Michael A. Galascio, PhD
«No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen». Mateo 7:6.
Hay verdades que incomodan. Otras provocan indignación. Y algunas resultan tan perturbadoras que el individuo prefiere destruir al mensajero antes que examinar el mensaje. La advertencia de Mateo contiene una observación psicológica de extraordinaria profundidad. El ser humano no siempre rechaza la verdad porque sea incapaz de comprenderla. En ocasiones la rechaza porque comprenderla le obligaría a transformar su vida.
Vivimos en una sociedad que ha perfeccionado el mecanismo antiguo de sustituir la realidad por su representación. Hemos aprendido a confundir información con conocimiento, opinión con criterio, tolerancia con indiferencia y libertad con la posibilidad de escoger entre alternativas previamente establecidas.
Michael Ellner expresó esta inversión mediante una acusación deliberadamente provocadora: «Basta con mirarnos. Todo está al revés, todo está patas arriba. Los médicos destruyen la salud, los abogados destruyen la justicia, las universidades destruyen el conocimiento, los gobiernos destruyen la libertad, los grandes medios de comunicación destruyen la información y las religiones destruyen la espiritualidad».
La frase constituye una generalización, pero señala una paradoja que merece ser examinada. Las instituciones pueden conservar sus nombres, sus ceremonias y su legitimidad aparente mientras se alejan progresivamente de sus fines originales.
Y aquí comienza el problema. Porque el ciudadano continúa confiando en la etiqueta incluso cuando ha dejado de examinar el contenido.
La primera gran mentira: el ciudadano piensa libremente
La primera mentira consiste en hacer creer al individuo que sus opiniones son necesariamente el resultado de un pensamiento independiente.
Desde la infancia, el ser humano aprende mediante procesos de socialización que determinan qué resulta aceptable, qué provoca rechazo y qué debe permanecer fuera de la conversación. La familia, la escuela, los grupos de pertenencia y los medios participan en esa construcción. Este proceso es inevitable. Lo inquietante aparece cuando la socialización se transforma en conformidad intelectual.
Solomon Asch demostró experimentalmente que la presión del grupo puede inducir a las personas a aceptar juicios manifiestamente equivocados. Stanley Milgram reveló hasta qué punto la autoridad puede influir en la disposición a obedecer órdenes contrarias al juicio moral personal. Ambos trabajos tienen limitaciones metodológicas y no justifican cualquier analogía política, pero dejan una advertencia; la autonomía psicológica es bastante más frágil de lo que nos gusta admitir.
La propaganda contemporánea rara vez necesita prohibir todas las opiniones. Le basta con establecer cuáles recibirán atención, cuáles serán ridiculizadas y cuáles desaparecerán bajo el peso de la indiferencia pública.
El individuo termina confundiendo la aceptación social con la validez de sus creencias.
Aquí adquiere relevancia una distinción que la política moderna procura mantener difusa: una sociedad puede garantizar formalmente la libertad de expresión y desarrollar, simultáneamente, mecanismos informales que desincentiven determinadas opiniones.
El miedo al aislamiento, a la pérdida de prestigio o a la exclusión profesional puede ejercer una presión considerable sin necesidad de intervención estatal.
Pero hay algo todavía más inquietante.
Cuando una persona defiende apasionadamente una idea que nunca ha examinado, ¿está expresando una convicción propia o reproduciendo una lealtad adquirida?
Esa pregunta debería perseguir a cualquiera que se considere intelectualmente libre.
La segunda gran mentira: el poder trabaja necesariamente para el bien común
La segunda mentira resulta más peligrosa porque afecta a la arquitectura de nuestra civilización.
Consiste en asumir que las instituciones, por el hecho de haber sido creadas para proteger determinados bienes, continuarán protegiéndolos indefinidamente. Robert Michels formuló su conocida ley de hierro de la oligarquía al estudiar cómo las organizaciones tienden a concentrar poder en sus dirigentes. C. Wright Mills analizó la influencia de las élites políticas, económicas y militares sobre las decisiones fundamentales de la sociedad estadounidense.
