Este editorial se inscribe en una línea de análisis iniciada con “Trump, Groenlandia y el rebaño bienpensante”, donde se denunciaba el encuadre emocional y desinformativo que convirtió una cuestión de seguridad nacional en un espectáculo moralizante. Aquí damos un paso más, trazamos la genealogía histórica de la presencia estadounidense en Groenlandia, mostrando que lo que fue tratado como un capricho presidencial tenía —y tiene— raíces profundas en la arquitectura defensiva occidental.
En el siglo de las guerras calientes y las alianzas frías, pocos documentos condensan tanta lucidez estratégica como el Acuerdo de Defensa de 1951 entre los Estados Unidos y el Reino de Dinamarca. A primera vista, parecería otra pieza olvidada del archivo diplomático. Pero bajo su tinta helada se revela una lógica incandescente, el mundo libre, para seguir siéndolo, requería ojos en el Ártico. Y Estados Unidos, aún entonces más despierto que el resto de Occidente, entendió que el futuro se vigila desde el extremo norte.
El pacto otorgaba a Estados Unidos el derecho de operar instalaciones militares en Groenlandia, con especial atención a Thule, ese punto improbable en el mapa, en la cima de una isla cuyo nombre resuena como eco mitológico. No se trataba de una concesión colonial, sino de un acuerdo funcional, pragmático, con una misión inconfundible, contener la expansión soviética, anticipar el misil antes de que cruce el mar, proteger el hemisferio occidental con la única herramienta que asegura la paz real, la disuasión.
Algunos lo llamarán imposición, otros lo verán como un acto de realismo moral. En todo caso, es una obra maestra de claridad estratégica. En lugar de desplegar ejércitos en las playas del norte de Europa, Estados Unidos eligió algo más elegante y menos provocador, tecnología, vigilancia, proyección desde el hielo. Y lo hizo sin disparar un solo tiro. ¿No es eso, al fin y al cabo, lo que deseamos de una superpotencia racional?
Claro, Groenlandia no fue parte del proceso de firma. Pero en 1951, la isla no era un sujeto de derecho internacional, sino un territorio administrativo bajo la soberanía danesa. Que no se haya encendido la lámpara del consentimiento indígena no es excusa para revisar con ligereza la arquitectura de una paz que, mal que bien, ha perdurado más de setenta años. ¿Quién, con honestidad intelectual, puede negar que el orden fundado en parte sobre Thule contuvo horrores más grandes?
El radar de Thule no es solo un artefacto tecnológico. Es una brújula moral. En un mundo saturado de retórica pacifista y de amenazas veladas, ver venir el misil antes que nadie es una forma de proteger al débil desde el poder del fuerte. No hay herejía más peligrosa que confundir la vigilancia con el imperialismo. Y no hay virtud más cobarde que renunciar a la superioridad tecnológica por miedo a ofender a los revisionistas.
Desde entonces, Thule ha sido testigo silencioso del paso del tiempo y del ascenso de nuevos peligros. La Guerra Fría terminó en los libros, pero nunca en los cielos. Hoy, mientras China avanza con astucia comercial y Rusia recupera músculo nuclear en el Ártico, Thule se vuelve a encender como una antorcha defensiva. Su ubicación no solo permite vigilancia avanzada; simboliza la continuidad de una estrategia que antepone la previsión al colapso.
Y, sin embargo, hay que decirlo, Groenlandia ha cambiado. Ya no es el sujeto mudo de 1951. Con un parlamento autónomo y una conciencia política en gestación, exige participación, no para rechazar el acuerdo, sino para insertarse dignamente en su renegociación. No se trata de repudio, sino de actualización. Porque una alianza real se renueva o se pudre. Y una defensa sólida necesita legitimidad además de eficacia.
Revisar el acuerdo no es desmantelarlo. Es blindarlo. Hacerlo más resistente a la propaganda externa, más representativo del nuevo contexto y más transparente para los ciudadanos que lo habitan y lo sostienen. Estados Unidos no tiene que disculparse por haber liderado. Pero sí puede, con la fuerza que da la razón, reafirmar su liderazgo desde la escucha y la inclusión.
En geopolítica, lo “temporal” suele ser eterno. Pero lo eterno también puede mejorar. Thule seguirá siendo uno de los pilares invisibles de la seguridad de Occidente. La pregunta es si ese pilar podrá reforzarse no solo con acero, sino con consenso.
Porque —y en esto conviene ser brutalmente claros— ningún radar ve tan lejos como una alianza en la que todos creen. Y ningún enemigo se acerca tanto como cuando nuestros cimientos se resquebrajan desde dentro.
Groenlandia no es solo un lugar estratégico. Es una intersección moral. Es allí, en ese hielo donde se reflejan los satélites y las decisiones humanas, donde las democracias modernas demuestran si aún saben cuidarse sin traicionarse.
