Gabriel Rufián se despierta cada mañana convencido de que hoy, por fin, será coronado como la gran referencia de una izquierda española que sea más roja que el PSOE sin parecer una escena de Monty Python. Su receta es de una simplicidad que roza lo insultante, si PP y Vox vienen con el cuchillo entre los dientes, toca inventar un “frente amplio” plurinacional que convierta la fragmentación en suma mágica y la suma en escaños contantes y sonantes. El único detalle es que su brillante propuesta llega con una auditoría interna que parece escrita por un comité de acreedores furiosos. Su propio partido la mira como quien contempla un sello de Fórum Filatélico, sus posibles socios la tratan como un PowerPoint sin presupuesto ni futuro, y su currículum es el de un oportunista que confunde liderazgo con tiempo en pantalla.
Entró en el Congreso en 2016 vendiendo épica de liquidación, “18 meses”, república catalana y portazo final. Aquel plazo, que luego se convirtió en boomerang, importa menos por la fecha que por la esencia, maximalismo de boquilla seguido de permanencia indefinida con sueldo fijo. La hemeroteca lo retrata con la crueldad de un caricaturista vengativo.
En el apogeo del procés, su estrategia comunicativa se volvió un espectáculo autónomo, atrezzo barato, frases cortadas para TikTok, el Congreso convertido en plató de telebasura. La impresora de 2017 (“dejen de perseguir impresoras”) y las esposas con las que fantaseaba ver a Rajoy fueron la consagración de un estilo, convertir la política en un circo semanal donde el conflicto es mero decorado para su ego.
Entre 2018 y 2020 mantuvo la pose de revolucionario de salón —monarquía como cáncer, “Estado” como villano de cómic, “régimen” como muletilla favorita—, pero su verdadero negocio estaba en lo contrario, ser la bisagra que chantajea, traducir escaños en prebendas y sostener, con amenazas de precisión milimétrica, la gobernabilidad de un PSOE al que desprecia en público y ordeña en privado. La fórmula quedó expuesta sin un ápice de vergüenza, “si no hay mesa de diálogo, no hay legislatura”.
O sea, el mismo flagelo del sistema descubrió que el sistema paga muy bien si sabes dónde apretar. No es hipocresía, amigos; sino puro capitalismo parlamentario con acento.
De 2021 a 2024, pragmatismo de mercadillo envuelto en retórica de barricada. La fase “madura” de Rufián es la del radical que firma con pluma de oro. ERC negocia presupuestos, apuntala gobiernos, y él justifica el cambalache con la desenvoltura del que vende humo, idioma, inversiones, competencias, agenda catalana. Recordemos con cariño la negociación de 2022, donde presumió de cuotas lingüísticas en Netflix como si hubiera inventado la penicilina.
Y cuando llega la amnistía como joya de la corona del nuevo ciclo, la coreografía se repite con la precisión de un reloj suizo, el independentismo deja de ser sueño para convertirse en palanca de extorsión dentro de una mayoría estatal. El texto final fue cocinado a tres bandas entre PSOE, Junts y ERC. En el hemiciclo, antisistema de postureo; en el BOE, pieza imprescindible del engranaje. La negociación no se invalida; lo que se invalida es la superioridad moral con la que se envuelve el paquete, como un regalo cutre con lazo caro.
Últimamente, 2025–febrero 2026, el “frente amplio” como salto mortal sin red ni socios. Rufián lleva meses intentando trascender Cataluña como quien intenta vender arena en el desierto. En julio de 2025 ya tanteó la confluencia; en febrero de 2026 la resucitó tras el batacazo de la izquierda en Aragón, con eslóganes de agencia de publicidad barata: “lo que viene no se para con siglas”, “más cabeza y menos pureza”, y la perla viral: creer que el fascismo se detendrá en la puerta de cada sede es “magia negligente”.
Marketing de primera, ejecución de tercera regional. ERC lo desautoriza en tiempo récord. Con Junqueras reelegido y Alamany de secretaria general, la dirección pone límite: “ERC irá con sus siglas” y punto. EH Bildu y BNG se desmarcan con la frialdad de quien rechaza una cita incómoda; IU ni se molesta en disimular el hastío.
En un ecosistema donde cada uno cuida su marca como un tesoro, pedir un “frente” es pedir a los demás que se suiciden políticamente para inflar un ego. Rufián comete aquí el error de un becario ambicioso, confunde diagnóstico compartido (“hay que parar al PP/Vox”) con incentivos alineados (que no existen ni en sus mejores sueños).