Ninguno de estos planteamientos exige imaginar una organización secreta que controle todos los acontecimientos. Basta con comprender que los intereses institucionales pueden separarse de los intereses de quienes legitiman a esas instituciones.
Un partido puede terminar preocupado principalmente por su supervivencia electoral. Una administración puede convertir su propia expansión en una finalidad. Un medio de comunicación puede subordinar su función informativa a sus incentivos económicos o ideológicos.
El poder aprende a justificarse mediante el lenguaje moral. La censura puede presentarse como protección. La vigilancia, como seguridad. La incompetencia, como complejidad técnica. La renuncia a responsabilidades, como prudencia institucional.
Estas inversiones no ocurren siempre ni en todas partes. Precisamente por eso deben investigarse caso por caso. Convertir toda decisión pública en prueba de una conspiración sería repetir el mismo error intelectual que estamos denunciando: sustituir el análisis por una creencia impermeable a los hechos.
La corrupción más profunda de una sociedad comienza cuando sus ciudadanos dejan de exigir coherencia entre las palabras y los actos. Y cuando esa incoherencia se normaliza, la mentira deja de necesitar defensores. Encuentra administradores.
Europa: anatomía de una destrucción posible
Europa atraviesa un momento histórico que exige abandonar tanto la complacencia institucional como el catastrofismo fácil.
El continente envejece. Según Eurostat, el 22% de la población de la Unión Europea tenía 65 años o más en 2025. La proporción de menores de quince años se situaba alrededor del 14 %. Son datos que obligan a revisar la sostenibilidad demográfica, productiva y social de las próximas décadas.
Pero la crisis europea también posee una dimensión cultural. Una civilización necesita reconocer qué merece conservar, qué debe corregir y qué principios justifican su continuidad. Cuando pierde la capacidad de responder a esas preguntas, comienza a depender exclusivamente de procedimientos administrativos, incentivos económicos y enfrentamientos electorales.
El Reino Unido ofrece un primer escenario de advertencia. La nación que contribuyó decisivamente al desarrollo del parlamentarismo moderno, la tradición jurídica del common law y determinadas libertades constitucionales afronta tensiones económicas, fiscales, territoriales e identitarias. Sus perspectivas presupuestarias, examinadas por la Office for Budget Responsibility en marzo de 2026, obligan a considerar las limitaciones materiales del Estado.
Su eventual deterioro estructural podría anticipar problemas extensibles a otras sociedades europeas. Eso no significa que su destrucción esté decidida ni que exista una secuencia histórica inevitable.
España presenta vulnerabilidades distintas.
El deterioro de la confianza institucional, la polarización política, las dificultades de acceso a la vivienda y los problemas de productividad forman parte de un debate que no puede resolverse mediante consignas partidistas. El Banco de España ha identificado la vivienda y la productividad entre los asuntos centrales de su Informe Anual 2025.
La cuestión más grave, sin embargo, es de naturaleza política y moral: ¿puede una sociedad sostener sus instituciones cuando una parte creciente de la ciudadanía sospecha que las reglas se interpretan según la identidad de quien debe cumplirlas?
La justicia pierde autoridad cuando parece selectiva. El Parlamento pierde dignidad cuando sustituye la deliberación por el espectáculo. La prensa pierde credibilidad cuando el público percibe que la selección de los hechos responde a fidelidades previas.
La destrucción de una civilización no tiene por qué adoptar la forma de una invasión o una guerra. Puede producirse mediante un desgaste prolongado de la legitimidad, de la responsabilidad y de la confianza.
Inglaterra podría representar uno de los primeros grandes avisos. España podría seguir una trayectoria de deterioro comparable si desatiende sus propios problemas estructurales.
Conviene insistir: hablamos de riesgos, no de profecías.
