Psicología oscura del poder en España

Aviso sobre la bibliografía del artículo y del informe “Need To Know” (enero–abril 2025)

El siguiente artículo forma parte del informe correspondiente al cuatrimestre enero–abril de 2025, que no incluirá bibliografía. Como autor responsable de esta publicación, he decidido no facilitarla en esta edición. La razón es sencilla: realizo un esfuerzo significativo —y sí, subrayo lo de significativo— por recopilar información innovadora que permita ofrecer al lector una perspectiva fresca, alejada del pensamiento enlatado y diseñada para fomentar el juicio crítico. Por supuesto, entiendo el valor de una bibliografía: permite contrastar datos, profundizar en los temas abordados y, por qué no, iniciar líneas propias de investigación, lo cual me parece no solo válido, sino deseable. En más de una ocasión he alentado ese tipo de usos y he dado permiso expreso para reutilizar el material, siempre que el espíritu de la iniciativa fuera honesto y riguroso.

Sin embargo, me he encontrado con un fenómeno curioso. Algunos espacios de debate —y medios de comunicación, para ser precisos— han optado por utilizar fragmentos de estos informes sin citar su procedencia. A veces los repiten palabra por palabra, otras los reformulan con tanta torpeza que uno se pregunta si el objetivo era copiar o parodiar.

Dado que estos contenidos parecen ser lo suficientemente valiosos como para alimentar discursos ajenos y, al mismo tiempo, lo suficientemente prescindibles como para no merecer una mísera cita, me veo en la obligación de no facilitar más las cosas. Si ciertos actores obtienen rédito económico gracias a este contenido, lo mínimo sería que hicieran su parte del trabajo.

En fin, confío en que mis lectores sabrán entender esta decisión. Los que leen para pensar, pensarán; los que leen para repetir, tendrán que empezar a leer de verdad.

I: Introducción — De la psicopatología individual a la corrupción sistémica

El fenómeno de la deshonestidad sistemática en el ámbito político no es nuevo, pero ha adquirido en el contexto español una densidad simbólica y estructural que amerita un análisis riguroso desde una perspectiva interdisciplinaria. El presente editorial explora cómo los rasgos de personalidad conocidos como la “Tríada Oscura” —narcisismo, maquiavelismo y psicopatía— explican una parte significativa de los comportamientos desviados que caracterizan a numerosos actores de la clase política española actual. Desde casos de corrupción económica hasta la manipulación mediática y el uso instrumental del sistema judicial, la política nacional ha sido escenario fértil para que individuos con estas características prosperen, se perpetúen en el poder y afecten estructuralmente la salud democrática del país.

El concepto de la Tríada Oscura fue introducido por Paulhus y Williams como una taxonomía de rasgos subclínicos que, aunque no configuran por sí solos una patología mental reconocida, revelan tendencias peligrosas para la convivencia y la institucionalidad cuando se combinan con cuotas de poder. El narcisismo se manifiesta en la búsqueda desmedida de admiración y superioridad moral; el maquiavelismo en la manipulación fría y calculada de personas y circunstancias; y la psicopatía en la insensibilidad, impulsividad y ausencia de remordimiento. Estos perfiles, lejos de ser anecdóticos, se han convertido en una constante transversal en el liderazgo político y son reforzados por entornos institucionales que no penalizan la deshonestidad sino que la premian.

En la política española contemporánea —particularmente desde la crisis económica de 2008, la erosión del bipartidismo tradicional y la agudización de la polarización ideológica tras 2015— se ha registrado un incremento sostenido de escándalos protagonizados por actores políticos que encarnan perfiles éticamente cuestionables. Desde el caso Gürtel y los sobresueldos en el Partido Popular, pasando por las irregularidades financieras en Unidas Podemos y los procesos judiciales que involucran a sus principales dirigentes, hasta el uso claramente partidista del Consejo General del Poder Judicial por parte del PSOE y los numerosos casos de corrupción asociados a sus filas, el deterioro institucional es evidente. A ello se suman las reiteradas promesas populistas incumplidas, que consolidan una narrativa de ficción más orientada al espectáculo que a la gestión pública efectiva. Frente a este escenario, la ciudadanía oscila entre episodios de indignación efímera y una resignación cínica que termina por normalizar el engaño como un instrumento legítimo de acción política.

