El rebaño democrático

No vivimos como ciudadanos plenos sino como seres a los que se les ha enseñado una forma moderna de servidumbre. Estamos sometidos a la policía mental, que obliga a pedir permiso en silencio, consultar internamente al tribunal de la aprobación que controla lo políticamente correcto que todavía anida en la mentes de los ciudadanos.

Y ahí reside una de las paradojas más grotescas de las democracias contemporáneas. No dejan de pronunciar palabras que han vaciado de contenido—libertad, derechos, participación, diversidad— con la misma sonrisa profesional con la que un proxeneta exhibe a sus prostitutas. Pero basta mirar con un poco de atención para advertir que la ciudadanía se ha vuelto un bien escaso. Lo que abunda no es el individuo con criterio, sino el sujeto pavloviano; no la persona que piensa, sino la que reacciona un blandengue cuyo acto más transgresor consiste en enviar un tuit antes de dormir en un cómodo colchón.

Toda sociedad ejerce presión sobre sus miembros. Eso no es novedoso; es una obviedad. Siempre ha habido conformismo, castigo ejemplarizante y catecismos oficiales. La diferencia es que hoy esas formas de sumisión operan bajo condiciones donde manda el cacique del empleo que en gran medida es el estado.

El problema comienza cuando ese proceso deja de ser una consecuencia inevitable de la vida social y se convierte en un sistema refinado de castración cívica. Es entonces cuando la democracia conserva sus decorados —elecciones, parlamentos, debates televisados, bulimia de opinión — y, sin embargo, pierde su sustancia moral, manteniendo el ritual, diluyendo el carácter y sometiéndose a la servitud de la mente.

Porque conviene insistir en que la libertad política no se agota en la existencia de procedimientos, depende de la fortaleza de carácter de quienes participan en ellos. Una sociedad puede votar y seguir sin ser libre en el sentido más profundo del término. Puede hablar con total libertad y no decir nada propio como observamos en las tertulias de radio y televisión. Puede expresar mil opiniones y no haber producido un solo juicio independiente.

Ese es el núcleo del problema. No hablamos solo de corrupción, ni de agitprop de saldo, ni siquiera del habitual catálogo de vicios del poder. Hablamos de algo más humillante, de millones de personas que continúan llamándose ciudadanos mientras se han dejado colonizar la mente y el espíritu. Han sustituido el juicio por el guion, la búsqueda de la verdad por la tribu urbana, la responsabilidad de pensar por el alivio de mantener su posición social. No les asusta pensar mal; les asusta quedarse solos, huérfanos.

El ciudadano desaparece y en su lugar surge una criatura sin escrúpulos perfectamente adaptada al clima amoral de su tiempo, hipersensible al relato político, ávida de aprobación, dócil ante la retórica del grupo, temerosa del rechazo y con reflejo condicionado para responder a premios de obediencia. El aplauso sustituye al argumento. La pertenencia reemplaza a la verdad.

La primera consecuencia de esto es mediática. El individuo no se enfrenta a la realidad, sino a su edición. No ve el hecho, sino su embalaje que oculta la recibe información y la sustituye por una interpretación anticipada. Se le entrega el acontecimiento junto con su moral, sus personajes, la lectura aceptada y su repertorio emocional adjunto. Y así, sin necesidad de una censura brutal, la vida pública se va llenando de personas que creen mirar el mundo cuando en realidad solo consumen relatos sobre el mundo. Son prisioneros de su propia disonancia cognitiva.

Eso explica el tono de farsa hipertrofiada que domina los medios de comunicación tradicionales y la política actual. Todo se presenta como urgente, terminal, histórico, insoportable, decisivo. Cada semana hay una nueva crisis definitiva, un nuevo apocalipsis de baratija. Y, sin embargo, en lo esencial el sistema permanece intacto. No es una contradicción, sino una estrategia. La saturación no busca aclarar; antes bien agotar. La teatralidad no pretende iluminar; quiere desorientar, confundir. Su finalidad es cansar, excitar y aturdir aturdida moralmente a una población que gradualmente tiene menos energía para observar, comparar y llegar a sus propias conclusiones.

