En el vasto y acelerado contexto económico y social de China, la juventud contemporánea ha encontrado una manera inusual pero poderosa de resistirse a las expectativas sociales y laborales: el movimiento Bai Lan, traducido como (“dejar que se pudra”). Este concepto captura la resignación activa de una generación que, enfrentada a las demandas incesantes de un sistema rígido y opresivo, opta por no participar. Surgido en 2022 y precedido por Tang Ping (“acostarse”), Bai Lan es un fenómeno profundamente arraigado en el desencanto con las instituciones políticas y sociales de China, y plantea serios desafíos al Partido Comunista Chino (PCC). En esta vía, este editorial es una aproximación al Bai Lan desde las perspectivas sociológica, económica, política, psicológica, demográfica, cultural y otras, evaluando su impacto en los ciudadanos chinos y en la gobernanza estatal.
I. Movimientos sociales y crisis económica y social
El movimiento Bai Lan surge como respuesta generacional a un sistema que prioriza el crecimiento económico sobre el bienestar humano. El Bai Lan y su precursor Tang Ping representan una ruptura con las normas tradicionales, como el sacrificio laboral extremo y la búsqueda de riqueza material. Estos movimientos han ganado tracción a través de plataformas como Weibo y Douyin, donde jóvenes comparten experiencias y estrategias para “vivir con lo mínimo necesario”, desafiando la narrativa oficial de prosperidad.
La conectividad digital ha desempeñado un papel crucial en la difusión de Bai Lan. Según el sociólogo Anthony Giddens, la globalización intensifica la exposición a estilos de vida alternativos, y los jóvenes chinos no son ajenos a esta dinámica. Comparándose con sus iguales en países como Japón, Corea del Sur y Estados Unidos, los jóvenes chinos perciben las limitaciones de sus oportunidades económicas y sociales, alimentando su frustración.
Aunque Bai Lan es un fenómeno predominantemente chino, sus ecos se extienden a otras naciones asiáticas como Japón y Corea del Sur, donde los jóvenes también enfrentan una alta presión social, económica y laboral. Este descontento generacional, visible en Japón a través del concepto de Hikikomori y en Corea del Sur con la llamada Generación Sampo, refleja una crisis regional que desafía las expectativas tradicionales de éxito y prosperidad.
El término Hikikomori, acuñado en Japón, describe un fenómeno sociológico en el que individuos, principalmente jóvenes, se retiran completamente de la vida social, permaneciendo aislados en sus hogares durante meses o incluso años. Según un informe del Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar de Japón (2022), más de un millón de personas en Japón se identifican como hikikomori. Este fenómeno se ha relacionado con factores como la presión extrema para tener éxito académico y profesional, el miedo al fracaso y un sistema cultural que estigmatiza el fracaso personal.
Los hikikomori suelen provenir de familias de clase media y alta, donde las expectativas de éxito son mayores. Este aislamiento no solo refleja una crisis individual, sino también un síntoma de un sistema social que prioriza la productividad sobre el bienestar emocional. En un estudio de Kato et al. (2022), se encontró que el 76 % de los hikikomori experimentaron episodios de depresión severa, lo que subraya el impacto psicológico de estas presiones.
En Corea del Sur, el fenómeno equivalente se denomina Generación Sampo, que literalmente significa “renunciar a tres cosas”: matrimonio, hijos y propiedad. Este término ha evolucionado con variantes como la Generación Opo (renuncia a cinco cosas, incluyendo relaciones interpersonales y sueños personales), y la Generación N-po (que extiende el concepto a aún más aspectos de la vida). Según un informe del Instituto de Desarrollo de Corea (2023), el 70 % de los jóvenes surcoreanos en la veintena y treintena considera que alcanzar estas metas tradicionales es imposible debido al alto costo de vida, el aumento del desempleo juvenil (8.3 % en 2023) y una competitividad laboral extrema.