No se trata solo de desviaciones individuales, sino de un patrón estructural donde la política atrae —o transforma en— sujetos que encarnan los principios de la Tríada Oscura. La política como espacio de poder, inmunidad e impunidad se convierte en un ecosistema ideal para estos perfiles. Como sugiere Zimbardo, el contexto puede ser tan determinante como la personalidad: “El sistema crea la situación, la situación moldea el comportamiento”. Así, el problema no es solo quiénes acceden al poder, sino cómo el poder corrompe, y por qué nuestras instituciones permiten —e incluso celebran— esa corrupción.

II: Narcisismo político: el espectáculo del yo y la banalización del liderazgo

En la política española reciente, el narcisismo no es simplemente un rasgo de vanidad, sino una arquitectura psíquica que organiza la acción política alrededor del culto al ego. Los líderes narcisistas buscan reconocimiento constante, no como validación simbólica del servicio público, sino como consagración personal. Se alimentan del aplauso, la visibilidad y la adulación, y se muestran intolerantes frente a la crítica. Este fenómeno se exacerba en un ecosistema mediático y digital que premia la hipervisibilidad por encima de la competencia técnica o la coherencia ética.

Ejemplos contemporáneos abundan: desde la escenificación casi mesiánica de Pedro Sánchez en sus “road shows” de autolegitimación, hasta las diatribas grandilocuentes de Santiago Abascal que colocan su figura por encima del proyecto ideológico. El discurso político se torna en performance narcisista, como lo explicó Lasch, y el liderazgo deja de ser un ejercicio de responsabilidad para convertirse en una prolongación del ego.

Su comunicación política apela a emociones intensas —la épica, la traición, la lucha entre el bien y el mal— y no a la deliberación racional.

Este tipo de narcisismo político tiene consecuencias institucionales. Las políticas públicas se diseñan no en función de su efectividad o justicia, sino de su potencial para reforzar la narrativa del líder. Así, medidas populistas y clientelares se disfrazan de justicia social, cuando en realidad responden a estrategias de marketing emocional. La fragmentación del Congreso y la proliferación de “marcas personales” disfrazadas de partidos (Ciudadanos, Más País, Sumar) no son solo una crisis de representación, sino una inflación de egos.

III: Maquiavelismo institucional: manipulación, cálculo frío y normalización de la mentira

El maquiavelismo como rasgo de personalidad en el ámbito político español se manifiesta con particular intensidad en la forma en que muchos actores utilizan las instituciones, la legalidad y los medios de comunicación como herramientas de manipulación. A diferencia del narcisista, que busca la admiración, el maquiavélico desea el control. Su lógica es instrumental y estratégica, y su motivación central es el poder por el poder mismo. En este contexto, mentir, ocultar, dividir, traicionar o tergiversar la verdad no son fallos éticos, sino recursos legítimos dentro del tablero político.

Este perfil se ha hecho especialmente evidente en la manera en que los partidos han negociado pactos, investiduras y reformas clave del Estado. El caso paradigmático es el uso de la “geometría variable” por parte del Partido Socialista para mantenerse en el poder, negociando simultáneamente con fuerzas ideológicamente incompatibles —independentistas, nacionalistas, conservadores regionales y partidos de izquierda radical— y asumiendo posturas opuestas en función del destinatario.

Este tipo de maquiavelismo político se presenta como pragmatismo, pero en realidad erosiona la confianza institucional y refuerza la percepción ciudadana de que “todo vale” para conservar el poder.

A nivel legislativo y judicial, esta actitud se traduce en una manipulación sistemática de los marcos legales. La politización del Consejo General del Poder Judicial, la colonización partidista del Tribunal Constitucional o los indultos selectivos son ejemplos de cómo se instrumentalizan las reglas para beneficiar agendas particulares. La mentira en el discurso público —como negar acuerdos previamente grabados o prometer una cosa y hacer la contraria tras las elecciones— se ha normalizado hasta el punto de ser considerada una habilidad política.

Los políticos maquiavélicos destacan por su capacidad de leer rápidamente el clima emocional y simbólico del país para adaptar su mensaje. Esta “plasticidad moral” les permite simular empatía, apropiarse de causas ajenas y redibujar sus límites éticos según la ocasión. Tal como lo demuestra la literatura neurocientífica, sus cerebros presentan una mayor activación en la ínsula y la amígdala, lo que potencia su capacidad de detectar señales emocionales en los otros y modular su conducta para maximizar la influencia.

