La guerra por el corazón II: Julio Iglesias

El corazón no es un órgano, es una plaza pública. Y, como toda plaza pública, acaba ocupada. A veces por una bandera; otras por una melodía. El poder moderno aprendió hace tiempo que no hace falta discutir ideas cuando puedes administrar afectos. La obediencia más estable no se logra con miedo, sino con añoranza. La tristeza bien diseñada es más barata que la represión, y mucho más presentable.

Durante décadas, Julio Iglesias no fue solo un cantante, fue un activo estratégico en el mercado global de la intimidad. Un “seductor universal” convertía la vulnerabilidad en protocolo. Un arquetipo —el latin lover— servía como interfaz cultural, fácil de exportar, difícil de cuestionar, perfecto para que millones confundieran intensidad con verdad y rendición con amor. Ese era el modelo operativo romance como anestesia, deseo como disciplina, nostalgia como cadena de suministro emocional.

Y entonces estalla la acusación.

En las últimas horas —y esto es crucial, porque la cronología siempre forma parte del mecanismo— se ha instalado en el espacio público una polémica de alto voltaje, dos antiguas trabajadoras del entorno doméstico del cantante lo acusan de agresiones sexuales y de abuso de poder, en hechos situados en 2021 en residencias en el Caribe. La justicia española, a través de instancias competentes, ha abierto diligencias de investigación de carácter reservado tras una denuncia en la que también se mencionan dinámicas de “servidumbre” y explotación. Todo ello, por ahora, en el terreno de lo denunciado y lo investigado; no en el de lo probado.

Lo que interesa aquí no es el morbo —ese es el combustible preferido de la prensa y el tranquilizante favorito del público—, sino la arquitectura psicológica del episodio. Porque una acusación así, en una figura que fue vendida como sinónimo de romanticismo, opera como un ataque directo al corazón colectivo. No al corazón físico, sino al simbólico, a la zona donde se depositan los relatos con los que la gente se explica a sí misma qué es “amor”, qué es “deseo”, qué es “hombre”, qué es “encanto”, qué es “consentimiento”, qué es “poder”.

La polémica no solo cuestiona a un individuo; desnuda un sistema.  El sistema que convierte carisma en impunidad percibida, fama en blindaje afectivo, y estética romántica en coartada. En términos de psicología social, el público queda atrapado en una trampa clásica, la disonancia cognitiva. Si el ídolo era “el amor”, ¿qué hacemos cuando el relato público incorpora, aunque sea como alegación, la palabra “agresión”? La mente busca una salida rápida, negar, justificar, minimizar, atacar al mensajero, convertirlo todo en “campaña”, o refugiarse en el cinismo (“todos son iguales”). Esa gama de reacciones no es pensamiento crítico; es gestión de ansiedad identitaria.

Aquí aparece lo más corrosivo, el romanticismo industrial siempre ha funcionado como tecnología de permiso. Autorización para idealizar. Beneplácito para no preguntar. Permiso para suspender el juicio “porque suena bonito”. Y cuando el mito romántico entra en colisión con una acusación de violencia, el corazón del público es forzado a elegir entre dos lealtades, la verdad incómoda o al relato que lo acompañó media vida.

En ese choque, el poder —no necesariamente “un poder con nombre”, sino el poder como estructura— siempre gana algo. Si el público niega, aprende a negar. Si el público se escandaliza, se fragmenta. Si el público se cansa, se anestesia. Si el público se polariza, se vuelve gobernable. Y si el público se entrega al espectáculo judicial-mediático, vuelve al hábito más rentable del siglo, confundir justicia con consumo informativo.

La acusación, además, desplaza el foco hacia una zona deliberadamente invisible en la cultura del glamour, el trabajo doméstico y su jerarquía moral. La casa del famoso no es un hogar, es una microinstitución. Tiene reglas, vigilancia, asimetrías, dependencia económica, y —según el marco de lo denunciado— dinámicas de control. Ese escenario es el laboratorio perfecto para la dominación, discreto, cotidiano, normalizado. Nadie imagina que el romanticismo, ese perfume, pueda tener detrás una logística de servidumbre. Precisamente por eso funciona.

Y aquí conviene introducir una precisión con bisturí, el debate público tiende a comportarse como si la violencia fuera una anomalía moral individual, cuando muchas veces es un subproducto estructural de tres ingredientes: poder, aislamiento y desigualdad. En otras palabras, no hace falta un villano operístico para que exista una situación predatoria; basta un ecosistema que lo permita y lo silencie.

Por eso la polémica ha saltado, según se informa, del ámbito mediático al institucional y al debate público, con reacciones defensivas, tácticas de distracción y una guerra cultural instantánea alrededor del símbolo.

Ahora, el giro que incomoda, incluso si uno no compra ninguna metafísica, el episodio encaja con una lógica antigua y eficaz en la guerra por el corazón. Primero se construye un ídolo romántico (idealización masiva). Después se introduce un elemento de colapso (acusación, escándalo, caída). Resultado: trauma simbólico compartido. El público pierde algo, aunque no sepa nombrarlo, pierde la confianza en su propio criterio afectivo. Y una población que duda de su criterio emocional es una población lista para ser reprogramada por el siguiente relato “salvador”.

No es necesario afirmar que la polémica sea “fabricada” para reconocer su efecto: funciona como un evento de alto impacto emocional, capaz de producir tristeza programada, dependencia narrativa (“necesito saber qué pasó”), fragmentación afectiva (“ya no sé qué creer”) y apertura a influencias parasitarias (“dime tú qué pensar”). Es la misma mecánica con otra máscara, el corazón expuesto, la mente en modo reactivo, el juicio desplazado por el impulso.

Y todo esto, por supuesto, ocurre mientras el arquetipo sigue operando. Porque el arquetipo no depende de la verdad; depende de la repetición. El latin lover es una pieza cultural demasiado rentable como para dejarla morir por un hecho, por grave que sea. La industria del encanto es resiliente, si el símbolo se mancha, se recicla; si el héroe cae, se reemplaza; si el público se escandaliza, se le ofrece otro espectáculo. La cadena de producción continúa.

La pregunta final no es “¿qué hizo él?”. Esa la determinarán —o no— los procedimientos, con sus tiempos, sus límites, sus silencios y sus verdades parciales. La pregunta final es: ¿qué te hizo a ti el programa romántico que consumiste durante años? ¿Te hizo más libre o dependiente? ¿Te enseñó a amar o a rendirte? ¿Te fortaleció el corazón o te lo convirtió en un punto de acceso remoto?

Porque la guerra por el corazón no termina en una denuncia; empieza ahí. Comienza cuando descubres que tu emoción fue un territorio ocupado. Y termina —si termina— cuando recuperas soberanía, cuando el encanto ya no te gobierna, cuando el mito ya no te compra, cuando el corazón deja de ser un portal de vulnerabilidad y vuelve a ser, por fin, tu centro de poder.

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