De hecho, la secuencia elemental del pensamiento racional ha cambiado. Antes se observaba, se interpretaba y se concluía al final. Hoy suele ocurrir lo contrario. Primero llega el relato, luego la emoción, y por último, si todavía hay alguna oveja preguntando, se incorpora la evidencia. Por eso seguimos sin conocer con claridad las causas del apagón, la información sobre el accidente de Adamuz llega a cuentagotas y la corrupción política se disuelve en un intercambio de coartadas hasta que nadie responde de verdad por nada. Últimamente, nunca asistimos primero al esclarecimiento, sino a la fabricación apresurada de un relato que administra la culpa, dosifica la información y protege a los de siempre. El objetivo ya no es comprender, sino provocar respuesta. Ya no se apela a la inteligencia, sino al sistema nervioso, la respuesta emocional. Casi nadie sale indemne de esa maquinaria.

Y en eso la comunicación política contemporánea ha alcanzado una eficacia obscena. No necesita persuadir en el sentido clásico; le basta con alinear. Quiere que el individuo no piense, sino que se posicione. No le pide que entienda, sino que tome partido. Y cuanto más rápido lo haga, mejor. La ciudadanía, en esas condiciones, no recibe noticias. Recibe instrucciones emocionales.

Esta lógica no pertenece en exclusiva a un solo campo ideológico. La derecha también fabrica relatos, vive del sobresalto y comercia con la excitación tribal como cualquier otra maquinaria de movilización emocional. Sería ingenuo negarlo. Pero hay que decir algo más incómodo, la forma más interesante de poder no suele el horripilante rostro de la propaganda vulgar. Es más sofisticado, más sutil y adopta la apariencia de virtud pública.

Ahí entra en juego la hegemonía cultural. Y en este ámbito ciertos sectores del ecosistema progresista-mediático han desarrollado una capacidad eficaz. No se limitan a defender una lectura de los hechos. Tratan de fijar el perímetro de lo moralmente respetable. No solo argumentan, delimitan. No solo convencen, ambientan produciendo un clima simbólico dentro del cual algunas preguntas parecen legítimas y otras, aun antes de ser formuladas, ya huelen a indecencia.

Ese es el truco más refinado del control contemporáneo. No consiste en prohibir hablar, sino en conseguir que determinadas personas sientan vergüenza por el mero hecho de querer preguntar. Por este motivo solemos ver expresiones de sorpresa en los políticos cuando el entrevistador se sale de la escaleta. No consiste en imponer silencio por decreto, sino en instalar la censura dentro del alma del discrepante. La forma más elegante de dominación es aquella en la que el dominado se vigila a sí mismo en nombre de la convivencia, la sensibilidad o la decencia.

Por este motivo, un dispositivo institucional opaco y sesgado es mucho más grave de lo que parece. Una democracia seria puede, por supuesto, aspirar a proteger la calidad informativa o a reducir daños en el espacio público. No obstante, solo puede realizarlo mediante reglas transparentes, auditables, independientes y minuciosamente limitadas. Cuando una herramienta pública como HODIO se arroga la función de vigilar el discurso sin exponer con claridad sus criterios, su metodología, sus límites y garantías, no eleva la conversación cívica, sino que la degrada. Genera cautela, miedo y autocensura. Produce súbditos prudentes, no ciudadanos libres.

Y aquí aparece la dimensión psicológica del problema, que es quizá la más importante de todas. La verdad deja de ser el criterio principal de orientación sustituyendo la aprobación. El individuo ya no se pregunta primero si algo es cierto, sino cómo será bien recibido por su círculo. Ya no mide una idea por su ajuste a la realidad, sino por su compatibilidad con el relato emocional que ha prefabricado su bando. Ha sustituido la integridad por la aceptación.

Eso tiene un precio humano altísimo, ya que los ciudadanos viven pendientes al qué dirán y terminan perdiendo contacto con su propia experiencia interior. El yo desfallece, se vuelve reactivo, inseguro y teatral. La ansiedad indefinida, la fatiga moral, el resentimiento constante e incluso cierta sensación de impostura son, en muchos casos, los síntomas naturales de una vida vivida permanentemente bajo focos morales.

Las redes sociales no han inventado ni son responsables de este problema, pero sí lo han industrializado. Han descubierto cómo convertir las emociones humanas primarias en materia prima rentable. El miedo capta atención, indignación, atención, humillación y atención. Y la atención, se traduce en datos, y estos en dinero. Cuanto más alterado está el individuo, más útil resulta para la maquinaria. La serenidad y el matiz no monetizan. Lo rentable es la alarma, la exhibición de pertenencia y la amplificación del extremo.