La ciudadanía, por su parte, sufre las consecuencias de este maquiavelismo: promesas incumplidas, polarización narrativa, políticas incoherentes y pérdida generalizada de credibilidad institucional. Como han demostrado estudios recientes, el maquiavelismo político correlaciona con mayor propensión a hacer trampas, usar datos falsos y desinformar. Es una estrategia de poder efectiva, pero con efectos corrosivos sobre la cultura cívica y la estabilidad del sistema democrático.

IV: Psicopatía política: insensibilidad, impulsividad y colapso ético

La psicopatía es, dentro de la Tríada Oscura, el rasgo más perturbador. Se caracteriza por la falta de empatía, la impulsividad, la incapacidad de sentir culpa y una tendencia a instrumentalizar a los demás como medios. Aunque suene extremo, múltiples estudios han identificado patrones psicopáticos funcionales en contextos corporativos y políticos: individuos encantadores, carismáticos, pero fríos y peligrosos. La política, en tanto espacio donde se administran vidas humanas, no debería permitir su proliferación. Sin embargo, en España, como en muchos países democráticos, se ha convertido en un entorno propicio para su ascenso.

Los políticos con rasgos psicopáticos tienden a mostrar una afectividad superficial, relaciones interpersonales parasitarias, manipulación emocional y una notable tolerancia al riesgo. Esta actitud se traduce en decisiones deshumanizadas —como los recortes en dependencia, sanidad o ayudas sociales mientras se aumentan privilegios parlamentarios—, pero también en un desprecio activo por las consecuencias de sus actos. La justificación de políticas injustas con argumentos puramente tecnocráticos o legales revela una desconexión con el sufrimiento humano.

En España, estos perfiles se camuflan tras una retórica de eficiencia, disciplina o patriotismo. Políticos que deciden sobre desahucios sin mostrar afectación, que manipulan imágenes de víctimas de violencia con fines partidistas o que instrumentalizan el dolor de colectivos vulnerables para fortalecer su imagen. Estos no son casos aislados, sino manifestaciones de una lógica psico-política profundamente desensibilizada. Como señala Goerlich, muchos de estos individuos presentan alexitimia: una incapacidad para identificar y nombrar emociones, lo cual dificulta la empatía y favorece decisiones despersonalizadas.

Las consecuencias sociales de la psicopatía política son devastadoras: desafección cívica, pérdida de humanidad en el discurso institucional, ruptura del contrato social y un aumento del cinismo colectivo. En palabras de Martha Nussbaum, cuando el Estado se desconecta emocionalmente de su ciudadanía, pierde su capacidad de justicia. El desprecio por el sufrimiento ajeno se convierte en una forma silenciosa de violencia institucional.

V: Efectos estructurales y simbólicos de la Triada Oscura sobre la sociedad española

La presencia sistemática de líderes con rasgos de la Tríada Oscura en la política española no solo tiene consecuencias individuales o coyunturales, sino que produce efectos estructurales y simbólicos profundos sobre la configuración de la cultura cívica, la calidad institucional y el contrato social. Estos perfiles, cuando acceden al poder, actúan como catalizadores de un proceso de descomposición ética que reconfigura las expectativas ciudadanas respecto al comportamiento público, instala la desconfianza como norma y debilita los principios de rendición de cuentas, transparencia y justicia.

Desde una perspectiva sociológica, podríamos hablar de una normalización de la amoralidad institucional. El ciudadano medio, al observar que la mentira, el engaño o el robo no solo no son castigados, sino incluso recompensados con ascensos o inmunidad, internaliza una lógica de cinismo defensivo. Esta disonancia entre la ética normativa (lo que debería ser) y la ética fáctica (lo que efectivamente es) genera un vacío de legitimidad, cuya consecuencia más visible es el aumento de la abstención electoral, el voto antisistema o la fuga de talentos hacia el extranjero.

En el plano simbólico, la Triada Oscura impone un relato donde la dominación es naturalizada, la empatía se ridiculiza como debilidad y el poder es concebido como un juego de suma cero. Esto se traduce en una cultura política agresiva, teatralizada y binaria, donde el adversario ya no es un oponente legítimo, sino un enemigo al que destruir. Esta lógica, exacerbada por la dinámica de redes sociales y la espectacularización mediática, se retroalimenta con perfiles narcisistas y maquiavélicos que medran en la confrontación, el insulto y la manipulación emocional.

