Gobierno efímero, Estado eterno

Vamos a desmontar esta ilusión colectiva que nos venden como «democracia» con la precisión de un relojero suizo que desarma el engaño sin contemplaciones.

El Estado no es tu amigo. Ni tu representante. Ni siquiera es «el pueblo». El Estado es una máquina antigua, fría y autosostenida que existe antes de que tú nacieras y seguirá existiendo después de que te hayas ido. Es el monopolio legítimo de la violencia, como diría cualquier observador honesto de la historia humana, la capacidad de obligarte a pagar impuestos, de enviarte a morir en una guerra, de decidir qué puedes decir y qué no, de registrar cada paso que das en sus bases de datos. Es la burocracia, los cuerpos de funcionarios, los jueces vitalicios, los altos cargos militares, los organismos reguladores, las instituciones que no se eligen en urnas y que, sin embargo, deciden el rumbo real del país. El Estado no cambia cuando cambia el gobierno. El Estado digiere gobiernos enteros y los excreta convertidos en nada.

El gobierno, en cambio, es el espectáculo. Es el circo romano moderno, un grupo de personas que llegan al poder prometiendo el cielo y en ocasiones robando mientras practica todas las perversiones que dice perseguir, se sientan cuatro u ocho años en los ministerios, hacen mucho ruido, aprueban leyes que luego el Estado interpreta a su conveniencia, y se van. A veces con maletas llenas, a veces con indemnizaciones obscenas, siempre con la sensación de que «hicieron lo que pudieron». El gobierno es temporal, visible, responsable (en teoría). El Estado es permanente, opaco e irresponsable.

Incluso quienes se autodenominan “críticos radicales del sistema establecido” caen frecuentemente en la trampa más básica y evidente de atacar síntomas visibles y superficiales —políticos corruptos individuales, empresas depredadoras concretas, partidos específicos— sin tocar nunca la raíz simbólica que naturaliza la obediencia colectiva como algo inevitable. Porque ver los símbolos con claridad meridiana requiere un entrenamiento específico de mirada, aprender a detectar cómo el poder se hace “natural” y eterno a través del ritual repetido y la imagen hipnótica. Una vez que lo ves con ojos entrenados y sin vuelta atrás, el símbolo pierde su hechizo para siempre y se revela como herramienta de control.

En España esta diferencia es especialmente obscena, porque aquí el Estado se ha construido durante siglos como una estructura centralista que devora todo lo que toca. Tiene una memoria larga y vengativa, recuerda la Reconquista, el absolutismo borbónico, el franquismo, la Transición que nadie se atreve a tocar de verdad. El Estado español no es neutral. Es una entidad que ha aprendido a sobrevivir a monarquías, dictaduras y democracias por igual, adaptándose como un parásito inteligente. Los gobiernos vienen y van —rojos, azules, morados, verdes— y todos terminan haciendo lo mismo, alimentar al Estado. Aumentan su tamaño, su presupuesto, su control. Ninguno lo reduce jamás. Ninguno.

Y aquí viene lo psicológico, la gente necesita creer que votando cambia algo profundo porque la alternativa es insoportable. Hay que reconocer que el verdadero poder reside en estructuras que no controlas, que no eliges y que no rinden cuentas es enfrentarse al abismo de la impotencia. Es más cómodo pensar que el problema es «este gobierno corrupto» o «esta ideología nefasta» que admitir que el Estado, sea quien sea el que esté en La Moncloa, seguirá expandiéndose, vigilando, gravando, regulando y, cuando haga falta, reprimiendo. Es más fácil odiar a un presidente concreto y con razón, que aceptar que el problema es estructural, histórico y, en gran medida, inevitable mientras sigamos alimentando al monstruo.

El cinismo no está en señalar esto. El cinismo está en seguir fingiendo que cambiando de gobierno cambias el Estado. Que, con un nuevo partido, un nuevo líder carismático, un nuevo referéndum, un nuevo «proceso de regeneración democrática», todo va a ser diferente. No lo será. El Estado español ha visto pasar a Carlos V, a Franco, a Felipe González, a Aznar, a Zapatero, a Rajoy, y pronto a Sánchez. Los ha absorbido a todos. Y ahí sigue, más gordo, más lento, más caro y poderoso que nunca.

Así que cuando escuches a alguien hablar de «recuperar el Estado» o «reformar las instituciones» o «regeneración democrática», sonríe con amargura. No están hablando de limitar al Estado. Están hablando de controlarlo ellos. De sentarse encima del monstruo y dirigir sus fauces hacia los que no piensan como ellos.

El Estado no es tuyo. Nunca lo fue. Y mientras sigas creyendo que votando lo haces tuyo, seguirás siendo su súbdito disfrazado de ciudadano.

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