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Alicia en el país de las maravillas: control mental, inteligencia y el teléfono que llevamos en el bolsillo

7–11 minutos

·

21 agosto, 2026

·

#Psicología, Editorial, Política, Sociología
Portada del manual KUBARK Counterintelligence Interrogation de la CIA, 1963

Hay ideas que se descartan con una sonrisa porque admitirlas obligaría a reconsiderar demasiadas cosas a la vez. El control mental pertenece a esa categoría. La expresión evoca películas de ciencia ficción, hipnosis de feria, electrodos conectados a un cerebro indefenso o alguna máquina secreta capaz de introducir órdenes en la conciencia. Esa caricatura es útil: permite ridiculizar la pregunta antes de examinarla.

Planteemos el problema de otro modo. Supongamos que el control mental existe, no como una varita mágica que transforma a cualquiera en un autómata, sino como un conjunto de técnicas destinadas a modificar atención, percepción, memoria, respuesta emocional y conducta. La pregunta deja entonces de ser fantástica. ¿Qué motivo tendría un servicio de inteligencia para hacer públicas sus capacidades más avanzadas en ese campo? Ninguno. El secreto perdería su utilidad si el adversario conociera métodos, límites y vulnerabilidades operativas. Exigir una confirmación oficial de una capacidad clasificada antes de admitir siquiera su posibilidad equivale a exigir al secreto que deje de ser secreto para creer que puede haber secretos.

Portada del manual KUBARK Counterintelligence Interrogation de la CIA, 1963
KUBARK Counterintelligence Interrogation, CIA, julio de 1963. Obra del Gobierno federal de Estados Unidos, dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.

La historia obliga a mantener cierta disciplina intelectual. En 1963 la CIA produjo KUBARK Counterintelligence Interrogation, un manual de interrogatorio que permaneció clasificado durante décadas. El documento existe y hoy puede consultarse. En él aparecen aislamiento, miedo, privación sensorial, sugestibilidad y manipulación del entorno como instrumentos psicológicos. En la página 76 figura una técnica cuyo nombre parece más propio de Lewis Carroll que de una agencia de inteligencia: Alice in Wonderland.

El nombre es preciso. Carroll imaginó un universo donde las reglas cambian, las palabras se desplazan de significado y las conversaciones funcionan como trampas. Alicia intenta orientarse mientras pierde las referencias que le permitían anticipar qué ocurrirá después. KUBARK convirtió esa intuición literaria en procedimiento. El objetivo era confundir las expectativas y reacciones condicionadas del interrogado. Dos o tres interrogadores podían formular preguntas desconectadas, interrumpirse, cambiar de asunto, ignorar respuestas y destruir cualquier secuencia normal. La conversación dejaba de ser conversación. Se convertía en ruido organizado. El propio manual explica que, prolongado el procedimiento, el sujeto intenta desesperadamente reconstruir significado y puede terminar aceptando una salida que le devuelva algo parecido al orden.

Eso no prueba que las redes sociales hayan sido diseñadas siguiendo KUBARK. Afirmarlo requeriría una evidencia que no tenemos. La comparación importante es funcional. Observe durante cinco minutos cualquier feed contemporáneo: una guerra, un perro, una mujer bailando, un cadáver, una receta, un político indignado, un anuncio, una predicción económica, una enfermedad, una broma. El contenido cambia antes de que el estado emocional provocado por la pieza anterior haya desaparecido. El cerebro recibe una sucesión de estímulos que compiten por prioridad, pero rara vez dispone del tiempo necesario para integrarlos dentro de una estructura estable.

La investigación sobre teléfonos móviles ofrece un dato menos espectacular y, por eso mismo, más relevante. Un estudio experimental publicado en 2015 encontró que una simple notificación podía deteriorar significativamente el rendimiento en una tarea de atención incluso cuando el usuario no llegaba a consultar el dispositivo. La interrupción ya no necesita imponerse desde fuera. El sujeto transporta consigo la máquina que lo interrumpe, la carga cada noche y se inquieta cuando no la encuentra.