La Generación Sampo también es una reacción a un sistema en el que las largas horas laborales y los costos crecientes dificultan la construcción de una vida estable. En Corea del Sur, los precios de la vivienda en ciudades como Seúl han aumentado más del 50 % en la última década, lo que hace casi inalcanzable para los jóvenes adquirir una propiedad. Este fenómeno ha llevado a un replanteamiento de las prioridades personales, similar a lo que ocurre con Bai Lan en China.
Tanto Hikikomori como la Generación Sampo tienen paralelismos con Bai Lan, ya que todos representan una reacción frente a sistemas percibidos como opresivos o inalcanzables. Estos fenómenos destacan un descontento juvenil que va más allá de un país específico y reflejan una crisis en las expectativas tradicionales de éxito en Asia Oriental. Mientras que los gobiernos intentan abordar estas problemáticas con incentivos económicos o reformas culturales, los jóvenes parecen alejarse cada vez más de los modelos convencionales, optando por estilos de vida que priorizan la supervivencia emocional y el rechazo a las normas sociales insostenibles.
La economía china enfrenta profundos desafíos estructurales que intensifican el desempleo juvenil, un fenómeno que refleja y amplifica las tensiones sociales y económicas del país. Con una tasa de paro juvenil que alcanzó un alarmante 21.3 % en (2023), la incapacidad para proporcionar suficientes oportunidades laborales a las nuevas generaciones no solo debilita la moral colectiva, sino que también amenaza con desestabilizar pilares fundamentales del sistema económico y social chino.
En un contexto global caracterizado por la inflación, China enfrenta el problema opuesto: la deflación. Este fenómeno, que implica una caída sostenida de los precios, es un síntoma de la baja confianza de los consumidores y una reducción significativa en el consumo interno. Según un análisis del World Bank (2023), el consumo privado en China disminuyó un 3.2 % interanual en sectores clave como el comercio minorista y los servicios. Este descenso tiene un impacto negativo en el crecimiento económico, ya que el consumo doméstico representa más del 40 % del PIB del país.
La deflación, agravada por el desempleo juvenil, crea un círculo vicioso: los jóvenes desempleados tienen menor capacidad de gasto, lo que reduce aún más la demanda de bienes y servicios, llevando a una menor producción, más despidos y, finalmente, una mayor precarización del mercado laboral.
El desempleo juvenil no es solo un síntoma de la desaceleración económica, sino un catalizador de problemas más profundos. Un informe del World Economic Forum (2023) señala que la falta de oportunidades laborales para los jóvenes ha reducido drásticamente el gasto doméstico, afectando negativamente a sectores clave como la tecnología, la manufactura y el sector inmobiliario. Por ejemplo, empresas tecnológicas como Alibaba y Tencent han reducido significativamente su personal en los últimos dos años, lo que ha agravado la percepción de incertidumbre entre los jóvenes profesionales.
El sector manufacturero, históricamente un motor de crecimiento para la economía china, también ha sufrido una disminución en la producción debido a la caída en la demanda tanto interna como externa. Según datos de la <<China Economic Update – December 2023. International Bank for Reconstruction and Development / The World Bank (2023)>>, la ganancia industrial disminuyó un 2.5 % en 2023, en parte debido a la falta de una fuerza laboral joven y motivada.
La incertidumbre económica también ha desencadenado una significativa reducción en las inversiones privadas, lo que exacerba aún más la desigualdad social. Empresas extranjeras y locales han retrasado o cancelado proyectos debido a la falta de confianza en el mercado laboral y las políticas regulatorias impredecibles. Esta situación va en contra de los principios fundamentales del modelo de desarrollo económico chino, que se basa en mantener la estabilidad social mediante el crecimiento económico inclusivo.
La desigualdad social, ya evidente en la brecha creciente entre áreas urbanas y rurales, se ha profundizado con la falta de acceso a empleos de calidad para los jóvenes. En un contexto donde el sistema tradicionalmente asegura conformidad política a cambio de estabilidad económica, este desequilibrio plantea un desafío existencial para el Partido Comunista Chino.
