La geopolítica contemporánea no se sostiene en las columnas de humo de las conferencias diplomáticas ni en los editoriales timoratos de las democracias en retirada. Se construye, más bien, en los márgenes. En los tratos ocultos, en los acuerdos sin firma, en los silencios demasiado rentables para ser rotos. Es en ese subsuelo donde Venezuela no sólo sobrevive, sino que se vuelve estratégicamente útil. Un Estado colapsado, sí, pero funcional. Un paciente terminal que se alquila por partes a potencias extranjeras mientras su pueblo huye del hospital en llamas.
El lector, el radioescucha y el televidente ingenuo —y, lamentablemente, son legión— que se alimentan de opiniones prefabricadas y de debates estruendosos cuyo único propósito es rellenar la parrilla, no iluminar la realidad, persisten en la cómoda ficción de que Venezuela no es más que una dictadura tropical de manual: torpe, corrupta, incapaz de administrar su propia riqueza. Una anomalía tercermundista que se explica, según el gusto ideológico del comentarista, por el socialismo, el populismo o la maldición del petróleo. Todo eso puede ser cierto, sí, pero también irrelevante. Porque lo que realmente importa no es la narrativa superficial del régimen ni el balbuceo indignado de sus críticos profesionales, sino quién utiliza el colapso como herramienta y para qué fines estratégicos.
Ahí está el primer secreto a voces que pocos quieren pensar, Venezuela no está fuera del sistema internacional. Está debajo de él. Es su sótano. Su cuarto oscuro. Una zona gris donde confluyen flujos de petróleo no declarado, minerales de contrabando, redes de narcotráfico toleradas, criptomonedas lavadas y acuerdos energéticos encubiertos que sirven de puente entre Estados sancionados. ¿Ejemplo? Venezuela vende petróleo a Irán. Irán fabrica drones para Rusia. Rusia los lanza contra Ucrania. Cada explosión en Járkov tiene su combustible en la Faja del Orinoco. Pero no verá esta cadena causal en los mapas del New York Times, ni lo dirá Vicente Vallés en Antena 3.
Ahora bien, el segundo secreto —más inquietante— es que Estados Unidos sabe todo esto, y no ha intervenido decisivamente. ¿Por qué? Porque el objetivo no es derrocar al chavismo, sino limitar a China. Porque si el enemigo estratégico es Pekín, no se puede perder el tiempo en Caracas. Se prefiere, entonces, un gobierno podrido pero predecible, a uno reformista que invite a Huawei, CETC, ZTE y a un contingente de “asesores técnicos” chinos disfrazados de ingenieros de telecomunicaciones. El chavismo, con todos sus crímenes, es tolerado porque funciona como una barrera geográfica ante la expansión de la infraestructura de uso dual chino en el hemisferio.
Y no es paranoia, China no quiere sólo petróleo. Quiere instalar su modelo. Con refinerías vienen nodos de datos, plataformas satelitales, estaciones de radar, y —si el clima político lo permite— puertos logísticos con “control de seguridad soberano”, es decir, vigilancia militar sin uniforme. Washington conoce este patrón porque ya lo ha visto reproducirse en Pakistán, Sri Lanka y África oriental. No es ideología, es replicación técnica.
Por eso Groenlandia entra en escena. No por sus glaciares, sino por sus sensores. Estados Unidos necesita bloquear cualquier triangulación que le permita a China instalar infraestructura estratégica tanto al sur como al norte de su perímetro continental. Venezuela es el talón expuesto. Groenlandia, el escudo silencioso. Todo lo demás —derechos humanos, elecciones libres, diplomacia interamericana— son fuegos artificiales para el público anestesiado y sin horizonte.
Por otro lado, el espejismo de la alianza entre Rusia y China se desvanece. No hay mentira más rentable que la del eje antioccidental consolidado. La imagen de una hermandad ideológica entre Moscú, Pekín y Teherán, unida por su desprecio a Washington, se ha convertido en un mito útil. Pero basta observar sus actos, no sus discursos, para notar lo que no se dice, que se toleran por necesidad, no por afinidad.
Moscú, entrampada en su cruzada imperial en Ucrania, necesita una línea de insumos continua. Y no hablamos de aviones supersónicos, sino de lo que de verdad importa, drones de ataque, municiones, piezas electrónicas. Irán ha asumido ese rol. Pero Irán, a su vez, necesita combustible. Y lo obtiene del único lugar donde puede conseguirlo sin rendir cuentas, Venezuela. Un país al margen de la ley financiera global, donde lo que importa no es la legalidad sino la disponibilidad.