Las instituciones, por su parte, no permanecen inmunes a esta cultura del engaño. Se erosionan los mecanismos de control y se colonizan espacios clave —como la judicatura, los medios de comunicación públicos o los órganos reguladores— mediante la lógica clientelar. Así, el maquiavelismo se institucionaliza, y el ciudadano deja de percibir al Estado como garante de derechos para experimentarlo como un aparato al servicio de intereses particulares. La democracia deviene en una tecnocracia emocionalmente desvinculada, o en un populismo de baja intensidad cuya prioridad es sostener el poder, no mejorar la vida de las personas.

Dentro del marco psicológico, esta exposición sostenida a liderazgos disfuncionales produce efectos subjetivos importantes: aumento de la ansiedad colectiva, desgaste moral, normalización de la mentira como estrategia relacional y debilitamiento de los vínculos sociales. En el largo plazo, esta atmósfera deteriora la salud mental colectiva, alimenta la polarización afectiva y dificulta la construcción de un proyecto de país común.

VI: Reflexión final — De la denuncia al diseño de alternativas: 10 propuestas para desactivar la Triada Oscura

El análisis realizado confirma que la política española contemporánea está fuertemente afectada por la presencia de líderes y dinámicas institucionales que reproducen, amplifican y legitiman los tres componentes de la Tríada Oscura: narcisismo, maquiavelismo y psicopatía funcional. Esta patología del poder, lejos de ser accidental o excepcional, se ha convertido en un patrón reiterado, con consecuencias devastadoras para la cohesión social, la legitimidad institucional y la salud democrática. Por ello, es imprescindible pasar de la denuncia a la acción estratégica, articulando reformas profundas y sostenidas que corrijan las condiciones estructurales que permiten y premian estos perfiles.

A continuación, se presentan 10 propuestas viables para reducir el impacto de la Triada Oscura en la política española y fomentar un ecosistema más sano, ético y humano:

  1. Reforma de los partidos políticos: Establecer criterios de selección y promoción interna basados en la competencia técnica, la trayectoria ética y la inteligencia emocional, evitando la reproducción de lógicas clientelares y personalistas.
  1. Evaluación psicológica del liderazgo: Incorporar herramientas diagnósticas rigurosas (con límites éticos claros) para evaluar perfiles de riesgo en cargos públicos, incluyendo análisis de rasgos oscuros de personalidad.
  1. Transparencia radical: Obligar a publicar todas las agendas, contratos, decisiones y criterios técnicos de manera legible y abierta, reduciendo las zonas grises donde medran los maquiavélicos.
  1. Educación emocional y ética pública: Reformar el currículo escolar para incluir formación en pensamiento crítico, empatía, ciudadanía ética y gestión emocional desde edades tempranas.
  1. Despolitización de organismos clave: Blindar jurídicamente los órganos de control institucional (CGPJ, Tribunal Constitucional, RTVE) mediante concursos públicos con criterios meritocráticos y participación ciudadana.
  1. Protección a denunciantes: Crear una legislación robusta para proteger a whistleblowers (denunciantes) de represalias, con incentivos y garantías legales claras.
  1. Responsabilidad penal efectiva: Reformar el código penal para que delitos como el fraude político, la manipulación informativa o la desinformación tengan consecuencias reales, rápidas y ejemplares.
  1. Alfabetización mediática y digital: Promover campañas institucionales de formación ciudadana orientadas a fortalecer las competencias críticas en la identificación de noticias falsas, propaganda emocional y estrategias de manipulación discursiva. Dichas iniciativas deberán ser desarrolladas y supervisadas por organismos independientes, garantizando su autonomía respecto de empresas vinculadas a medios de comunicación con intereses o agendas políticas.
  1. Regeneración del lenguaje político: Fomentar pactos interpartidistas para eliminar la retórica de odio, el insulto y la mentira abierta en los debates parlamentarios y medios de comunicación.
  1. Democratización del poder: Rediseñar las estructuras de gobernanza para redistribuir el poder de forma más horizontal, incorporando mecanismos de democracia directa, deliberativa y participativa.

Estas propuestas no son recetas instantáneas, sino rutas posibles hacia una política menos dominada por la psicopatología del poder y más orientada al servicio común. Desactivar la Triada Oscura implica un esfuerzo colectivo que convoque a ciudadanos, instituciones, medios, intelectuales y movimientos sociales en torno a una ética republicana de la verdad, el respeto y el cuidado.

Solo así podrá la política española recuperar su vocación originaria: ser un espacio de construcción del bien común, no un teatro de máscaras donde prosperan los depredadores emocionales.

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