Aragón, laboratorio del ocaso

En el ocaso de lo que una vez fue una nación soberana y cohesionada, España se contempla nuevamente en el espejo fracturado de sus divisiones regionales, y lo que refleja Aragón —tras las elecciones anticipadas del 8 de febrero de 2026— no es sino la aceleración de una decadencia civilizacional que recuerda a las repúblicas antiguas que, en su hibris, convocaron comicios prematuros creyendo consolidar poder, solo para abrir las puertas a facciones más radicales y depredadoras.

El Partido Popular, bajo Jorge Azcón, cometió el error estratégico más grotescamente estúpido imaginable, disolver las Cortes en un momento de aparente fortaleza, como si la historia no estuviera repleta de líderes conservadores —desde los whigs británicos hasta los moderados romanos tardíos— que, confiados en su mayoría, terminaron fragmentando su base y entregando el flanco a bárbaros internos. ¡Qué refinada arrogancia! El resultado, una victoria pírrica, con escaños perdidos y una dependencia absoluta de Vox, esa fuerza ascendente que, como los visigodos invitados como aliados federados, ahora dicta términos al Imperio agonizante. El PP no reforzó nada; regaló el tablero entero, polarizando el parlamento en tres bloques irreconciliables y convirtiéndose en rehén de quienes ayer denunciaba como extremistas.

Desde una visión psicológica y algunos aspectos sociológicos, esta debacle revela el caos primordial que acecha bajo toda sociedad que abdica de la responsabilidad individual en favor de narrativas colectivistas y victimistas. Los votantes aragoneses, confrontados con la despoblación rural, la crisis agrícola y la inmigración descontrolada, no actuaron por mero cálculo racional, sino por un impulso arquetípico, el rechazo al dragón del caos encarnado en el sanchismo centralista y en la tibieza conservadora.

El hundimiento histórico del PSOE —con Pilar Alegría como candidata impuesta, leal hasta la servidumbre— ilustra la psicología de la sumisión voluntaria, figuras que sacrifican autonomía por seguridad tribal dentro del aparato, convirtiéndose en marionetas de un líder narcisista. Alegría no es líder; es símbolo de abdicación, y su derrota refleja cómo las sociedades que premian obediencia ciega generan abstención masiva, esa retirada a la sombra no integrada de la apatía. Mientras, el PP, con su sobreconfianza burocrática, provocó resignación en su base, votantes que percibieron falta de ilusión y castigaron levemente, migrando hacia la protesta más cruda.

¡Ah, qué sublime espectáculo de ingenio político nos regala Vox, esa venerable institución que, con la humildad de un cruzado medieval y la delicadeza de un martillo pilón, ha transformado Aragón en su feudo particular! Su estrategia fue maestra de oportunismo depredador, romper el pacto de coalición con Azcón no por principios elevados —¡Dios nos libre! —, sino para presentarse como los únicos guardianes puros frente al “bipartidismo traidor”. Alejandro Nolasco y Santiago Abascal recorrieron pueblos despoblados prometiendo, con la originalidad de un disco rayado, detener la inmigración masiva, priorizar ayudas a los «de casa», rechazar agendas verdes «impuestas» y bajar impuestos drásticamente. Qué ironía tan deliciosamente cruel, denunciar al PP por «contaminarse» con la gestión mientras uno capitaliza la indignación rural sin mancharse las manos. Vox canalizó la ira legítima —esa sombra colectiva que el bipartidismo reprimió— hacia una catarsis primitiva, hombres jóvenes, clases trabajadoras agrícolas, votando por jerarquías claras en medio del caos igualitario falso. No ofrecieron programa coherente, sino venganza disfrazada de soberanía, proyectando el abandono estatal hacia chivos expiatorios externos. Y ahora, con catorce escaños, negocian con avidez felina consejerías jugosas y vicepresidencias, sabiendo que Azcón, atrapado en su propia imbecilidad electoral, tragará sin pestañear. ¡Qué pureza ideológica tan conmovedora!

En esta tragicomedia, Pedro Sánchez = (D.R.R.) se alza como el beneficiario supremo, ese superviviente maquiavélico que coloca candidatos débiles y dependientes —como la pobre Alegría, que le debe no solo el cargo sino la relevancia— para asegurar lealtad inquebrantable. Derrotas autonómicas se diluyen en ineptitud local; victorias se atribuyen a su genio. Elimina baronías, reconvierte críticos en lacayos y mantiene un partido sectario en lugar de democrático. El PP, con su adelanto electoral, le regaló un chivo expiatorio perfecto, castigo regional que absorbe desgaste nacional mientras él se presenta como baluarte contra la «extrema derecha». Qué refinada crueldad.

Para las generales, el efecto psicológico será devastador y paradójicamente revitalizador, polarización emocional —miedo en la izquierda, euforia resentida en la derecha— movilizará al progresista bajo el «mal menor», mientras el centro moderado, horrorizado por la dependencia del PP de Vox, podría abstenerse. España paga el precio de líderes que confunden administración con liderazgo moral, el PP aceleró su irrelevancia por vanidad, Vox capitalizó la estupidez ajena, y Sánchez observa, riendo, cómo la derecha se devora a sí misma. Qué espectáculo tan mordazmente patético, una civilización que, en su afán por rechazar el caos progresista, abraza el caos reaccionario, todo porque el orden real exige responsabilidad que ya no quiere asumir. Uno no sabe si reír o llorar; yo elijo lo primero, con un Bushmills de 40 años bien cargado y una sonrisa sardónica.

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