Por Michael A. Galascio Sánchez, PhD, MA
Hay cosas que, una vez comprendidas, nos impiden volver a vivir como antes. Seguimos entrando en las mismas habitaciones, saludando a las mismas personas, cumpliendo las mismas obligaciones. Por fuera, apenas ha ocurrido nada. Por dentro, ciertas explicaciones han dejado de servirnos. Las escuchamos y reconocemos el esfuerzo que antes hacíamos para creerlas.
He sentido esa distancia. La extrañeza de estar en un lugar conocido y advertir, de pronto, cuánto de mi tranquilidad dependía de no hacer determinadas preguntas. Me gusta imaginar que Nietzsche se acercó a susurrarme algo que yo llevaba tiempo evitando. Después de mirar con suficiente atención, tendría que hacerme responsable de lo que había visto. Cerrar los ojos seguiría siendo posible. Recuperar la inocencia, no.
Eso es lo que tiene de irreversible el despertar. Uno puede disimular, distraerse, volver a pronunciar las palabras de siempre. Pero ya sabe. Y ese conocimiento permanece incluso cuando le falta el valor para vivir de acuerdo con él.
El mundo en que vivimos está construido sobre mentiras. Hay mentiras en las versiones de la historia que conceden inocencia a quienes las cuentan, en las instituciones que confunden su supervivencia con el bien común, en las promesas que necesitan nuestro miedo para parecer necesarias. También las hay en la vida privada, allí donde llamamos paz a lo que nadie se atreve a discutir.
La eficacia de esas mentiras depende de algo más duradero que la credulidad. Depende de nuestra disposición a protegerlas cuando nos proporcionan un sitio. Algunas vienen con un sueldo. Otras, con una identidad. Las más resistentes nos permiten considerarnos buenas personas sin revisar demasiado nuestra conducta.
El cuento del emperador desnudo me resulta cada vez menos infantil. Aquella corte sabía vestirse, administrar, ocupar cargos y reconocer jerarquías. Lo que le faltaba era una persona dispuesta a describir lo que tenía delante. Cuánto prestigio puede acumularse alrededor de una evidencia que nadie se atreve a mencionar. Y qué rápidamente se convierte la sinceridad en un problema de modales.
Lo incómodo es que yo también he estado en esa corte. He callado para evitar una discusión. He aceptado explicaciones que me convenían. He confundido alguna vez la lealtad con el deber de no mirar. Sería demasiado cómodo hablar del despertar como si los engañados fueran siempre los demás y yo hubiera llegado al mundo con la vista limpia.
Por eso esta consciencia tiene algo de tristeza. Reconozco lo que he perdido al comprender, pero también lo que otros pudieron perder mientras yo prefería no comprender. Hay recuerdos que cambian de significado sin que cambie un solo hecho. Una conversación antigua vuelve a nosotros y, por primera vez, escuchamos lo que se estaba pidiendo bajo aquellas palabras.
Quizá conozcas esa sensación. De pronto, una excusa ya no te tranquiliza. Una promesa repetida te deja frío. Un aplauso colectivo te hace preguntarte qué ocurriría si alguien dejara de aplaudir. Sigues formando parte de la vida común, aunque te cuesta participar con la antigua despreocupación.
Pienso entonces en la caverna de Platón y en la dificultad de regresar después de haber conocido la luz. Las sombras conservan su lugar; han perdido su autoridad. Podemos volver a sentarnos frente a ellas. Incluso podemos aprender a comentarlas con brillantez. En algún momento, sin embargo, tendremos que reconocer que estamos mirando una pared.
La política conoce bien nuestra necesidad de pertenecer. Cuando un dirigente consigue que examinemos sus actos como si estuviera en juego nuestra dignidad personal, dispone de una defensa formidable. Llegamos a sentirnos ofendidos por las preguntas que deberían interesarnos. Un resultado admirable para cualquier poder: que el ciudadano vigile a quien pide explicaciones.
