La transformación del periodismo informativo en un instrumento de persuasión moral no es un fenómeno reciente, pero sí se ha intensificado en la era digital y en los formatos televisivos en horario de mayor audiencia. Lo que comenzó como un ideal ilustrado —el periodismo como mediador entre hechos y ciudadanía crítica— ha devenido, en muchas de sus expresiones contemporáneas, en un ritual de confirmación afectiva. El telediario en franja de máxima audiencia, en particular, ha mutado de registro de informar a editorializar, de ilustrar a dirigir emocionalmente, de organizar información a construir consenso moral. Esta metamorfosis se inscribe en un marco epistemológico y sociológico complejo que requiere ser abordado desde una perspectiva transdisciplinar, teoría crítica de la comunicación[1], sociología del conocimiento[2], estudios culturales[3], psicología social[4] y teoría política contemporánea.[5]
El caso paradigmático que aquí nos ocupa —la cobertura informativa de Vicente Vallés sobre Donald Trump y, más recientemente, Groenlandia— permite ilustrar con claridad el tránsito de la noticia al dogma. En su presentación, la apariencia de objetividad se conserva (lenguaje formal, datos seleccionados), pero el contenido ha sido cargado de valores, sospechas y encuadres orientados a producir reacciones emocionales específicas. Se difumina la frontera entre el hecho y la interpretación, y con ello se erosiona la posibilidad misma de deliberación democrática.
Este fenómeno se enmarca en una dinámica estructural más amplia. Se trata de la convergencia entre la necesidad mediática de captar atención (economía de la atención) y la oferta de productos discursivos que reafirman identidades políticas preexistentes.[6]–[7] A esta lógica se añade la creciente disolución de la esfera pública crítica, reemplazada por burbujas morales que operan con esquemas binarios de identificación y rechazo. De este modo, los noticieros ya no median el mundo, lo codifican según una cartografía afectiva donde la virtud está previamente asignada y el antagonismo está ontológicamente determinado.
Desde esta óptica, el telediario no informa, catequiza. El periodista no interroga la realidad, la jerarquiza emocionalmente. Y el espectador ya no participa como sujeto cognoscente, sino como miembro de una liturgia cívico-mediática que le permite reconfirmar su pertenencia al “lado correcto”. En este marco, el análisis del caso Groenlandia —tratado como una excentricidad imperial de Trump en lugar de una cuestión estratégica de alta complejidad— revela los mecanismos mediante los cuales los medios tradicionales o dominantes administran afectos, construyen consensos y disciplinan percepciones.
El presente editorial propone una exploración profunda de esta problemática, articulando seis secciones que abordarán: (1) la mutación del rol del informativo en el ecosistema mediático contemporáneo; (2) las dinámicas psicológicas del resentimiento moralizado; (3) el encuadre como forma de manipulación cognitiva; (4) la centralidad geopolítica de Groenlandia; (5) la historia estratégica y colonial del enclave de Thule/Pituffik; y (6) las implicaciones políticas del antiamericanismo escenificado como estrategia de evasión. El objetivo es aportar una lectura rigurosa, contextualizada y crítica que supere la superficialidad del relato dominante.
El desplazamiento del informativo hacia el púlpito no solo tiene causas estructurales (transformaciones tecnológicas, modelos de negocio o presiones editoriales), sino también fundamentos psicológicos profundos. En este sentido, el consumo mediático no puede entenderse como una actividad puramente racional, sino como un proceso afectivo, identitario y, en muchos casos, tribal. La psicología social ha documentado extensamente cómo las personas tienden a buscar confirmación emocional y pertenencia grupal más que información contradictoria que les obligue a reformular sus creencias [8]
En este contexto, los medios que editorializan en formato noticioso, como el caso del telediario presentado por Vicente Vallés, están apelando a un repertorio emocional específico, el resentimiento moralizado. Este tipo de afecto —descrita por Nietzsche[9] como “moral de esclavos”— permite al espectador sentirse virtuoso sin haber hecho ningún esfuerzo real por comprender la complejidad de los fenómenos. Se ofrece un relato donde el enemigo está claramente delimitado (Trump, Estados Unidos, “el populismo”), y donde la audiencia puede reafirmar su superioridad ética mediante la adhesión automática al discurso emitido.