La crisis económica y social que enfrenta China, exacerbada por el desempleo juvenil y la deflación, pone de manifiesto la necesidad de reformas estructurales que impulsen la creación de empleo, incentiven el consumo interno y reduzcan las desigualdades sociales. Sin una acción decisiva, los problemas actuales no solo podrían debilitar la economía china a largo plazo, sino también amenazar la estabilidad política y social en un país que depende de su juventud para mantener su crecimiento y competitividad global.
II. Cultura laboral e impacto de políticas gubernamentales
El modelo laboral conocido como 996 (trabajar de 9 a.m. a 9 p.m., seis días a la semana) es un emblema de la cultura de sacrificio extremo que caracteriza el entorno económico chino. Este modelo, que equivale a 72 horas semanales, refleja la presión sobre los trabajadores para priorizar la productividad a cualquier costo. Estudios recientes, como el de Huang (2024), documentan un aumento alarmante en casos de agotamiento físico, depresión y ansiedad entre los jóvenes atrapados en este sistema.
El impacto de esta cultura laboral no se limita a la salud mental. Una encuesta de 2023 informó que el 54 % de los trabajadores de oficina en China experimentan una alta presión, y el 46 % sufren de ansiedad significativa, principalmente debido a cargas de trabajo pesadas lo que resulta en una disminución de la productividad general y una alta rotación laboral. Los movimientos como Bai Lan surgen como respuestas directas a estas condiciones, ya que los jóvenes optan por alejarse de un sistema que consideran insostenible.
Evan Osnos (2022) advierte que la cultura 996 no solo es insostenible, sino que también amenaza la cohesión social al alienar a una generación entera del proyecto nacional del Partido Comunista Chino (PCC). La incapacidad de responder a las demandas laborales y a las expectativas culturales genera un creciente descontento, debilitando el vínculo entre los jóvenes y las instituciones estatales.
Para un lector occidental, imaginar un entorno laboral donde las jornadas exceden consistentemente los estándares internacionales ilustra la magnitud del problema. Comparativamente, países como Alemania y Suecia, donde las horas laborales promedio son significativamente menores (35-40 horas semanales), priorizan políticas que equilibran productividad y bienestar, acentuando el contraste con el modelo chino.
El descontento juvenil también tiene raíces en las políticas regulatorias adoptadas por el PCC. En 2021, el gobierno implantó una prohibición de la tutoría privada con fines de lucro, devastando la industria educativa, que previamente había empleado a millones. La intención oficial era aliviar la presión académica sobre los estudiantes, pero las consecuencias económicas fueron catastróficas.
El caso de New Oriental Education es emblemático. Una vez valorada en miles de millones de dólares, esta empresa perdió más del 90 % de su capitalización de mercado tras las restricciones, dejando a cientos de miles de trabajadores desempleados. Esta política desincentivó a los inversores internacionales y reforzó la percepción de que China carece de estabilidad regulatoria.
De manera similar, el sector tecnológico ha sido objeto de una represión gubernamental sin precedentes. Empresas como Alibaba y Didi enfrentaron multas multimillonarias y restricciones regulatorias, lo que llevó a despidos masivos y a la pérdida de confianza en el emprendimiento. Según un informe de la Cámara de Comercio Estadounidense en China (2023), el 43 % de las empresas tecnológicas han reconsiderado sus planes de inversión debido al entorno regulatorio hostil.
La inestabilidad económica ha desencadenado un éxodo de talento hacia otros países, particularmente en el sector tecnológico. Un informe de la Universidad de Pekín (2023) destaca que el 27 % de los graduados de las principales universidades chinas buscan oportunidades en el extranjero, una tendencia que amenaza la capacidad de China para competir globalmente. Esta fuga de cerebros es una consecuencia directa de la incertidumbre económica y de las políticas que han reducido el atractivo del mercado laboral chino.
En esencia, la combinación de una cultura laboral opresiva y políticas gubernamentales erráticas ha exacerbado el descontento social en China, especialmente entre los jóvenes. Mientras el gobierno intenta mantener el control, estas dinámicas están transformando la relación entre los ciudadanos y el estado, fomentando movimientos como Bai Lan. Sin reformas significativas, China podría enfrentar una erosión de su capacidad innovadora y una creciente desconfianza en sus instituciones, lo que tendría implicaciones profundas tanto a nivel nacional como global.
