Salvaguardando nuestra humanidad frente al avance de la lógica digital y la importancia vital de regular la neuroprivacidad

En nuestros días, nos encontramos ante un peligro inminente que amenaza la esencia misma de nuestra humanidad: el riesgo de que la lógica digital se adueñe de nuestros cerebros. Si permitimos que esta tendencia se imponga y entregamos nuestra mente por completo a la influencia digital, podríamos enfrentarnos a un punto de no retorno. Es alarmante cómo esta lógica digital está moldeando nuestro pensamiento y nuestra forma de ser.

Un claro ejemplo de cómo la lógica digital puede adueñarse de nuestros cerebros es el uso excesivo de las redes sociales. Si permitimos que pasemos la mayor parte de nuestro tiempo consumiendo contenido digital, sin cuestionar su veracidad ni ejercitar nuestro pensamiento crítico, corremos el riesgo de convertirnos en simples receptores de información sin capacidad de análisis. La lógica digital moldea nuestro pensamiento al presentarnos una realidad filtrada y sesgada, distorsionando nuestra forma de ser y nuestras relaciones con los demás.

Otro ejemplo de cómo la lógica digital puede amenazar nuestra humanidad es el avance de la inteligencia artificial en diversas áreas de nuestra vida. Si dejamos que la IA tome decisiones por nosotros, sin cuestionar ni tener un control consciente sobre ellas, podríamos llegar a un punto de no retorno en el que nuestra autonomía y capacidad de elección se vean limitadas. La lógica digital se adueñaría de nuestros cerebros al convertirnos en meros espectadores de las decisiones tomadas por algoritmos, en lugar de ejercer nuestra capacidad de reflexión y discernimiento. Esta pérdida de control sobre nuestra forma de pensar y actuar es verdaderamente alarmante.

Ante esta situación, la falta de preparación de los políticos actuales para enfrentar los desafíos científicos de nuestro tiempo en combinación con sus ambiciones personales, centra la atención de los mismos más en su reelección que en abordar de manera rigurosa y profunda el funcionamiento del cerebro humano. Esta carencia institucional de voluntad de investigación es preocupante y debe ser abordada con urgencia.

También, es fundamental señalar que existen individuos como Elon Musk, cuyas propuestas pretenden reemplazar tanto nuestros cerebros como a nosotros mismos con máquinas y ordenadores. La idea de descargar la totalidad de nuestros pensamientos es ilusoria y engañosa. Es una estrategia de marketing dirigida a aquellos que quizás carecen de conocimiento en la materia.

Lo que realmente está ocurriendo es que estamos perdiendo nuestra esencia humana. La empatía y nuestras relaciones con otros seres humanos se ven amenazadas por la suplantación de abstracciones de nuestra mente, que se convierten en prioridades sobre nuestro propio instinto de supervivencia.

Un ejemplo es el aumento del individualismo y la desconexión social en la sociedad moderna. En la búsqueda de éxito personal, poder y logros materiales, a menudo se priorizan las metas individuales sobre las relaciones y la solidaridad con los demás. Por otro lado, en el ámbito laboral, se observa una competencia feroz y una cultura de trabajo enfocada en el rendimiento individual. Las personas pueden estar más preocupadas por destacar y lograr sus objetivos personales que por colaborar y apoyar a sus compañeros de trabajo. Esto lo experimenté en un ministerio. Esta priorización de los logros individuales puede llevar a una disminución de la empatía y la capacidad de establecer relaciones significativas y genuinas.

Asimismo, en el ámbito de las redes sociales, a menudo se fomenta la proyección de una imagen idealizada de uno mismo, centrándose en el éxito, la belleza y el estatus social. Las interacciones en línea pueden convertirse en una forma de competencia por obtener la aprobación y el reconocimiento de los demás, lo que puede llevar a la superficialidad y la falta de autenticidad en las relaciones.

Estamos perdiendo la capacidad de valorar y nutrir nuestras relaciones interpersonales, lo que nos aleja de nuestra naturaleza social y afecta negativamente nuestra calidad de vida y bienestar emocional.

Recordemos que somos seres sociales, animales que interactúan constantemente con otros individuos y otras formas de vida. Nuestro cerebro ha evolucionado con el propósito de integrarnos con nuestros semejantes. Esta es la clave de cómo los seres humanos hemos construido la civilización tal como la conocemos.

A modo de ilustración, analicemos el desarrollo de comunidades y sociedades a lo largo de la historia. Desde tiempos ancestrales, los seres humanos han buscado la compañía y la colaboración con otros individuos para sobrevivir y prosperar.

