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El último informe PISA no presenta una simple caída estadística. Expone el deterioro de las capacidades que permiten a una persona comprender la realidad y defenderse de quienes intentan interpretarla por ella.
PISA 2025, publicado el 8 de septiembre de 2026, evaluó a casi 30.000 estudiantes españoles de 15 y 16 años en 956 centros educativos. España obtuvo 451 puntos en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias. La media de la OCDE fue de 461, 463 y 482 puntos respectivamente. Entre 2022 y 2025, el alumnado español perdió 23 puntos en lectura, 16 en matemáticas y 7 en ciencias.
El dato más inquietante es que el 18,4 % de los estudiantes españoles se encuentra por debajo del nivel 2 en las tres competencias. El nivel 2 no representa una excelencia académica. Es el umbral básico desde el que un alumno puede interpretar información sencilla y utilizarla en situaciones ordinarias. Quedarse por debajo de ese nivel significa afrontar la vida adulta con una fragilidad intelectual considerable.
Conviene aclarar qué significa tener un bajo rendimiento en lectura. PISA no mide únicamente si un joven reconoce letras o puede leer una frase en voz alta. Evalúa si comprende un texto, identifica su idea principal, relaciona informaciones, distingue hechos de opiniones y valora la credibilidad de una fuente.
Un joven puede leer palabras y no comprender el mundo que esas palabras describen.
Ahí aparece la dimensión política del problema.
Una persona que no entiende textos complejos depende de quien se los resuma. Una persona que no sabe comparar fuentes depende de quien seleccione la información. Una persona que no puede seguir una argumentación depende de quien le entregue una conclusión preparada.
La lectura profunda exige atención, paciencia y capacidad para soportar la incertidumbre. Obliga a permanecer ante una idea difícil sin buscar inmediatamente una respuesta emocional. Enseña que una afirmación puede ser atractiva y falsa, que una persona puede hablar con seguridad y estar equivocada, y que la realidad no se somete a la comodidad de una consigna.
Cuando esas capacidades disminuyen, aumenta la dependencia psicológica. El individuo busca pertenecer antes que comprender. Reacciona antes de analizar. Se refugia en identidades colectivas que le ahorran el esfuerzo de pensar. El grupo decide por él qué debe admirar, qué debe odiar y qué palabras puede utilizar.
La OCDE advierte de que la lectura ha retrocedido precisamente en las habilidades más importantes para la era digital y la inteligencia artificial: evaluar información, relacionar varias fuentes y pensar críticamente sobre lo que se lee. También señala que la proporción de lectores apresurados, que responden sin procesar correctamente el texto, casi se duplicó entre 2018 y 2025 en el conjunto de los sistemas analizados.
Esto afecta directamente a la calidad de la democracia. La ciudadanía puede votar sin comprender. Puede opinar sin haber leído. Puede repetir una frase difundida por un partido, un gobierno, un influencer o un medio de comunicación sin haber examinado sus premisas.
La forma exterior de la democracia permanece. Su sustancia intelectual se debilita.
¿Demuestra PISA que el Estado quiere producir jóvenes ignorantes y sumisos? El informe no contiene una prueba documental de una conspiración ni una orden escrita con ese propósito. Pero esa ausencia no resuelve el problema. El poder político rara vez necesita expresar sus objetivos más delicados de forma explícita.
Una estructura de poder puede producir dependencia sin declarar que la busca. Puede hacerlo mediante decisiones fragmentadas, reformas constantes, incentivos burocráticos, permisividad ante el fracaso y una educación que confunde la inclusión con la desaparición de las exigencias.
La cuestión decisiva no es encontrar un documento titulado «fabricar ciudadanos dóciles». La cuestión es observar el resultado acumulado de políticas que permiten que un número creciente de jóvenes llegue a la vida adulta con dificultades para leer, calcular, escribir, argumentar y distinguir una evidencia de una consigna.
La intención puede permanecer oculta. La consecuencia es visible.