El material que sirve de punto de partida para este ensayo recoge afirmaciones de Pete Peterson sobre métodos destinados a alterar patrones neurológicos, memoria, asociaciones entre estímulo y respuesta y conducta. Algunas de esas afirmaciones son extraordinarias y no disponemos de evidencia independiente suficiente para tratarlas como hechos. Pero sería un error utilizar esa falta de verificación para negar el terreno tecnológico completo. La investigación pública demuestra que la neuromodulación y la modificación dirigida de la plasticidad cerebral ya forman parte de programas oficiales.

DARPA lanzó Targeted Neuroplasticity Training, TNT, para investigar neurotecnología no invasiva combinada con entrenamiento. Su objetivo declarado era aumentar la señalización neuroquímica que media la plasticidad neuronal y acelerar la adquisición de capacidades como idiomas, puntería, criptografía, discriminación de objetivos y análisis de inteligencia. El programa estudió la activación precisa de nervios periféricos para influir sobre neuromoduladores como acetilcolina, dopamina, serotonina y norepinefrina. El lenguaje importa: no se trataba únicamente de enseñar mejor, sino de intervenir sobre las condiciones biológicas bajo las cuales el cerebro aprende.

En agosto de 2026 DARPA presentó SHINE, Selective Harnessing of Intrinsic Neuroplasticity Engineering. Su finalidad declarada es terapéutica, pero el programa pretende desarrollar tecnologías no invasivas capaces de dirigir la plasticidad hacia circuitos neuronales definidos. La propia agencia menciona el potencial futuro de “selective augmentation”. La distancia entre el interrogatorio psicológico de 1963 y la ingeniería selectiva de circuitos neuronales de 2026 no es una teoría. Es una cronología tecnológica visible.

Portada de la audiencia del Senado de Estados Unidos de 1977 sobre Project MKULTRA y modificación de la conducta
Project MKULTRA: The CIA’s Program of Research in Behavioral Modification. Audiencia conjunta del Senado de Estados Unidos, 1977. Dominio público.

Y antes de todo ello estuvo MKULTRA. En 1977 el Senado de Estados Unidos celebró una audiencia oficial titulada Project MKULTRA, the CIA’s Program of Research in Behavioral Modification. La expresión no pertenece a un crítico de la CIA. Está en el título oficial de la audiencia. La documentación mostró investigaciones sobre modificación conductual mediante drogas e hipnosis y reveló que algunas personas fueron sometidas a experimentos sin saberlo. Durante años, buena parte de aquello había permanecido fuera del conocimiento público.

Ese precedente no demuestra que cualquier teoría actual sea verdadera. Demuestra algo más limitado y útil: la ausencia de información pública sobre un programa clasificado no constituye evidencia de su inexistencia. Tampoco permite rellenar el vacío con cualquier fantasía. Entre credulidad y negación existe una tercera posición, la única seria en análisis de inteligencia: reconocer lo que está probado, identificar lo técnicamente plausible y señalar con claridad dónde comienza la inferencia.

La pregunta sensata no es si toda investigación sobre influencia cognitiva se detuvo misteriosamente mientras durante seis décadas avanzaban neurociencia, psicofarmacología, informática, vigilancia digital e inteligencia artificial. La pregunta es qué ocurrió después y qué parte de ese desarrollo podemos ver.

Hay además una circunstancia que habría parecido extraordinaria a cualquier oficial de inteligencia de la Guerra Fría: el ciudadano moderno transporta voluntariamente un dispositivo que registra una parte considerable de su comportamiento. Horarios, movimientos, búsquedas, contactos, intereses, vídeos que mira hasta el final, contenidos que abandona, asuntos que provocan miedo, ira, deseo o curiosidad. Ningún interrogador clásico obtenía de forma tan barata un flujo conductual semejante.

En inteligencia, información suficiente permite construir modelos. Un modelo suficientemente bueno permite predecir. Y el salto de predecir a influir es corto cuando el mismo sistema que observa controla también una parte del entorno informativo.

Los algoritmos de recomendación ya realizan esa operación con fines comerciales. Muestran un contenido, registran la reacción, actualizan el modelo y modifican el siguiente estímulo. El usuario aprende del sistema y el sistema aprende del usuario, pero la relación es asimétrica: nosotros desconocemos buena parte de lo que el sistema infiere sobre nosotros, mientras cada interacción añade otro dato a su representación estadística.