El “frente amplio” tiene sentido en una hoja de Excel, pero en boca de Rufián es una broma de mal gusto. No lidera porque no controla ni el aparato de su partido; no articula porque no ofrece nada más que discursos; no convence porque su trayectoria grita que su radicalidad es puro marketing sobre una práctica de transacción descarada. El proyecto apesta a maniobra personal de reposicionamiento, no a idea seria.
En el plano psicológico y sociológico, Rufián no es un político; es un generador profesional de clics con escaño. Su estilo de confrontación no es un tic; es una máquina bien engrasada de captura de atención.
En primer lugar, la provocación como combustible principal. El atrezzo y la frase venenosa no son deslices; son táctica calculada. Cuando un diputado convierte su intervención en meme, convierte el Congreso en granja de contenido y al adversario en proveedor gratuito de indignación. La política real queda como extra; lo importante es reinar en el ciclo de noticias de 24 horas.
En segundo lugar, el victimismo como adhesivo tribal de alta resistencia. Su relato funciona con una gramática repetitiva hasta el sonrojo: “ellos” (Estado, derecha, élites) ejercen violencia estructural; “nosotros” resistimos con dignidad de mártir de saldo. El resentimiento se convierte en identidad, la identidad en obediencia ciega. Es la forma más barata y eficaz de cohesión por agravio, perfecta para públicos que ya no creen en nada, pero aún disfrutan odiando. Y, en tercer lugar, narcisismo de escenario y externalización crónica de culpa (sin diagnóstico clínico, claro; solo observamos el espectáculo). Hiperpresencia digital, necesidad patológica de foco, superioridad moral servida con sorna de salón. El “frente amplio” es la evolución natural, si ya tienes audiencia cautiva, intentas convertir likes en liderazgo.
El problema es que el liderazgo de verdad exige pagar peajes, ordenar coaliciones y tragar sapos. Cuando la realidad le estropea la consigna, recurre al clásico, “la gente” contra “los aparatos”. Populismo de lowcost “quizá tenga cero apoyos políticos, pero el pueblo me quiere”. Una frase que pretende sonar heroica y termina sonando a autoengaño de bar.
¿A quién seduce? A un nicho muy específico. Se trata de votantes que prefieren el gesto grandioso al resultado tangible, la guerra cultural a la gestión pública, la catarsis simbólica a la reforma aburrida. Rufián vende terapia barata, señala culpables, humilla al enemigo, hace sentir al seguidor que “por fin alguien lo dice sin pelos en la lengua”. Lo mismo que hace Alvise en la derecha. El precio es alto, cuando la política se reduce a postureo, la gobernanza se queda en la cuneta.
El patrón es tan claro que da vergüenza ajena. Rufián convierte la política en un videojuego de impacto instantáneo donde el gesto se come al argumento y la notoriedad suplanta al liderazgo.
Desde el ridículo de las Azores (2021), donde mezcló Afganistán con Irak para parecer profundo y terminó pareciendo un tuitero con resaca; pasando por el atrezzo cutre (impresora y esposas 2017) que priorizó viralidad sobre dignidad; la metáfora bíblica de las “155 monedas de plata” al PSC (2017) que quemó puentes con los suyos; la frase sobre los MENAs y Abascal (2024) que redujo un drama humano a pulla barata; la burla a la cabra de la Legión (2025) para parecer gracioso; el exabrupto contra Trump (“defraudador, pedófilo y violador”) en pleno Congreso (enero 2026), regalando munición a quien lo pinta como payaso profesional; hasta el “frente amplio” de febrero 2026, lanzado sin socios, desautorizado por ERC, ignorado por Bildu y BNG, y ridiculizado hasta por Pilar Rahola. Y cerrando el círculo, la escena de Valencia (enero 2026), ante una crítica seria sobre vivienda, desvía el foco al insulto identitario. Cuando hay un problema real, Rufián elige el espectáculo. En el espectáculo siempre gana atención; en el proyecto, siempre pierde.
Si Rufián aspira a liderar una izquierda radical española, necesita algo más que sorna de bar y tuits que él piensa ingeniosos. Necesita estructura, confianza mutua y la capacidad de pagar costes. Hoy ofrece lo opuesto, liderazgo de photocall, propuesta huérfana y una biografía donde el gesto reina y la alianza se subasta al mejor postor. La política seria —la que gana elecciones y gobierna países— no se hace con frases bonitas ni con victimismo rentable. Se hace con disciplina, con riesgos y con resultados. Y ahí, por ahora, la candidatura de Rufián a “referencia” no es un proyecto, sino una fantasía narcisista con fecha de caducidad muy cercana.