Esta operación emocional produce dos consecuencias simultáneas, por un lado, proporciona gratificación moral inmediata —“yo no soy como ellos”—; por otro, evita el esfuerzo cognitivo que implicaría pensar en términos de intereses, costos, restricciones y ambigüedades. La indignación predigerida reemplaza la deliberación incómoda. El resultado es una ciudadanía que, lejos de ser informada, es moldeada por un sistema de refuerzo emocional que consolida identidades políticas cerradas y frágiles.
Desde la neurociencia cognitiva, esta dinámica ha sido explorada en trabajos como los de Westen[10], quien muestra cómo el cerebro procesa la información política como un relato de lealtad afectiva, no como un conjunto de argumentos lógicos. En paralelo, la teoría de la disonancia cognitiva de Festinger[11] ayuda a entender por qué los espectadores prefieren versiones de la realidad que eviten confrontarlos con la posibilidad de que sus propios marcos morales puedan estar equivocados o incompletos.
Así, lo que se presenta como “opinión fundamentada” es, en realidad, una forma de pedagogía emocional que entrena a la audiencia en respuestas automáticas, aprobación de unos, rechazo de otros. No se cultiva la agencia crítica, sino la adhesión doctrinaria. Y esto tiene consecuencias políticas importantes, una ciudadanía adiestrada en indignación selectiva pierde capacidad para evaluar compensaciones, sopesar intereses cruzados o construir compromisos sostenibles. En su lugar, opera con categorías morales absolutas y reacciona ante símbolos más que ante argumentos.
Esta infantilización cognitiva se traduce en la esfera pública como polarización afectiva[12], no se debaten propuestas, se demonizan identidades. Y en este ecosistema, los medios de comunicación que simulan objetividad mientras operan como fiscales ideológicos contribuyen activamente a la erosión del pluralismo democrático. Se crea así un espacio discursivo tóxico donde la discrepancia es vista como traición, y donde el juicio moral sustituye al análisis estructural.
La reciente cobertura mediática sobre Groenlandia —específicamente a partir de declaraciones del expresidente Donald Trump sobre la posibilidad de adquirir la isla— ofrece un estudio de caso paradigmático sobre cómo el encuadre periodístico puede desplazar, deformar o incluso suplantar el análisis sustantivo de los hechos. Lo que debería haber sido presentado como una cuestión compleja de interés estratégico fue reducido, en múltiples segmentos informativos, a una caricatura geopolítica, el “capricho imperial” de un líder excéntrico.
Este tipo de tratamiento no es neutro. Responde a una lógica narrativa que moraliza la política exterior y configura la percepción pública mediante oposiciones binarias, racional vs irracional, civilizado vs bárbaro, multilateralista vs unilateralista. En este contexto, la figura de Trump es instrumentalizada como símbolo de todo lo que debe ser rechazado. De este modo, la afirmación “Trump quiere comprar Groenlandia” no es una información contextualizada, sino una alegoría sobre el despotismo norteamericano. El objetivo no es informar, sino movilizar afectivamente a la audiencia.[13]–[14]
Sin embargo, cuando uno examina los hechos con detenimiento, lo que emerge es un conjunto de dinámicas estratégicas legítimas que han estado presentes mucho antes del trumpismo. Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía danesa, alberga desde 1951 una de las infraestructuras militares más sensibles del sistema de defensa estadounidense: la base de Thule —hoy Pituffik Space Base—, integrada en el sistema NORAD y equipada con radar de alerta temprana de misiles balísticos (UEWR). Esta base es clave para la arquitectura de disuasión y respuesta nuclear de EE.UU. en el eje ártico-atlántico.[15]
Además, Groenlandia ha cobrado creciente relevancia en la competencia entre grandes potencias por el control de rutas marítimas árticas, recursos naturales y plataformas de proyección geoestratégica. Rusia ha intensificado su militarización del Ártico, mientras que China ha declarado su condición de “potencia casi ártica”, invirtiendo en infraestructura e investigación en la región. En este contexto, el interés estadounidense en asegurar su presencia y capacidad de proyección en Groenlandia no puede despacharse como una excentricidad personal, responde a una lógica estructural de defensa nacional y competencia hegemónica.[16]
El problema no es que se critiquen las declaraciones de Trump —a menudo maximalistas y diplomáticamente disruptivas—, sino que se confunda la forma con el fondo. Al centrar la cobertura en la figura del presidente, se oscurece la continuidad estratégica que atraviesa múltiples administraciones desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, Groenlandia ha sido vista por Washington como un activo crítico. Ignorar esto en aras de una narración simplista erosiona la comprensión pública de la política internacional y transforma al ciudadano en consumidor pasivo de mitologías morales.