Por ejemplo, en la prehistoria, nuestros antepasados ​​se unieron en tribus y clanes para cazar, recolectar alimentos y protegerse mutuamente de los peligros del entorno. La interacción y cooperación entre los miembros de estas comunidades permitió el intercambio de conocimientos, el desarrollo de estrategias de supervivencia y la creación de vínculos sociales que fortalecieron la unidad del grupo.

A medida que avanzaba la civilización, las interacciones sociales se volvieron más complejas y sofisticadas. Surgieron ciudades y estados donde la cooperación y la división del trabajo permitieron el avance en áreas como la agricultura, la arquitectura, la política y la ciencia. Estas estructuras sociales y culturales se basaron en la necesidad inherente de los seres humanos de relacionarse y colaborar entre sí.

Incluso en la sociedad contemporánea, la interacción social sigue siendo fundamental. La colaboración en equipos de trabajo (team players) como exigen algunas multinacionales, el apoyo emocional en relaciones personales y la participación en comunidades virtuales demuestran cómo nuestro cerebro está conectado intrínsecamente con la necesidad de interactuar con otros seres humanos.

Este ejemplo ilustra cómo la interacción social y la conexión con otros individuos son fundamentales para la construcción de la civilización tal como la conocemos. Nuestra capacidad de relacionarnos y cooperar ha permitido el desarrollo de sistemas complejos que han transformado nuestra forma de vida y han impulsado el progreso humano.

En este contexto, tal como sostiene el profesor Miguel Nicolelis, «la inteligencia es una cualidad inherente a los organismos biológicos, a los seres vivos. Ninguna máquina puede ser considerada verdaderamente inteligente; somos nosotros quienes poseemos dicha capacidad». No obstante, se genera un gran revuelo en torno a la inteligencia artificial debido a los beneficios económicos que se obtienen.

Desde la perspectiva de la psicología, la sociología, la tecnología y legal, surge el concepto de neuroprivacidad, que comparte el objetivo común de proteger nuestra esencia humana y preservar nuestra identidad en un entorno tecnológico en constante evolución. La idea de proteger la privacidad neurocognitiva se refiere a la protección de la privacidad de la información relacionada con el funcionamiento y la actividad cerebral de los individuos. Autores destacados como Illes y Sahakian (2011) resaltan su importancia para preservar la autonomía y la intimidad de las personas en relación con sus pensamientos y procesos mentales.[1]

La tecnología que permite la extracción de información de nuestros pensamientos plantea interrogantes éticos y de privacidad de suma relevancia. Los escáneres cerebrales y los dispositivos de interfaz cerebro-computadora tienen el potencial de revelar información íntima y personal. Esto puede dar lugar a riesgos significativos para los ciudadanos, como la manipulación de la información cerebral con fines comerciales o políticos. Investigadores como Farah, M.J. (2013) enfatizan la necesidad de desarrollar salvaguardias tecnológicas para proteger la neuroprivacidad de los individuos y evitar su explotación indebida.[2]

Desde un enfoque legal, la regulación de la neuroprivacidad es fundamental para garantizar los derechos individuales y prevenir posibles abusos. Las leyes y políticas relacionadas con la protección de la privacidad deben abordar de manera específica los desafíos planteados por la tecnología de extracción de información cerebral. Estudiosos como Hildt y Franke (2015), argumentan que las regulaciones legales deben establecer límites claros sobre qué tipo de información cerebral puede ser recopilada, quién puede acceder a ella y con qué propósito. Estas regulaciones también deben abordar cuestiones éticas, como el consentimiento informado y la seguridad de los datos neurocognitivos.[3]

En síntesis, el peligro que representa la lógica digital y la necesidad imperante de preservar nuestra condición humana y regular la neuroprivacidad son temas de una importancia trascendental en la sociedad actual. La protección de nuestra identidad, nuestra capacidad de razonamiento y nuestras relaciones sociales son fundamentales para mantener una sociedad equilibrada y verdaderamente humana. Es necesario tomar medidas para resistir la influencia desproporcionada de la lógica digital, proteger nuestra privacidad cerebral y salvaguardar los derechos individuales en este ámbito. Solo así podremos preservar nuestra esencia como seres humanos y construir un futuro que honre nuestra condición humana.[4]

[1] Illes, J., & Sahakian, B. J. (2011) <<Oxford Handbook of Neuroethics>>. Oxford University Press.

[2]Farah, M. J. (2010) <<Neuroethics, An Introduction with Readings>>. Retrieved from https://repository.upenn.edu/neuroethics_pubs/62

[3] Hildt, E., & Franke, M. (2013) <<Cognitive Enhancement: An Interdisciplinary Perspective>>. Springer.

[4] Nissenbaum, H. (2009) <<Privacy in Context: Technology, Policy, and the Integrity of Social Life>>. Stanford: Stanford University Press. Retrieved from http://www.sup.org/books/title/?id=8862

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