Comprenderlo me ha quitado algunas certezas. También me ha obligado a desconfiar del placer de sentirme despierto. La sospecha puede volverse una costumbre tan perezosa como la obediencia. Si decido de antemano que todo afecto es cálculo y toda generosidad una maniobra, acabaré encontrando la confirmación que busco. Habré cambiado de encierro y me felicitaré por la mudanza.
Quiero conservar la capacidad de discernir. En un mundo construido sobre mentiras siguen existiendo personas que dicen la verdad, gestos que no buscan recompensa y vínculos que soportan una pregunta difícil. Necesito reconocerlos con el mismo rigor con que reconozco el engaño. De otro modo, mi lucidez terminaría haciendo el trabajo de aquello que denuncio: volver imposible la confianza.
Ahí apareció para mí la imagen de la semilla.
La había contemplado muchas veces sin detenerme en lo esencial. Su crecimiento avanza en dos direcciones. La raíz se interna en la tierra mientras el brote se abre paso hacia la superficie. Una parte de su vida se desarrolla donde nadie la ve. Cuando celebramos las hojas, ya existe debajo una historia silenciosa que las sostiene.
Pensé en todo lo que ocurre en nosotros sin testigos. En el esfuerzo de reconocer una culpa sin buscar enseguida otra persona a quien repartirla. En una renuncia que nadie celebra. En aprender a pedir ayuda cuando llevamos años haciendo de la autosuficiencia un personaje. Hay algo profundamente humano en ese trabajo que todavía no ofrece resultados visibles.
La semilla me ayudó a entender que despertar exige profundidad. Descubrir el engaño apenas inicia la tarea. Después viene la pregunta que me afecta directamente: ¿Cómo voy a vivir con lo que ahora sé? ¿Qué mentiras dejaré de repetir? ¿Qué aprobación estoy dispuesto a perder? ¿Qué parte de mi conducta puedo corregir sin esperar a que el mundo entero se vuelva honrado?
No encuentro heroísmo en esas preguntas. Encuentro una medida posible de responsabilidad. Levantarse puede comenzar al cumplir una promesa pequeña, al admitir un error sin convertir la disculpa en una defensa, al tratar con justicia a alguien cuya opinión nos irrita. La vida recupera consistencia cuando nuestros actos dejan de contradecir continuamente lo que decimos creer.
También he comprendido que las raíces necesitan alimento. El dolor, por sí mismo, no garantiza sabiduría. Necesitamos afecto, descanso, compañía; un lugar donde poder decir que estamos cansados sin sentir que hemos fracasado. La esperanza se vuelve creíble cuando encuentra algo de lo que sostenerse en la vida diaria.
Ya no espero volver a ser quien era antes de ver. Hay una serenidad posible después del desencanto, aunque tenga menos entusiasmo y más paciencia. Puedo conocer la fragilidad de una persona y quererla. Puedo saber que una obra será imperfecta y trabajar en ella. Puedo haber perdido una ilusión y seguir siendo responsable del bien que todavía está a mi alcance.
En este punto, la conversación que imagino con Nietzsche llega a su límite. Sus preguntas me acompañan. Mi esperanza empieza a tomar otro rumbo.
Pienso en Jesús ante quienes lo traicionaron, lo negaron y calcularon la conveniencia de su muerte. Conocía aquello de lo que somos capaces. Esa consciencia no le impidió amar. Cuando vuelvo a esa imagen, encuentro una respuesta al temor que ha recorrido toda esta reflexión. Y es que ver demasiado termine por secarnos el corazón.
Yo necesito una verdad ante la que pueda comparecer entero, con lo que he comprendido y con lo que todavía no sé reparar. Necesito aprender a caminar sin fingir que ignoro el daño, sin concederle tampoco la última palabra. Por eso vuelvo a Jesús. Hay en su vida un lugar para mi desengaño y una exigencia que me permite salir de él.
La semilla sigue trabajando en lo oscuro. Yo comienzo a reconocer la luz hacia la que crece.
«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí».
Juan 14:6 · Reina-Valera 1909




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