complejo militar-industrial: Cortar la dependencia de presupuestos inflados y fomentar la innovación de startups tecnológicas aplicadas a defensa, bajo auditorías éticas y estratégicas.
  4. Blindaje de las cadenas de suministro estratégicas: Relocalizar, diversificar y asegurar la producción de chips, minerales raros y energías críticas. La soberanía económica es condición de posibilidad para toda estrategia.
  5. Contraofensiva narrativa y cultural: Recuperar el terreno perdido en el espacio simbólico. Defender la libertad como valor, no como eslogan. Contar historias que inspiren responsabilidad, coraje y resistencia frente al totalitarismo blando.
  6. Vigilancia ciudadana sobre la vigilancia estatal: Evitar que, en nombre de la seguridad frente a China, Occidente se convierta en una versión especular de su enemigo. El totalitarismo digital también puede llevar estrellas y franjas.
  7. Apoyo estratégico a la disidencia china: No para derrocar gobiernos, sino para mantener viva la llama de la verdad en las grietas del sistema. Cada artista, hacker o pensador libre chino es un antídoto contra el monolitismo.
  8. Geopolítica del fentanilo y el caos: Comprender que la adicción occidental es también una guerra híbrida. Combatirla requiere inteligencia, regulación farmacéutica, diplomacia coercitiva y reconstrucción moral.
  9. Cooperación vigilante con el Islam moderado: No dejar a China la narrativa de antiimperialismo. Apoyar voces musulmanas modernas, democráticas y tecnológicas. La ummah también es un campo de batalla cultural.
  10. Prepararse para el colapso chino: Simular escenarios de implosión interna, fractura regional, éxodo económico o guerra civil digital. El día después del dragón también necesita planificación.

En suma, China no es invencible. Pero tampoco lo es Occidente si olvida por qué luchó. Entre el orden estéril de Pekín y el caos decadente de Silicon Valley, aún puede surgir un nuevo equilibrio. Uno que reconozca, que la libertad no es un lujo occidental, sino una necesidad humana universal. Y que el precio de preservarla siempre será menor que el costo de perderla.

REFERENCIAS 

Allison, G. (2017) <<Destined for war: Can America and China escape Thucydides’s trap?>> Houghton Mifflin Harcourt.

Brautigam, D. (2020) <<A critical look at Chinese “debt-trap diplomacy”: The rise of a meme>>. Area Development and Policy, 5(1), 1–14.https://doi.org/10.1080/23792949.2019.1689828

Cabinet Secretariat of Japan (2022, December 16) <<National Security Strategy (Provisional translation).>> https://www.cas.go.jp/jp/siryou/221216anzenhoshou/nss-e.pdf

Doshi, R. (2021, July 8) <<The long game: China’s grand strategy to displace American order>> Oxford University Press. https://global.oup.com/academic/product/the-long-game-9780197527917

Edelman. (2026). <<2026 Edelman Trust Barometer: Trust amid insularity (Global report).>> https://www.edelman.com/sites/g/files/aatuss191/files/2026-01/2026%20Edelman%20Trust%20Barometer%20Global%20Report_Final.pdf

European Commission. (n.d.). <<Hybrid threats>> Retrieved February 2, 2026, from https://defence-industry-space.ec.europa.eu/eu-defence-industry/hybrid-threats_en

Hanson, V. D. (2001). <<Carnage and culture: Landmark battles in the rise of Western power>> Doubleday.

Heraclitus. (2001) <<Fragments: The collected wisdom of Heraclitus>> (B. Haxton, Trans.). Viking. (Original work ca. 500 BCE)

Hillman, J. E. (2020). <<The emperor’s new road: China and the project of the century>> Yale University Press.

Kilcullen, D. (2020) <<The dragons and the snakes: How the rest learned to fight the West>> Oxford University Press.

Ko, S. B. (1999) <<Confucian Leninist state: The People’s Republic of China>>. Asian Perspective, 23(2), 225–244.

Lo, B. (2023, March 2) <<The Sino-Russian partnership: Assumptions, myths and realities>> (Russie.Nei.Reports No. 42). French Institute of International Relations (Ifri). https://www.ifri.org/en/studies/sino-russian-partnership-assumptions-myths-and-realities

Nedopil Wang, C. (2026, January 18). <<China Belt and Road Initiative (BRI) investment report 2025>> Green Finance & Development Center. https://greenfdc.org/china-belt-and-road-initiative-bri-investment-report-2025/

Peterson, J. B. (2018) <<12 rules for life: An antidote to chaos>> Random House Canada.

Sayler, K. M. (2025, August 12) <<Hypersonic weapons: Background and issues for Congress>> (CRS Report R45811; Version 53). Congressional Research Service. https://www.congress.gov/crs_external_products/R/PDF/R45811/R45811.53.pdf

Solzhenitsyn, A. I. (1974) <<The gulag archipelago, 1918–1956: An experiment in literary investigation>> (T. P. Whitney, Trans.). Harper & Row.

U.S. Department of Defense. (2022, October 27) <<2022 National Defense Strategy of the United States of America>> https://media.defense.gov/2022/Oct/27/2003103845/-1/-1/1/2022-NATIONAL-DEFENSE-STRATEGY-NPR-MDR.PDF

U.S. Department of Defense. (2025, December 23). <<Annual report to Congress: Military and security developments involving the People’s Republic of China 2025.>> https://media.defense.gov/2025/Dec/23/2003849070/-1/-1/1/ANNUAL-REPORT-TO-CONGRESS-MILITARY-AND-SECURITY-DEVELOPMENTS-INVOLVING-THE-PEOPLES-REPUBLIC-OF-CHINA-2025.PDF

United Nations, Department of Economic and Social Affairs, Population Division. (2024) <<World population prospects 2024: Summary of results>> (UN DESA/POP/2024/TR/NO. 9). United Nations. https://population.un.org/wpp/assets/Files/WPP2024_Summary-of-Results.pdf

Wardle, C., & Derakhshan, H. (2017). <<Information disorder: Toward an interdisciplinary framework for research and policymaking>> Council of Europe. https://rm.coe.int/information-disorder-toward-an-interdisciplinary-framework-for-researc/168076277c

Deja un comentario