III. Dinamismo generacional y desafíos estructurales
Las generaciones más jóvenes en China, especialmente los Millennials y la Generación Z, están redefiniendo las prioridades sociales y económicas en un país que históricamente ha valorado la estabilidad económica y la acumulación de riqueza como pilares de su desarrollo. Durante las décadas posteriores a la reforma económica de 1978, las generaciones anteriores trabajaron incansablemente para construir un país que emergiera de la pobreza extrema. Sin embargo, esta narrativa de sacrificio intergeneracional está perdiendo relevancia entre los jóvenes de hoy.
En contraste, los Millennials y la Generación Z priorizan el equilibrio entre la vida personal y laboral, así como el bienestar mental y físico, alejándose del materialismo extremo. Este cambio refleja una resistencia cultural hacia un sistema que promete recompensas desproporcionadas al esfuerzo invertido, pero que a menudo no las cumple. En lugar de perseguir los ideales tradicionales de comprar propiedades o formar familias, muchos jóvenes adoptan estrategias como Bai Lan para navegar un entorno económico y social que perciben como hostil.
Un creciente número de jóvenes chinos está priorizando el equilibrio entre la vida y el trabajo por encima de ingresos elevados, reflejando una transición hacia valores menos competitivos. Según informes recientes, muchos prefieren empleos con menos estrés, incluso si esto implica sacrificar prestigio o salario. Artículos como el de Wang y Wang (2023) destacan cómo esta tendencia está ligada a la frustración con un sistema que no garantiza estabilidad financiera ni oportunidades equitativas. De manera similar, reportajes de medios internacionales muestran que los jóvenes están redefiniendo el “sueño chino” y optando por trabajos más estables, alejándose de la competitividad extrema que caracterizaba a las generaciones anteriores.
Este cambio generacional representa un desafío significativo para el Partido Comunista Chino (PCC). Durante décadas, el contrato social implícito de “crecimiento económico a cambio de conformidad política” ha sido un pilar de la estabilidad del régimen. Sin embargo, la desilusión de los jóvenes amenaza con erosionar este contrato. La incapacidad del gobierno para abordar las necesidades y aspiraciones de las generaciones más jóvenes podría debilitar su legitimidad y fomentar un descontento social más amplio.
Además, la renuencia de los jóvenes a participar en las estructuras tradicionales, como el matrimonio y la propiedad, tiene implicaciones económicas. Por ejemplo, el mercado inmobiliario, que representa el 29 % del PIB de China, enfrenta una demanda decreciente, lo que agrava las tensiones financieras en sectores críticos.
La política de un solo hijo, establecida en 1980, tuvo como objetivo controlar el explosivo crecimiento poblacional de China, pero sus efectos a largo plazo han transformado radicalmente la estructura demográfica del país, con consecuencias profundas y diversas que ahora amenazan su estabilidad económica y social.
El envejecimiento de la población china representa uno de los mayores retos sociales y económicos derivados de las políticas demográficas anteriores, como la política de un solo hijo. Según las proyecciones de la United Nations Population Division (2023), la proporción de personas mayores continuará aumentando, ejerciendo presión sobre los sistemas de bienestar social, incluidas las pensiones y los servicios médicos. Estudios como el de Wang (2011) han señalado que esta transición demográfica está estrechamente relacionada con una disminución significativa de la población activa, lo que plantea desafíos económicos graves, como la reducción de la capacidad productiva y el incremento de la carga fiscal sobre los trabajadores más jóvenes. Este fenómeno podría ralentizar el crecimiento económico, que ha sido un factor clave en el desarrollo global de China durante las últimas décadas.
Uno de los efectos más visibles de las políticas demográficas previas en China es el desequilibrio de género. Estudios como los de Fong (2004) han señalado que las preferencias culturales por hijos varones llevaron a una disparidad significativa en la proporción de hombres y mujeres. Este desbalance demográfico ha generado problemas sociales que incluyen competencia en el matrimonio, desafíos en la cohesión social y potenciales aumentos en fenómenos como la trata de personas. Además, como se destaca en los trabajos de Wang (2011), estas dinámicas demográficas tienen un impacto directo en la disminución de las tasas de natalidad, perpetuando el envejecimiento de la población y reduciendo la proporción de trabajadores activos en la economía china.