Los datos de PISA son compatibles con una estructura de poder que obtiene ventajas de una ciudadanía menos capaz de leer, comparar, recordar y cuestionar. Esta afirmación no exige imaginar una reunión secreta en la que todos los responsables compartan exactamente el mismo plan. Los sistemas políticos pueden generar beneficios para quienes mandan aunque los actores individuales actúen movidos por intereses distintos: conservar el cargo, evitar el conflicto, satisfacer a un grupo ideológico, maquillar estadísticas o trasladar los problemas al siguiente gobierno.
El resultado es políticamente funcional.
Un ciudadano con memoria histórica relaciona las promesas con sus consecuencias. Un ciudadano sin memoria acepta que cada discurso empiece de cero. Un ciudadano capaz de leer compara declaraciones. Un ciudadano dependiente del relato oficial recibe la versión del presente que le suministra la autoridad de turno.
La pérdida de comprensión lectora es también una pérdida de memoria política.
Por eso la educación importa tanto para el poder. Quien controla el lenguaje influye en la percepción. Quien reduce la capacidad de análisis reduce la capacidad de resistencia. Quien consigue que los ciudadanos abandonen la lectura larga y la reflexión sostenida los entrega a la velocidad de las emociones, al tribalismo y a la obediencia grupal.
La imagen de las ovejas sumisas debe dirigirse contra el sistema, no contra los jóvenes. Un adolescente no nace incapaz de pensar. Aprende a renunciar al pensamiento cuando descubre que el esfuerzo no es necesario, que la autoridad no puede exigirle demasiado y que basta con repetir las expresiones aceptables para avanzar.
La responsabilidad principal corresponde a los adultos que diseñan, administran y justifican el sistema educativo. También corresponde a las familias y a una cultura pública que ha sustituido progresivamente el conocimiento por la exposición permanente, el criterio por la reacción y el estudio por el entretenimiento.
El propio informe contiene datos que impiden caer en una caricatura. España presenta una brecha socioeconómica en ciencias inferior a la media de la OCDE. El alumnado declara niveles de perseverancia y pertenencia escolar superiores a los promedios internacional y europeo. Eso demuestra que los jóvenes españoles no son incapaces por naturaleza y que el sistema conserva recursos valiosos.
Precisamente por eso la responsabilidad institucional resulta más difícil de evitar. Cuando existen alumnos dispuestos a aprender, profesores capaces y comunidades que obtienen buenos resultados, el fracaso general no puede explicarse únicamente por la pobreza, la pandemia, las pantallas o la supuesta falta de interés de la juventud.
La educación necesita recuperar una jerarquía clara. Primero deben estar la lectura, la escritura, las matemáticas, la ciencia, la historia y la capacidad de argumentar. Después pueden incorporarse proyectos, tecnologías y actividades complementarias. Cuando los medios sustituyen a los fundamentos, el alumno recibe herramientas cada vez más sofisticadas para pensar cada vez menos.
La OCDE relaciona el uso excesivo y recreativo de dispositivos digitales con peores resultados y recomienda reforzar la atención, el esfuerzo, la comprensión, la formación docente, la participación de las familias y el apoyo específico a los centros y alumnos que más lo necesitan.
Hace falta lectura diaria de textos exigentes. Hace falta escribir sin depender de respuestas automáticas. Hace falta evaluar conocimientos reales. Hace falta recuperar las materias no aprendidas. Hace falta devolver autoridad al profesor y responsabilidad al alumno. Hace falta una escuela donde preguntar no sea una molestia y donde equivocarse obligue a corregir, no a cambiar la definición del aprobado.
PISA 2025 no demuestra que exista una orden secreta para fabricar ciudadanos dóciles. Demuestra algo más incómodo: que España está permitiendo el deterioro de las capacidades que hacen posible la libertad intelectual.
Cuando un Estado conoce ese deterioro, lo mide y continúa protegiendo un sistema que lo reproduce, la palabra incompetencia deja de ser suficiente.
Puede haber negligencia. Puede haber cobardía. Puede haber intereses partidistas. Puede haber ideología. Puede haber cálculo. Pero el resultado final es el mismo: una ciudadanía con menos herramientas para leer el poder y más necesidad de obedecer a quienes dicen hablar en su nombre. Y esa es la clase de ciudadanía que cualquier poder ambicioso prefiere.



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