China observa todo esto con una mezcla de incomodidad y cálculo. Porque a diferencia de Rusia, no está en guerra. Su estrategia es de largo plazo, económica y progresiva. No quiere una Venezuela incendiada, sino una Venezuela funcionalmente dependiente. Su interés no es la propaganda antiimperialista, sino la refinería, el puerto, la antena. Y, sobre todo, el silencio. Un silencio que le permita instalar sensores, extraer datos, operar redes sin provocar una intervención occidental.
Este es el núcleo de la fractura entre ambos imperios, Rusia necesita caos útil, China necesita orden instrumental. Cada paso de avance chino en Caracas, cada contrato, cada kilómetro de fibra óptica, es visto por Moscú como una cesión de terreno. Lo que se anuncia como cooperación es, en realidad, competencia.
El resultado es una dinámica perversa, mientras el país se hunde, potencias rivales compiten por instalar sus versiones de dominio en la superficie flotante. Y Estados Unidos, lejos de ser víctima, es el árbitro del desorden. Deja que avancen, pero no demasiado. Ajusta las sanciones como quien regula la temperatura de una caldera. No para apagar el fuego, sino para evitar que otro cocine primero.
Quien controle los cables, controla el futuro. Esta verdad incómoda es la que guía las operaciones más discretas de las potencias contemporáneas. La infraestructura, en este siglo, no es un complemento del poder, es su forma más pura. Y eso es lo que se juega en Venezuela hoy.
La instalación de una megarefinería china en suelo venezolano —propuesta con tecnicismos y promesas de desarrollo— viene acompañada de un paquete invisible, antenas 5G, satélites de baja órbita, estaciones de recolección de datos, y sistemas de vigilancia urbana gestionados por empresas ligadas al aparato de seguridad del Partido Comunista Chino. El mismo esquema aplicado en Uganda, en Kazajistán, en Laos. Pero ahora, en el patio trasero de Estados Unidos.
Este despliegue no es simbólico. Es funcional. Permite a China proyectar poder asimétrico en el Caribe, conectar sus redes de comunicación independientes del sistema occidental, y establecer un puesto de escucha y observación a menos de tres horas de vuelo de la Florida. Y lo hace sin disparar un solo tiro.
¿Por qué no se detiene? Porque el colapso venezolano es útil. Mientras el país esté roto, no hay legislación ambiental, no hay controles parlamentarios, no hay prensa libre que investigue qué se firma. Solo queda la opacidad. Y en la oscuridad, todo contrato es posible.
Estados Unidos lo sabe. Y aquí entra la estrategia más siniestra, mantener la crisis administrada. No resolverla, no agravarse del todo, sólo sostenerla. Que el régimen sobreviva lo justo para evitar una transición pro-China. Que la oposición no gane lo suficiente como para reconfigurar alianzas. Que los ciudadanos sufran, pero no lo suficiente como para desbordar fronteras.
Es un equilibrio macabro. Pero eficiente. Porque permite lo que de verdad interesa, que nadie tome el control completo del terreno. Venezuela como zona de nadie. Como archivo de todos.
El último acto de esta tragedia disfrazada de política exterior es el más cruel, la fabricación de ignorancia. A la opinión pública se le entrega un relato digerible, crisis humanitaria, dictadura latinoamericana, sanciones justificadas. Pero se oculta lo esencial, que lo que ocurre no es un error, sino una arquitectura cuidadosamente diseñada.
Porque en Venezuela no hay una guerra que estallará, hay una guerra que ya ocurrió. No con bombas, sino con contratos. No con batallones, sino con software. No con propaganda, sino con silencio.
¿La solución? No será una intervención militar, ni una elección monitorizada por la OEA o la ONU. Será una dosis masiva de verdad incómoda. Y para eso, lo primero que hay que demoler es el mito, que los imperios han salido de América Latina.
No han salido. Solo han cambiado de idioma.
Cuando el péndulo geoestratégico finalmente se estabilice —y lo hará dentro de dos años, porque incluso los imperios necesitan descanso—, Venezuela tendrá una oportunidad que pocas naciones conocen, reconstruirse desde la conciencia absoluta de lo que fue y de lo que nunca más debe ser. Con su vasto capital humano disperso por el mundo, con su memoria marcada por el exilio y la resistencia, y con su juventud deseosa de futuro, el país podrá convertirse no en un satélite de nadie, sino en un actor soberano, lúcido y profundamente vacunado contra la resignación. La oscuridad ha sido larga, pero no eterna. Y quienes han sobrevivido al fuego cruzado de las potencias tienen más derecho que nadie a diseñar la paz.