A ello se suma el refuerzo. “Me gusta”, comentarios, seguidores y notificaciones funcionan como recompensas sociales. Una investigación publicada en Nature Communications, basada en más de un millón de publicaciones de más de cuatro mil usuarios y complementada con un experimento, encontró que parte de la conducta en redes podía describirse mediante principios de aprendizaje por recompensa. La persona cree que utiliza la plataforma. La plataforma también modifica las probabilidades de que la persona repita determinadas conductas.

Aquí la cuestión se vuelve política. Una democracia presupone ciudadanos capaces de mantener atención, recordar argumentos, tolerar incertidumbre, escuchar una proposición desagradable y diferenciar una reacción emocional de una conclusión. Un ciudadano puede conservar intactos todos sus derechos formales y, sin embargo, perder gradualmente parte de la capacidad psicológica necesaria para ejercerlos con criterio.

La propaganda tradicional hablaba a masas. El algoritmo puede hablar a individuos. Puede aprender que una persona responde mejor al miedo, otra al resentimiento, otra al sexo, otra al reconocimiento social y otra a la sensación de superioridad moral. No necesita decirle directamente qué pensar. Puede resultar más eficaz determinar sobre qué pensará, qué emoción acompañará ese pensamiento y qué alternativas serán visibles mientras lo hace.

Los experimentos de Michael Gazzaniga sobre pacientes de cerebro dividido añaden una pieza incómoda. El cerebro puede construir explicaciones plausibles de una conducta sin disponer de acceso completo a las causas que la produjeron. La literatura sobre el llamado “intérprete” del hemisferio izquierdo recuerda algo elemental que tendemos a olvidar: sentir que hemos elegido no significa necesariamente conocer todas las variables que influyeron en la elección.

Traslade ese principio al entorno digital. Cientos de estímulos seleccionados algorítmicamente, algunos repetidos, otros emocionalmente intensos, algunos premiados socialmente y otros invisibles. Semanas después una persona cambia de opinión. Si se le pregunta por qué, ofrecerá una explicación. Puede incluso ser una buena explicación. Lo difícil es reconstruir todas las condiciones que hicieron que esa explicación terminara pareciéndole evidente.

Tal vez hemos imaginado el control mental de una manera demasiado teatral. Desde un punto de vista operacional, la dominación absoluta de la conciencia sería innecesaria. Para producir efectos colectivos basta con modificar probabilidades: aumentar ligeramente una emoción, reforzar una asociación, fragmentar la atención, repetir una narrativa, incrementar la percepción de consenso o introducir incertidumbre y ofrecer después una explicación simple.

Por eso Alice in Wonderland sigue siendo relevante. KUBARK comprendió que la resistencia psicológica depende parcialmente de que el mundo conserve continuidad y significado. Para debilitar al sujeto había que perturbar esa relación. Sesenta años después hemos construido un ecosistema donde millones de personas comienzan y terminan el día mirando secuencias de acontecimientos sin continuidad mientras un sistema aprende de cada reacción.

No sabemos qué parte de las tecnologías contemporáneas de influencia cognitiva permanece clasificada. Precisamente por eso la respuesta responsable es admitir que no lo sabemos. Pero sabemos que la investigación existió, que fue secreta, que la modificación conductual interesó a los servicios de inteligencia, que hoy existen tecnologías públicas capaces de intervenir sobre neuroplasticidad y que los sistemas digitales pueden construir perfiles conductuales individualizados y adaptar estímulos en función de nuestras respuestas.

La cuestión seria deja de ser si existe un misterioso rayo capaz de introducir pensamientos en la cabeza. La cuestión es quién controla las condiciones bajo las cuales esos pensamientos se forman.

KUBARK necesitaba una habitación, varios interrogadores y tiempo. El ecosistema contemporáneo necesita algo más sencillo, una pantalla, una conexión y nuestra cooperación.

Lewis Carroll hizo que Alicia cayera por una madriguera para entrar en un mundo donde la lógica empezaba a desintegrarse. Nosotros hemos eliminado incluso ese inconveniente. Llevamos la madriguera en el bolsillo.

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