El declive del liderazgo de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno de España nos invita a reflexionar sobre la fugacidad inherente al poder. La historia demuestra que, aunque éste pueda parecer consolidarse con el paso del tiempo, su fin es tan inevitable como implacable. Desde los imperios más antiguos hasta las democracias contemporáneas, todo mandato, por extenso o sólido que parezca, tiene un límite. Y con ese límite emerge la necesidad de reevaluar el legado que deja, si es que deja alguno.
El poder no solo es una cuestión de autoridad, sino también de influencia y control sobre las estructuras colectivas. Max Weber lo definió como la capacidad de imponer la voluntad propia incluso frente a la resistencia, pero este concepto no abarca toda su complejidad. El poder también implica moldear la percepción, dirigir la narrativa y estructurar los significados compartidos. Es por eso que, en el ámbito político, el poder es un fenómeno volátil, configurado no solo por el voto o la ley, sino también por la percepción pública y las dinámicas cambiantes del entorno.
La caída del poder se refleja de forma poderosa en la expresión latina “Sancte Pater, sic transit gloria mundi”, que significa literalmente “Santo Padre, así pasa la gloria del mundo”. Esta antigua frase, utilizada durante las ceremonias de coronación de los papas en el Vaticano, se convierte en un recordatorio solemne de la naturaleza efímera de la grandeza y el poder humano. En el contexto papal, cuando se pronunciaba esta frase durante la pomposa y majestuosa ceremonia de coronación, servía para recordar que, pese a la inmensa autoridad espiritual y temporal que se le confería al nuevo pontífice, incluso él estaba sujeto a las leyes inevitables del tiempo y la mortalidad.
Este ritual no solo tiene un profundo simbolismo en cuanto a la fragilidad inherente a la condición humana, sino que pone en evidencia una lección universal: ninguna figura, por más poderosa o venerada que sea, está exenta de enfrentarse al inevitable ocaso de su mandato. El mensaje es claro: el poder y la gloria, por muy grandiosos que parezcan en su momento cumbre, son transitorios, y la historia ha demostrado repetidamente que todo liderazgo, ya sea eclesiástico, político o militar, está destinado a declinar con el tiempo.
Además, esta expresión no es solo un recordatorio para el líder, sino también una advertencia para todos los que observan y siguen a dichas figuras: el brillo del poder es pasajero, y cualquier aspiración a la inmortalidad política o la perpetuidad en el mando es ilusoria. Al igual que los emperadores romanos que, en sus triunfos, tenían a su lado a un esclavo que les susurraba “Memento mori” (recuerda que eres mortal), esta frase enseña que toda gloria terrenal se disipa.
Un paralelo puede encontrarse en las ceremonias de los altos cargos de la masonería, como la investidura de un Soberano Gran Comendador, donde los símbolos y rituales también destacan la temporalidad de su autoridad. La espada flamígera, un símbolo masónico muy relevante en el grado 33, que es el grado del Soberano Gran Comendador, representa el poder y la autoridad, pero también la justicia divina. La forma flamígera de la espada simboliza la sabiduría, pero también el riesgo de que el poder pueda quemar o consumir a quien lo ejerce indebidamente. Este recordatorio implícito advierte al líder que su poder es temporal y debe usarse con mesura y rectitud.
El liderazgo de Pedro Sánchez, por muy relevante que haya sido en el contexto español, palidece en comparación con figuras históricas como Napoleón Bonaparte o Winston Churchill. Napoleón, tras su fulgurante ascenso, terminó sus días en el exilio, y Churchill, tras liderar a Gran Bretaña a través de la Segunda Guerra Mundial, fue reemplazado pocos años después. Incluso en las civilizaciones clásicas, grandes líderes como Pericles en Grecia o Cicerón en Roma vieron cómo su poder se desvanecía, a veces en medio de la gloria, otras en la humillación. Estos ejemplos resaltan la verdad ineludible de que el poder, por muy imponente que parezca, es una condición transitoria.
En el caso de Sánchez, su desgaste fue acelerado por alianzas políticas frágiles, una pandemia que tensó los resortes del Estado y una serie de escándalos cercanos a su gobierno que erosionaron su credibilidad. Su situación es un reflejo de cómo el poder no solo depende de la fortaleza de los mandatos, sino también de la percepción pública, que es aún más cambiante. El poder político se sostiene sobre la confianza, y cuando esta se debilita, el colapso es inevitable.
Un peligro inherente al ejercicio del poder es el narcisismo, una tendencia a identificarse de manera desmedida con el Estado. Líderes que caen en esta trampa creen que su permanencia es indispensable para la nación, lo que les lleva a aferrarse al poder, a veces a costa de las instituciones democráticas. Ejemplos recientes como el de Vladimir Putin en Rusia o Recep Tayyip Erdoğan en Turquía ilustran cómo algunos líderes buscan perpetuarse en el poder, erosionando los principios democráticos. Aunque el caso de Sánchez no llega a este extremo, su declive también refleja cómo la percepción exagerada del propio poder puede llevar al aislamiento político.
Cuando el poder se desvanece de manera abrupta, ya sea por decisiones electorales o por eventos trágicos, como un atentado, las consecuencias son profundas. Desde el asesinato de John F. Kennedy hasta los atentados fallidos contra figuras como Margaret Thatcher, estos eventos traumáticos alteran no solo el panorama político, sino también la psicología de una nación. La sensación de vulnerabilidad que generan pone en evidencia la fragilidad del poder y su impacto en la confianza de las instituciones.
Sin embargo, la democracia ofrece la posibilidad de renovación. El fin del mandato de un líder permite que nuevas ideas, figuras y proyectos tomen las riendas del Estado, promoviendo la alternancia en el poder. El caso de Pedro Sánchez no es una excepción: su próxima salida abre la puerta a una regeneración política que, si se maneja adecuadamente, puede fortalecer la democracia española. Las transiciones pacíficas, como las que han ocurrido en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, han demostrado que el relevo en el poder no solo es necesario, sino vital para la salud de las democracias.
Aun así, la tentación de prolongar el poder a cualquier precio es un riesgo constante. Ejemplos como los de Robert Mugabe en Zimbabue o Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela muestran cómo los intentos de perpetuar el liderazgo personal pueden llevar al colapso institucional y al sufrimiento del pueblo. La historia está llena de advertencias: Sic transit gloria mundi es, al final, un recordatorio para aquellos que buscan aferrarse al poder más allá de sus capacidades.
Por otro lado, aunque no lo comparto, algunos comentaristas políticos argumentan que, en ciertos casos, la permanencia prolongada en el poder ha sido beneficiosa, como ocurrió con Angela Merkel en Alemania, cuya prolongada gestión brindó estabilidad en tiempos de crisis. No obstante, estas excepciones son poco frecuentes. La mayoría de los líderes no son recordados por la duración de su mandato, sino por el legado que logran dejar tras su paso por el poder.
El verdadero juicio sobre un líder, como bien lo enseña la historia, no se basa en su capacidad de perpetuarse en el poder, sino en lo que queda después de que se ha ido. El poder es transitorio, pero el impacto de sus decisiones y su capacidad para transformar una nación perdura mucho más allá de su mandato. Cuando el poder se disipa, lo que permanece es la huella que dejaron en la historia, una lección que Sánchez y muchos otros líderes contemporáneos deben tener siempre presente.
Referencias:
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