El envejecimiento acelerado de la población china es uno de los desafíos más significativos derivados de las políticas demográficas previas. Según las proyecciones de la United Nations Population Division (2023), China enfrentará un aumento sustancial en su población mayor de 60 años, lo que ejercerá una presión considerable sobre los sistemas de bienestar social, incluidos pensiones y servicios médicos. Esta transición demográfica, combinada con una disminución significativa de la población activa esperada para 2050, plantea retos económicos graves, como la reducción de la capacidad productiva y un aumento de la carga fiscal sobre los trabajadores más jóvenes. Este fenómeno podría desacelerar el crecimiento económico, un pilar clave del ascenso global de China en las últimas décadas.
El gobierno chino ha reconocido estos desafíos y ha adoptado estrategias para minimizar su impacto. En 2016, se permitió a las familias tener dos hijos, y en 2021, el límite se amplió a tres. Sin embargo, estos cambios han tenido un impacto limitado. Según un informe del National Health Commission (2023), menos del 10 % de las familias elegibles han optado por tener un segundo o tercer hijo, citando razones como el alto costo de vida, la falta de apoyo gubernamental adecuado y la presión laboral.
Adicionalmente, el gobierno ha introducido incentivos como subsidios para la crianza de hijos, permisos parentales extendidos y reducción de costos en la educación infantil. Sin embargo, estas medidas aún no han generado un cambio significativo en las tasas de natalidad.
China se enfrenta a un dilema crítico: cómo equilibrar las necesidades de su población envejecida mientras revitaliza su economía y mantiene la estabilidad social. Si no se toman medidas más agresivas, como reformas estructurales en el sistema de pensiones, políticas inclusivas de género y mayores inversiones en innovación tecnológica para compensar la disminución de la población activa, el país podría enfrentar una desaceleración económica prolongada y un aumento del descontento social.
El envejecimiento poblacional no solo plantea desafíos para los sistemas de pensiones y atención médica, sino que también limita el crecimiento económico. Un informe del World Bank (2023) predice que la disminución de la población en edad laboral reducirá el PIB de China en un 0.5 % anual en las próximas dos décadas, lo que podría dificultar el mantenimiento de su posición como una de las principales economías del mundo.
El desequilibrio de género en China, resultado de la política de un solo hijo y las preferencias culturales por hijos varones, ha generado una significativa escasez de mujeres en edad de contraer matrimonio. Según BBC News Mundo (2017), este fenómeno ha provocado que un gran número de hombres jóvenes, especialmente en áreas rurales, enfrenten dificultades significativas para encontrar pareja, lo que contribuye a sentimientos de exclusión social y frustración. Además, National Geographic España (2019) documenta cómo esta disparidad ha llevado a un aumento en el tráfico de personas y la trata de mujeres desde países vecinos, exacerbando tensiones sociales y culturales en la región.
El Partido Comunista Chino ha reconocido estos desafíos y ha desarrollado acciones para atenuar sus efectos. En 2021, el gobierno introdujo la política de tres hijos, permitiendo a las familias tener más hijos sin restricciones legales. Sin embargo, el impacto de estas políticas ha sido limitado. Según datos de National Business Daily, las tasas de fertilidad siguen siendo extremadamente bajas, con 1.09 hijos por mujer en 2022, muy por debajo del nivel de reemplazo poblacional de 2.1. Los altos costos de vida, especialmente en ciudades como Shanghái y Beijing, siguen siendo un obstáculo significativo.
En suma, el dinamismo generacional y los desafíos estructurales están remodelando el panorama socioeconómico de China. La resistencia de los jóvenes a las normas tradicionales y las complejidades demográficas resaltan la necesidad de reformas integrales. Sin cambios significativos, China corre el riesgo de enfrentarse a una combinación de estancamiento económico y descontento social que podría limitar su capacidad para competir globalmente y mantener la estabilidad interna.