La función del encuadre, en este caso, ha sido desactivar el pensamiento estratégico mediante la saturación emocional. El resultado, una opinión pública desinformada, incapaz de distinguir entre intención política y cálculo geoestratégico, y cada vez más vulnerable a relatos que privilegian el escándalo sobre la estructura.
Para entender la relevancia estratégica de Groenlandia en el siglo XXI, es necesario abandonar la visión reduccionista que la presenta como un territorio periférico o como una simple curiosidad geográfica. Lejos de ello, Groenlandia se ubica en el corazón de una transformación geopolítica profunda, la apertura gradual del Ártico como nuevo teatro de competencia entre grandes potencias, en un entorno marcado por el deshielo, la militarización y la redefinición de rutas de tránsito global.
Bajo la lente de de la seguridad internacional, Groenlandia representa un nodo crítico en la arquitectura de defensa del hemisferio occidental. La base aérea de Pituffik —anteriormente conocida como Thule Air Base— aloja uno de los principales radares de alerta temprana del sistema estadounidense: el Upgraded Early Warning Radar (UEWR), heredero del sistema Ballistic Missile Early Warning System (BMEWS), concebido durante la Guerra Fría para detectar ataques con misiles balísticos intercontinentales (ICBMs) o misiles lanzados desde submarinos (SLBMs). Esta instalación es parte esencial de la red de vigilancia integrada del Comando de Defensa Aeroespacial de América del Norte (NORAD) y del U.S. Space Command (USSPACECOM).[17]
La lógica estratégica que sustenta esta presencia no ha variado, el tiempo. La ventaja que otorga Groenlandia está medida en minutos cruciales entre la detección de un lanzamiento hostil y la decisión de respuesta. En la era de los misiles hipersónicos y la guerra híbrida, esta capacidad de alerta temprana es aún más vital. La reconfiguración del Ártico como zona de tránsito marítimo y de posible despliegue naval refuerza su importancia. La denominada “brecha GIUK” (Greenland–Iceland–United Kingdom gap) continúa siendo una línea de defensa marítima clave para bloquear el acceso de submarinos rusos al Atlántico Norte.[18]
A esta dimensión militar se suma el interés económico y geopolítico por los recursos del Ártico, estimados por el US Geological Survey como uno de los mayores depósitos de hidrocarburos sin explotar del planeta.[19] China, en su Libro Blanco sobre el Ártico[20], ya ha declarado su intención de participar activamente en esta región, promoviendo lo que denomina una “Ruta de la Seda Polar”. En este tablero, Groenlandia se transforma en bisagra entre América del Norte y Europa, entre el Atlántico y el Ártico, entre las democracias liberales y las potencias revisionistas.
Ignorar esta realidad estratégica —como hacen ciertos noticieros al reducir la cuestión a una supuesta “obsesión inmobiliaria” de Trump— constituye una forma de desarme intelectual. Lo que está en juego no es una cuestión de simpatías personales, sino la articulación de capacidades de disuasión, vigilancia, presencia naval y proyección de poder en una región emergente. En este sentido, Groenlandia no es solo un símbolo es infraestructura crítica, y su control forma parte del equilibrio de poder global.
El debate sobre el estatus de Groenlandia, por tanto, debería ser abordado con la sobriedad propia de un asunto de seguridad nacional, y no como un elemento de guion para la comedia mediática. Tratarlo con ligereza, desde el púlpito moral del informativo, no solo distorsiona la percepción ciudadana, sino que debilita la cultura estratégica de Occidente.
