La reciente aparición de Felipe González en El Hormiguero ha sido celebrada por muchos como un acto de lucidez moderada y experiencia institucional. Pero detrás del tono pausado y las anécdotas presidenciales, se articula una operación política mucho más sutil: la de reinstalar la hegemonía tecnocrática del viejo orden a través del disfraz de la sabiduría neutral.
González ya no interviene como un actor político activo, sino como una figura oracular, una especie de patriarca del sistema que pretende observar desde las alturas el desconcierto contemporáneo. Su frase “El mundo ya no me cabe en la cabeza” no es un lamento, sino una sofisticada forma de desacreditar el presente desde la autoridad simbólica del pasado. Si ni él logra comprender esta etapa, ¿quién puede hacerlo legítimamente?
La moderación que exhibe no es equidistante ni neutral. Es una moderación cargada de ideología, una nostalgia tecnocrática que enmascara juicios precisos bajo formulaciones genéricas: crítica al “ruido”, a la “fragmentación”, al “populismo”. No necesita nombrar actores; el subtexto es inequívoco. Sus dardos apuntan contra toda tentativa de transformación profunda del statu quo.
El formato elegido tampoco es casual. Un programa de entretenimiento masivo desactiva el escrutinio y ofrece un escenario ideal para proyectar autoridad sin ser confrontado. Es ahí donde su intervención resulta más eficaz: cuando el juicio político se envuelve en humor blanco y aparente cordialidad.
Pero el verdadero desafío que plantean discursos como este no reside en sus tesis explícitas, sino en su arquitectura retórica. Lo que se presenta como análisis sereno suele ser una forma sofisticada de evasión del conflicto. Y sin conflicto, no hay democracia viva: hay una administración gerencial del malestar.
El relato de González opera como un recordatorio del viejo pacto: orden, centro, racionalidad. Un pacto hoy tensionado por demandas sociales que no caben en los moldes del pasado. En ese marco, su intervención es menos una lectura del presente que un intento de domesticarlo simbólicamente.
Por ello, el verdadero ejercicio crítico no es escuchar reverencialmente al “sabio”, sino interrogar sus silencios, sus giros, sus omisiones. Porque el pasado, aunque ilustrado, también puede equivocarse.
Y porque la inteligencia política no consiste en añorar lo que fue, sino en comprender lo que exige el presente. Con todas sus contradicciones, urgencias y posibilidades.