IV. Influencia global y conclusiones
El debilitamiento de la economía china tiene repercusiones globales profundas debido al papel central de China como motor del comercio internacional y proveedor clave en cadenas de suministro. Con una economía que representa aproximadamente el 18 % del PIB mundial (World Bank, 2023), cualquier desaceleración en su crecimiento afecta tanto a mercados emergentes como a economías avanzadas. La caída en la demanda interna de China, impulsada por movimientos como Bai Lan y el envejecimiento poblacional, está reduciendo las exportaciones globales, desde productos de consumo hasta maquinaria industrial.
Los principales socios comerciales de China, incluidos la Unión Europea y Estados Unidos, ya están sintiendo los efectos de esta desaceleración. Según un informe de la Organización Mundial del Comercio (2023), las exportaciones hacia China disminuyeron un 14 % en 2023, afectando a sectores clave como la tecnología en Alemania, la agricultura en Estados Unidos y la manufactura en Japón. Esta caída en la actividad comercial refleja tanto la reducción en el consumo interno como los efectos de las políticas regulatorias que han desacelerado industrias clave en China.
La disminución de la población activa se ha convertido en un desafío estructural que afecta no solo la economía doméstica, sino también su capacidad para mantener su posición estratégica en la economía global. Este fenómeno es una consecuencia directa de la política de un solo hijo, que ha reducido significativamente el número de jóvenes en edad laboral, así como del envejecimiento acelerado de la población. Estas tendencias han puesto en jaque el modelo económico de China, tradicionalmente basado en una fuerza laboral abundante y de bajo costo.
Por otro lado, la insuficiencia de profesionales cualificados está ejerciendo una presión creciente sobre los salarios en sectores estratégicos como la manufactura avanzada, la tecnología y la logística. Según Friedman (2023), esta dinámica ha llevado a un aumento del 15-20 % en los costos laborales en los últimos cinco años, una cifra que amenaza con erosionar la competitividad de China como base manufacturera global. Esto es particularmente preocupante en un contexto donde los márgenes de ganancia en las industrias manufactureras son estrechos, y las empresas buscan minimizar costos en cada etapa de la producción.
Por ejemplo, el sector tecnológico, que ha sido un pilar del crecimiento chino, enfrenta ahora dificultades para atraer y retener talento, especialmente en áreas como la inteligencia artificial y la robótica. Las empresas extranjeras que anteriormente veían a China como un destino atractivo para la fabricación ahora consideran reubicarse en otros países donde los costos laborales son más bajos y la fuerza laboral más joven y abundante.
La pérdida de competitividad de China está acelerando la relocalización de fábricas hacia países del sudeste asiático como Vietnam, Indonesia y Malasia. Según una noticia de EFE (2022), Vietnam ha visto un aumento del 25 % en la inversión extranjera directa en los últimos tres años, con multinacionales como Samsung, Apple y Nike trasladando partes clave de su producción fuera de China. Este fenómeno no solo diversifica las cadenas de suministro globales, sino que también reduce la dependencia del mundo de la manufactura china.
Sin embargo, esta transición no está exenta de desafíos. Aunque los países del sudeste asiático ofrecen mano de obra más barata, carecen de la infraestructura logística avanzada y la experiencia acumulada que ha hecho de China una potencia manufacturera. Esto significa que, a corto plazo, las cadenas de suministro globales pueden enfrentar interrupciones y mayores costos operativos.
El gobierno chino ha comenzado a implantar estrategias para amortiguar el impacto de la disminución de la población activa. Entre estas, destaca la automatización de procesos y la inversión en tecnologías avanzadas. Por ejemplo, en 2023, China superó a Japón como el mayor mercado de robots industriales del mundo, con más de 270,000 unidades instaladas, según la International Federation of Robotics (2023). Esta apuesta por la automatización busca compensar la reducción de la fuerza laboral y mantener la productividad en sectores clave.
Adicionalmente, el gobierno ha lanzado programas de formación profesional y capacitación para preparar a los trabajadores en habilidades demandadas, como la programación y el manejo de maquinaria avanzada. Estas iniciativas están diseñadas para mejorar la calidad de la mano de obra existente y reducir la dependencia de trabajadores no calificados.