El conocimiento que muchos prefieren ignorar
Existe una pregunta que rara vez ocupa el centro del debate político: ¿qué ocurre cuando una sociedad deja de creer que la verdad existe independientemente de la conveniencia de quien la pronuncia?
La respuesta se encuentra en buena parte de la historia. Platón comprendió que las apariencias podían confundirse con la realidad. Tocqueville advirtió sobre la presión de la opinión mayoritaria. Hannah Arendt estudió cómo la destrucción de la distinción entre hechos y ficciones podía facilitar formas extremas de dominación.
No hace falta acceder a archivos secretos para descubrir estas advertencias. Están publicadas desde hace décadas o siglos. Lo perturbador es que seguimos comportándonos como si nadie nos hubiera avisado.
Hay una dimensión aún más profunda que la sociología política suele dejar fuera de su campo de observación: el problema del mal y la disposición humana al autoengaño.
El hombre puede conocer una norma moral y quebrantarla conscientemente. Puede reconocer una injusticia y justificarla cuando beneficia a los suyos. Puede denunciar la manipulación ajena mientras acepta complacido la que confirma sus prejuicios.
Este conflicto no se resuelve mediante una educación técnica más sofisticada. Requiere conciencia moral. El discernimiento comienza cuando el individuo acepta que también él puede estar equivocado, que sus convicciones necesitan ser examinadas y que ninguna lealtad política justifica la falsificación deliberada de la realidad. Sin esa disposición interior, la denuncia del engaño termina convirtiéndose en otra forma de engaño.
La última puerta
Hemos construido una cultura extraordinariamente capaz de medir el mundo exterior y sorprendentemente reacia a examinar la conciencia humana.
Sabemos calcular probabilidades, organizar burocracias y desarrollar sistemas capaces de procesar cantidades inmensas de información. Seguimos teniendo dificultades para responder a preguntas elementales: ¿qué es el bien?, ¿por qué debemos decir la verdad cuando mentir nos beneficia?, ¿qué autoridad moral puede situarse por encima de nuestros intereses? Estas preguntas conducen a un territorio que la modernidad creyó haber dejado atrás.
Hace aproximadamente dos mil años apareció en una provincia marginal del Imperio romano una enseñanza que invertía la lógica habitual del poder. La grandeza se medía por el servicio. La autoridad quedaba sometida a una exigencia moral superior. El perdón interrumpía la cadena de la venganza. La verdad adquiría una dimensión que ninguna votación podía modificar. Su mensaje resultaba incómodo entonces. Sigue siéndolo ahora.
Porque exige al individuo que deje de buscar exclusivamente culpables externos y examine primero su propia conducta. Quizá por eso hemos preferido construir sistemas políticos cada vez más complejos antes que afrontar esa exigencia.
Europa puede reformar sus instituciones, fortalecer sus economías y corregir sus desequilibrios demográficos. Todo ello resulta necesario. Pero ninguna reforma administrativa puede garantizar por sí misma la integridad de una persona.
La salida moral que propongo comienza por reconocer que la verdad no pertenece al poder, que la dignidad no depende de la utilidad y que la libertad exige responsabilidad ante algo superior al propio deseo.
El camino fue señalado mucho antes de que existieran nuestros partidos, nuestras ideologías y nuestras modernas instituciones. No prometía comodidad. Exigía una transformación radical de la conciencia. Y terminaba con una afirmación que todavía hoy resulta intolerable para quienes consideran que toda verdad puede negociarse: «La verdad os hará libres».
Tal vez el mayor secreto de nuestra época sea precisamente ese: la respuesta permanece a la vista de todos. Lo que falta es la disposición a seguirla.
Y quizá la respuesta a una civilización que ha aprendido a vivir de espaldas a la verdad estuviera escrita desde hace dos mil años:
«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».
Juan 8:12. Reina-Valera 1960.




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