La percepción secuestrada es cuando nuestra manera de ver y entender algo queda atrapada, como si alguien hubiera tomado el control de cómo interpretamos la realidad. Esto puede pasar por influencias externas que distorsionan lo que realmente está pasando, haciendo que nuestra mente se quede fija en una idea equivocada o parcial. Es como si nuestra visión se bloqueara y no pudiéramos ver más allá de lo que nos han impuesto, limitando así nuestra capacidad para tomar decisiones claras o comprender la situación completa. La cárcel, y lo digo sin exagerar, no te la imponen; en realidad, tú mismo la creas y hasta la adornas a tu manera. Sólo tienes que mirar a tu alrededor.
En España, por ejemplo, pones la tele y te encuentras con programas como Todo es Mentira, donde Risto Mejide convierte rumores y medias verdades en un show lleno de indignación rápida y muchas risas; El Intermedio de Wyoming, que hace sátira afilada para que te sientas con superioridad moral mientras te dice que “los otros” son los culpables; o el noticiero de Vicente Vallés y su compinche José Ángel Abad (de vacaciones), con su tono serio y selección específica de noticias crea una historia que tiene sentido… pero siempre dentro de un cierto marco. Se nota de lejos cuál es su verdadera intención. Tres estilos diferentes, pero al final todos terminan llenándote la cabeza de ruido que solo parece información.
Olvídate de ese gobierno con fusil y la bota opresora en la puerta. Eso es algo viejo, un autoritarismo que parece de postal, con un toque romántico si te gustan las historias fáciles para gente que se distrae rápido con el scroll. Lo que tienes frente a ti es un sistema más eficiente, que no necesita intimidarte para controlarte, y que supera lo que se enseña en la escuela, la radio y otros medios, porque ha aprendido a manejar tu atención y, con eso, tu manera de ver las cosas. Ya no hace falta que el estado censure cuando el algoritmo sabe mejor que tú qué te va a molestar, asustar o entretener en los próximos ocho segundos.
El truco no está en impedirte que pienses. Sería demasiado tosco. La clave está en ir cambiándote poco a poco, con la calma de alguien que entiende que el tiempo es el mejor guardián. Un poco de ruido por aquí, algo de miedo por allá, y una “tendencia” prefabricada que te venden… al final terminas sin sentir nada, o peor, solo lo que quieren que sientas. Esta máquina está diseñada para que mires al techo justo en el momento en que los de arriba, sea quien sea ahora, se están riendo. No es que sean más inteligentes, sino que, si siempre haces tú el trabajo pesado, terminas siendo predecible.
En España, temas como la amnistía catalana, la ley de memoria democrática o la inmigración irregular han creado dos grupos enfrentados que ya ni se hablan. Cada cadena de televisión, cada tertulia o cada hilo en X (Twitter) parece hecho para aumentar el odio hacia el otro lado. En Europa pasa lo mismo, el Pacto Verde se promociona como la solución definitiva y nadie habla de lo que realmente cuesta la energía; la migración la pintan como un “aporte cultural” o como una “invasión”, dependiendo del medio; y las discusiones sobre Ucrania o Gaza se quedan en banderas y emojis, sin tocar temas difíciles sobre intereses geopolíticos o las verdaderas cifras de víctimas. Y qué curioso es el mecanismo, usan el miedo para movernos y el entretenimiento para distraernos. Te muestran shows de farándula, realities y programas políticos con ese toque superficial para mantenerte entretenido, y te venden una falsa sensación de alivio que funciona como un analgésico emocional, porque te tranquiliza por un momento y te hace volver a la rutina.
Es un tipo de totalitarismo sin uniforme donde te dicen “diviértete” pero al mismo tiempo tu rabia queda atrapada en la conformidad. La obediencia ya no se exige; ahora se busca mejorarla. Ya ni hace falta tener una cárcel con barrotes cuando puedes poner una jaula con notificaciones. El ser humano moderno, para decirlo de forma sencilla, está bastante vulnerable en su parte psicológica y emocional. Hemos entrenado la obediencia hasta tal punto y con una sonrisa, que ya ni siquiera hace falta que haya policías en la entrada. Llevamos la cadena puesta como si fuera un accesorio más que queremos mostrar. En lugar de levantarte y luchar por una vida que valga la pena, te tragas historias hechas para no enfrentarte a lo difícil, pensar por ti mismo.
¿Y qué pasa con esa mítica “libertad de elegir”? Ah, sí, ese tótem sagrado que repetimos como mantra mientras hacemos clic justo donde nos indican. Cada vez que haces clic, cada vez que das un like, cada vez que te cruzas con esas burbujas algorítmicas, parece que tienes el control… pero al final solo te dejan más confundido. Aprendes a borrar todo lo que te hace sentir incómodo, a pedir perdón solo por estar ahí, y a cambiar tus palabras para no molestar al dios invisible que está presente en ese instante. Acabas siendo alguien que no sabe ya qué es real y qué es un meme, viendo todo caer como si fuera otro capítulo más, con la misma cara que pones cuando ves una receta.
Claro que no pasa por casualidad. No es que exista una gran conspiración perfectamente planeada, porque en realidad eso sería exagerar la habilidad de quienes, en su mayoría, actúan improvisando. Más bien, ocurre porque el sistema tiende a favorecer lo que da resultado, la psicopolítica en su versión más eficiente. Big Data y la industria del ocio no solo te dan información, sino que más bien te moldean. Te ofrecen una realidad que parece creíble, que te atrapa emocionalmente y que sirve para hacer las cosas. Han cambiado el amor, que es algo complicado, costoso y que te cambia la vida, por un deseo constante de consumir cosas que, al final, solo te dejan con un vacío adentro.
Las imágenes ya no solo muestran el mundo, ahora lo crean. Si no pones límites, tu mente termina siendo un basurero donde otros dejan sus desperdicios, aunque le pongan etiqueta premium. En la política, el show es igual de triste. Las élites han dejado de lado la razón y la responsabilidad personal, y ahora quieren que aceptemos una democracia barata, donde tú y yo solo somos consumidores de emociones hechas a la medida.
Han dejado la libertad tan vacía que ahora solo suena a un eslogan para vender algo. Hoy día, la libertad muchas veces se traduce en permiso para pelearnos por cosas pequeñas, mientras que el poder de real —esa combinación de intereses, incentivos, burocracias y plataformas— sigue sin que le prestemos atención. Darse cuenta de que te han engañado no significa que debas rendirte. Al revés, eso es justo el inicio del carácter. Hace falta valentía para enfrentar la realidad tal cual es, sin tratar de convertirla en un show o esperar que te la cuenten como si fueras un niño. Tenemos que apartar los likes y apostar por conexiones humanas auténticas, charlas que no busquen aprobación, relaciones que no dependan de un algoritmo, una vida que no se trate como un producto.
No, no es cuestión de andar presumiendo que uno está despierto (woke). Esa es otra trampa, el orgullo que se viste como si fuera una virtud. Es algo más sencillo y a la vez complicado, retomar tu vida con sentido común, disciplina y un poco de calma, sin volverte loco ni traicionar tus principios por conveniencia. Si seguimos así, llegará un momento en que no necesitaremos muros de hormigón. Las prisiones ya no se verán. Lo más terrible, y realmente obsceno, es que los presos pelean con todo lo que tienen para mantener sus celdas, creyendo que eso es lo que significa ser libre. Esa, creo yo, es la injusticia que más provecho saca hoy en día.