En términos geoestratégicos, la pérdida de competitividad en la manufactura podría empujar a China a redirigir su economía hacia sectores de mayor valor añadido, como la innovación tecnológica, la biotecnología y los servicios financieros. Sin embargo, esta transición requiere tiempo, inversión y una reforma estructural significativa. Mientras tanto, la reubicación de fábricas hacia otros países podría erosionar el poder de negociación de China en las cadenas de suministro globales, debilitando su influencia económica en regiones estratégicas como el sudeste asiático.
El movimiento estratégico chino también incluye reforzar alianzas económicas a través de iniciativas como la Franja y la Ruta (Belt and Road Initiative), con el objetivo de consolidar mercados alternativos para sus exportaciones y garantizar acceso a recursos esenciales. Estas medidas subrayan el reconocimiento por parte del gobierno de la necesidad de adaptarse a una nueva realidad demográfica y económica.
A modo de cierre, la escasez de mano de obra calificada y la disminución de la población activa no solo representan un desafío económico para China, sino que también tienen implicaciones estratégicas globales. La capacidad de China para mantener su posición como centro manufacturero dependerá de su habilidad para equilibrar estos desafíos internos con un enfoque renovado en la innovación, la automatización y las alianzas internacionales que sean reales. Mientras tanto, la reconfiguración de las cadenas de suministro globales sugiere que el dominio económico de China podría enfrentar una transformación sustancial en los próximos años.
Culturalmente, el descontento juvenil en China resuena con movimientos similares en Japón y Corea del Sur, donde las generaciones jóvenes también están rechazando las expectativas tradicionales de éxito. Estos cambios están remodelando las narrativas de desarrollo en Asia, desafiando modelos económicos basados en la hiperproductividad. La convergencia de estas tendencias podría fortalecer alianzas culturales y económicas en Asia, pero también plantea preguntas sobre la sostenibilidad de los modelos de desarrollo actuales.
El fenómeno Bai Lan no solo representa un acto de resistencia generacional en China, sino que también expone las limitaciones de un modelo económico que prioriza el crecimiento a cualquier costo. Este movimiento simboliza una crisis sistémica que destaca los costos humanos y sociales de perseguir metas económicas en detrimento del bienestar individual. La creciente desilusión de la juventud china subraya un punto crítico para el gobierno: el desarrollo económico sin una correspondencia en la calidad de vida y oportunidades genera un descontento que puede desestabilizar incluso los sistemas más rígidos.
Asia, como región, enfrenta desafíos similares. Japón, Corea del Sur y China comparten dinámicas demográficas y laborales que subrayan la importancia de reformular políticas públicas para abordar el envejecimiento poblacional, la desigualdad de género y las expectativas laborales insostenibles. China, como caso de estudio, ofrece lecciones críticas para otros países que buscan equilibrar el crecimiento económico con la cohesión social.
Desde una perspectiva global, la reducción en la competitividad de China podría reconfigurar las dinámicas de poder económico. Países como India y Vietnam podrían aprovechar este vacío para aumentar su participación en el comercio global. Sin embargo, el riesgo de una desestabilización económica en China plantea desafíos para la estabilidad de los mercados internacionales, especialmente en sectores dependientes de la manufactura y las exportaciones chinas.
Occidente, al formular estrategias para interactuar con China, debe considerar estos cambios internos y sus implicaciones globales. Promover valores éticos, como el respeto por el bienestar individual y la sostenibilidad, puede ser una herramienta para equilibrar la competencia económica con un enfoque cooperativo en asuntos globales.
El futuro de China estará determinado en gran medida por su capacidad para responder a las demandas de su juventud desencantada. Si el gobierno ignora estas señales, corre el riesgo de perder su conexión con una generación clave para el desarrollo económico y social. Al mismo tiempo, esta transformación interna influirá en la posición de China en un mundo cada vez más interconectado, afectando tanto las dinámicas regionales como las relaciones con Occidente.
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