De ahí que la saturación informativa no produzca necesariamente conocimiento. Con frecuencia produce lo contrario, ruido acumulado con apariencia de conciencia. Una persona puede pasar horas enteras consumiendo noticias, comentarios, vídeos, debates y análisis, y seguir sin entender casi nada de las causas profundas de lo que ocurre. Está activada, pero no orientada. Está llena de contenido, pero vacía de criterio.

El miedo termina de cerrar el círculo. Basta con observar el noticiero de Antena 3, La Sexta o Todo es mentira, al otro lado del espectro ideológico, cabeceras como ABC, La Razón, El Debate u Okdiario cumplen, la misma función.

En sociedades mediatizadas, el temor al ridículo, al señalamiento o al aislamiento social funciona como una disciplina extraordinariamente eficaz. No hace falta recurrir siempre a la prohibición explícita. Basta con elevar el precio simbólico de disentir. Y entonces el vigilante se muda al interior del individuo. La persona aprende a corregirse antes de hablar, a suavizar lo que piensa, a mutilar sus intuiciones, a no formular ciertas preguntas. Todo para no perder el vínculo con la tribu.

Esta forma de conformidad voluntaria es más estable que muchas formas clásicas de coerción, precisamente porque ya no necesita imponerse desde fuera. Opera, como un Toxoplasma gondii que altera la conducta del huésped sin que este lo advierta.

El resultado es una población cada vez más inclinada a descargar kits morales en lugar de construir convicciones propias. La moral deja de ser una disciplina interior y se convierte en una exhibición pública. La política, a su vez, adopta una apariencia dramática.  Aquí surge la pregunta, ¿Por qué los partidos políticos festejan las derrotas como si hubiesen ganado? Los partidos no celebran únicamente victorias reales; celebran, sobre todo, que la programación emocional siga funcionando. Por eso a veces contemplamos la extraña escena de resultados mediocres aplaudidos como si fueran gestas épicas. Claro, no se celebra el éxito; sino la continuidad de la programación que tienen sobre los ciudadanos.

Todo esto obliga a repensar qué significa ser ciudadano. Una población digna de tal nombre no puede consistir simplemente en la suma de individuos que poseen derechos formales y depositan una papeleta cada cierto tiempo. Necesita algo más arduo y menos popular, personas capaces de pensar por sí mismas, de soportar la complejidad, de tolerar verdades ingratas y de resistir la desaprobación social sin derrumbarse. Necesita adultos políticos, no consumidores de identidad.

Y aquí conviene introducir una precisión para evitar una coartada bastante cómoda. El poder político tiene, desde luego, una responsabilidad mayor. Tiene instituciones, recursos, influencia y capacidad de daño. Pero el ciudadano que convierte al político en chivo expiatorio absoluto para no examinar su propia pasividad incurre en una deshonestidad demasiado frecuente. Denuncia la corrupción como si fuese una tormenta caída del cielo, desentendiéndose de la vigilancia, del compromiso, de la exigencia y del coste cívico que implica defender una esfera pública decente. De ese modo, la indignación se convierte en una forma de absolución. Creen que no forman parte del problema.

La preocupación real, por tanto, no es solo que existan gobiernos mediocres o medios de comunicación degradados. Eso ha ocurrido muchas veces en la historia. La preocupación es que nuestras democracias parezcan producir cada vez menos individuos con carácter y cada vez más sujetos reactivos, ansiosos de aprobación y saturados de estímulos que los mantienen movilizados, pero no esclarecidos.

Con esta esa tendencia, la palabra ciudadanía se ha convertido en una ficción ceremonial. Seguiremos pronunciándola como tantas otras palabras públicas vaciadas por el uso, pero designará cada vez menos una realidad y cada vez más una nostalgia.

Porque querer ser libre exige pagar un precio. Exige soledad, responsabilidad, disciplina, duda, coraje. Requiere la disposición a quedarse temporalmente sin coro, sin refugio y sin aplauso. La libertad no consiste únicamente en no llevar cadenas visibles. Consiste, sobre todo, en no necesitar que otros nos indiquen a cada instante qué debemos pensar, qué debemos sentir y a quién conviene aplaudir para seguir perteneciendo.

Cuando una sociedad pierde esa capacidad, puede conservar todas las formas externas de la democracia. Puede seguir teniendo elecciones, parlamentos, tertulias y una abundante producción de opinión. Pero empieza a perder algo más importante y raro, el carácter de sus miembros.

Y una democracia sin carácter cívico degenera pronto en lo que, en el fondo, ya es un ritual de obediencias recíprocas.

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