Para comprender la complejidad política y simbólica que encierra Groenlandia, es imprescindible rastrear su historia como espacio de poder militar, de colonialismo silencioso y de trauma latente. La base de Thule, hoy rebautizada como Pituffik Space Base, no es solo una infraestructura de defensa estratégica; es también un enclave cuya existencia remite a procesos de subordinación, reasentamiento forzoso y contaminación nuclear. Estos elementos han sido sistemáticamente excluidos del relato mediático dominante, que simplifica el presente sin atender al peso del pasado.
La historia comienza con la Operación Blue Jay en 1951, cuando el gobierno de Estados Unidos, en acuerdo con Dinamarca, movilizó una fuerza logística sin precedentes para construir la base aérea de Thule en un entorno ártico extremo. En menos de tres meses, más de 12.000 hombres y 300.000 toneladas de materiales transformaron North Star Bay en una pieza clave del escudo antimisiles de la Guerra Fría. Lo que rara vez se menciona en la cobertura mediática es que, para permitir esa construcción, el gobierno danés desplazó por la fuerza a toda la comunidad inuit de Uummannaq a una zona 130 kilómetros al norte, en condiciones climáticas y sociales mucho más hostiles.[21]
Este episodio —conocido como el Thule Tribe Case— generó décadas de litigio entre los habitantes desplazados y el Estado danés, culminando en una sentencia del Tribunal Supremo de Dinamarca en 2003 que reconocía la ilegitimidad del traslado, pero denegaba compensaciones sustanciales. El caso sigue siendo una herida abierta, tanto en términos jurídicos como culturales, y revela cómo la lógica estratégica de las potencias occidentales ha sido históricamente ciega ante las consecuencias humanas de su despliegue.[22]
A este antecedente se suma otro evento de gravedad simbólica, el accidente del B-52 en 1968. Un bombardero estratégico estadounidense que portaba cuatro bombas nucleares se estrelló cerca de Thule, provocando la dispersión de plutonio sobre el hielo y el mar. La operación de limpieza, ejecutada bajo secreto y con mínimos controles de seguridad, expuso a cientos de trabajadores daneses a materiales radiactivos sin una protección adecuada. El escándalo emergió años después, desencadenando protestas políticas, rupturas diplomáticas temporales y un debate interno en Dinamarca sobre la legalidad del tránsito de armas nucleares en su territorio.[23]
Estos dos episodios —el desplazamiento de los Inughuit y la contaminación radiactiva— muestran que Groenlandia no ha sido una zona neutral, sino una periferia estratégica colonizada por la lógica de la seguridad nuclear occidental. El reciente renombramiento de la base como Pituffik Space Base por parte del U.S. Space Force, en 2023, constituye un gesto dual, por un lado, pretende ofrecer reconocimiento cultural al nombre indígena del lugar; por otro, reafirma su centralidad como eje de operaciones aeroespaciales en un Ártico cada vez más disputado.[24]
Negar esta historia o invisibilizarla en el relato informativo contemporáneo no solo es una omisión ética, sino una pérdida de comprensión geopolítica. Porque Groenlandia no es un símbolo abstracto de ambiciones presidenciales, sino un nodo de conflicto histórico entre autonomía, soberanía, proyección militar y memoria colectiva. Presentar la tensión actual como si todo comenzara con Trump es borrar deliberadamente décadas de acumulación estratégica —y de sufrimiento humano.
El análisis del caso Groenlandia —y, más ampliamente, de la narrativa periodística que lo ha encuadrado— revela una patología discursiva más profunda que la simple manipulación mediática. Lo que está en juego no es únicamente el tratamiento de una noticia, sino el modelo mismo de comprensión política que se ofrece a la ciudadanía. En lugar de cultivar agencia crítica, muchos medios europeos han optado por una pedagogía emocional que convierte al espectador en feligrés de un relato donde Europa es siempre víctima ilustrada y Estados Unidos, agresor vulgar.
Este tipo de antiamericanismo escenificado —teatral, selectivo, estratégico— opera como sustituto de una estrategia real. Frente a la complejidad del mundo multipolar, el discurso moralizante ofrece un alivio narrativo, Europa no fracasa por sus debilidades estructurales, sino por la intromisión del socio incómodo del otro lado del Atlántico. Esta externalización de responsabilidades mina la cultura estratégica continental, debilita la cohesión transatlántica y envalentona a actores que sí juegan con lógica de poder: Rusia y China
La figura de Donald Trump, en este marco, ha sido hipostasiada, más que actor político, ha sido elevado a tótem disfuncional. Su retórica maximalista es innegablemente disruptiva, pero reducir la política internacional a su caricatura discursiva es intelectualmente irresponsable. Como se ha mostrado en secciones anteriores, el interés estratégico de EE. UU. en Groenlandia es anterior y posterior a Trump. Y no entender esa continuidad —o fingir no verla— revela una peligrosa desconexión con las realidades del poder internacional.
Del mismo modo, presentar a Europa como un bloque homogéneo capaz de “proteger” Groenlandia frente a Estados Unidos no solo es ingenuo, es autocomplaciente. La falta de inversión sostenida, las duplicidades institucionales (UE vs. OTAN), la dependencia industrial en sectores clave y la fragmentación política interna son limitaciones reales que no se resuelven con declaraciones o despliegues simbólicos. La historia reciente —desde los Balcanes hasta Ucrania— muestra que sin el respaldo estratégico de EE. UU., Europa sigue careciendo de autonomía operativa en escenarios de alta intensidad.
Por eso, el camino hacia una narrativa pública más honesta y útil pasa por abandonar la consigna y recuperar el análisis. No se trata de justificar a Washington ni de idealizar su política exterior, sino de asumir que el mundo contemporáneo requiere lecturas sofisticadas, que combinen ética y realismo, historia y tecnología, poder y responsabilidad. El noticiero no puede seguir siendo un púlpito, debe volver a ser un mapa.
A modo de cierre, propongo diez medidas estratégicas para corregir desviaciones estructurales, fortalecer la cultura democrática y recuperar la competencia analítica en el espacio público europeo:
- Separar editorial e informativo con transparencia normativa.
Los medios deben establecer mecanismos editoriales claros que distingan entre hechos, interpretaciones y opiniones. La autorregulación deontológica debe fortalecerse con protocolos visibles para la audiencia.[25]
- Reforzar la alfabetización mediática y estratégica en la ciudadanía.
Incorporar formación en análisis geopolítico y economía internacional en los sistemas educativos y programas de divulgación pública.
- Constituir observatorios independientes de encuadre mediático.
Instituciones que analicen críticamente la cobertura de medios sobre asuntos estratégicos, identificando patrones de simplificación, manipulación o sesgo sistemático.
- Establecer foros de diálogo transatlántico ciudadano.
Plataformas que permitan el encuentro entre sociedad civil europea y estadounidense para desmontar prejuicios mutuos y reconstruir confianza estratégica.
- Promover inversiones reales en capacidades europeas de defensa.
Ir más allá de los compromisos simbólicos y avanzar hacia autonomía operativa, interoperabilidad y soberanía tecnológica.[26]
- Revisar críticamente la arquitectura OTAN-UE con visión funcional.
Evitar duplicidades, reforzar sinergias y clarificar roles institucionales para evitar narrativas competitivas entre aliados.
- Desarrollar una memoria histórica compartida sobre enclaves como Thule/Pituffik.
Reconocer oficialmente los abusos cometidos en nombre de la seguridad occidental, promoviendo justicia restaurativa para comunidades afectadas.
- Integrar el Ártico como prioridad geoestratégica europea.
Con presencia científica, diplomática y militar coherente con los desafíos del nuevo escenario polar.
- Impulsar un periodismo estratégico de datos y contexto.
Incentivar proyectos de investigación periodística transnacional sobre seguridad, energía y poder global.
- Transitar del relato indignado a la política adulta.
Fomentar en el debate público una ética de la responsabilidad que combine principios con comprensión estructural, y no solo con expresiones morales de superioridad.
La alternativa no es entre cinismo y moralismo. Es entre infantilización narrativa y madurez analítica. Solo si se asume esta disyuntiva con seriedad, Europa podrá transitar de una posición reactiva a una postura estratégicamente relevante en el siglo que comienza. Y solo entonces el noticiero volverá a cumplir su promesa ilustrada, dotar a la ciudadanía de las herramientas necesarias para entender —y no solo sentir— el mundo.
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