Homenaje a Francisco Rodríguez Domínguez, hermano de la luz

La noticia el fallecimiento de Francisco me alcanzó con esa mezcla de estupor y desamparo que solo producen las pérdidas irreparables. Hay amigos cuya ausencia no se limita a un vacío, pues abre una grieta en el ritmo íntimo de la vida, como si el mundo perdiera de pronto una de sus voces más serenas y necesarias. En él encontré siempre una presencia discreta, pero firme; una inteligencia luminosa envuelta en humildad, y una calidez que nunca pedía nada a cambio. Ahora, al enfrentar su silencio definitivo, descubro cuánto dependíamos de esa manera suya —tan natural— de ordenar las cosas, de dar sentido, de sostener sin imponerse. Y es en esa revelación donde reside el golpe más hondo.

Paco era un hombre reservado, pero bastaba mencionar a su familia para que una emoción distinta aflorara en él. Hablaba de Saro —Chary— con una admiración serena, diseñadora de talento y presencia luminosa, era para él el centro silencioso que equilibraba su vida. De sus hijos, Marco, Samuel y Eleazar, hablaba con un orgullo suave y una vulnerabilidad que lo volvía profundamente humano. Y cuando evocaba a su hermano Sebastián —dermatólogo y farmacéutico, compañero inseparable de pensamiento y de vida— su voz adquiría un temblor difícil de ocultar. La muerte de Sebastián, apenas un mes antes que la suya, abrió en Paco una herida que nunca llegó a cerrar. En esa ternura involuntaria se revelaba la dimensión más íntima de su corazón.

La vida de Francisco Rodríguez Domínguez constituye un ejemplo singular de convergencia entre la técnica, la ciencia aplicada, la observación rigurosa y un tipo de comprensión que no se enseña en las aulas. A mi juicio, su figura, vista en perspectiva, revela una arquitectura intelectual que hoy escasea, la de quienes se sitúan simultáneamente en el terreno de lo comprobable y en el de lo inteligible, en aquello que se mide y en aquello que se comprende. En esta reflexión quiero situar su legado en el lugar que merece, no solo como homenaje, sino también como reconocimiento a un itinerario humano y profesional excepcional.

Francisco comenzó su trayectoria como Maestro Industrial, una formación que le otorgó un sentido de precisión, disciplina metodológica y pensamiento operativo. De ahí derivó hacia la geobiología, campo en el que más tarde se convertiría en referencia. Completó un Máster en Bioinformación y Cibernética Humana, así como estudios avanzados en Dietética, Nutrición y Musicoterapia Pasiva, que ampliaron su marco de conocimiento hacia la interacción entre cuerpo, entorno y energía

Sin embargo, fue su experiencia en el antiguo Sáhara español la que ejerció sobre él una influencia decisiva. Trabajó durante años en prospección geofísica con la compañía hispano-francesa SOMPETROL, en condiciones de exigencia extrema. Allí aprendió a leer la superficie del planeta como un código, vibraciones, densidades, anomalías, vectores y silencios que revelaban más de lo que mostraban. Más tarde se trasladó a Francia y a Suecia, donde entró en contacto con investigadores especializados en radiaciones electromagnéticas de baja frecuencia y sus implicaciones biológicas. Ese periodo marcó su sensibilidad hacia los campos, las interferencias y las dinámicas que atraviesan los sistemas vivos.

Estas experiencias internacionales consolidaron una forma de pensar que lo acompañaría toda su vida. Era una combinación de rigor científico, lectura estructural del entorno y una intuición poco común para detectar patrones invisibles hasta que alguien los señala por primera vez.

Cuando regresó a Las Palmas de Gran Canaria, Francisco inició un periodo de madurez profesional e intelectual. Investigó de manera independiente y desarrolló modelos propios de análisis espacial, integrando medición física, observación geobiológica y evaluación ambiental. Su encuentro con Mariano Bueno y el Centro Mediterráneo de Investigación Geobiológica fue determinante. Allí no solo se formó, sino que también se convirtió en uno de los pilares de la institución.

Su labor como Coordinador de GEA en Canarias durante quince años lo situó en el corazón del movimiento geobiológico nacional. Impulsó cursos, seminarios y talleres en toda España, publicó artículos en revistas especializadas y participó en programas de televisión donde hizo accesible un campo de conocimiento que exige precisión para no caer en simplificaciones. Su trabajo, siempre discreto, dejó una impronta profunda en numerosos profesionales.

Frente a la tendencia a la especulación sin fundamento, Francisco ejerció un equilibrio difícil, defendió la observación rigurosa, la medición instrumental y la prudencia conceptual. Su método era firme pero no dogmático; abierto, pero no ingenuo.

Durante los años noventa, un acontecimiento amplió aún más el horizonte de su pensamiento. Tras asistir a un seminario del psiquiatra Norman Rosenthal, referente en la investigación de la luz y sus efectos sobre el cerebro, Francisco inició una exploración profunda del papel de la iluminación en la regulación de ritmos biológicos, estados afectivos y procesos cognitivos.

Este camino lo condujo al legado del Dr. Francis Lefebure, creador del método fosfénico, cuyos estudios sobre la Luz Blanca y la activación cerebral sentaron las bases de un enfoque único de estimulación neurológica.

Francisco viajó a Barcelona para especializarse con Francesc Celma, director para España del Fosfenismo Internacional. Allí perfeccionó técnicas que combinaban luz, ritmo y pensamiento dirigido para optimizar funciones cognitivas, favorecer la plasticidad y armonizar la actividad hemisférica.

Pocas personas entendieron como él que la luz no es solo un fenómeno físico, es un modulador biológico de altísima potencia. Y, para quienes sabían observar, también un símbolo dinámico que organiza lo interno tanto como lo externo.

Él abordaba este conocimiento con la prudencia de un técnico y la sensibilidad de quien comprende que ciertos lenguajes solo se entregan a quienes están preparados.

Uno de los aspectos menos visibles —pero más reveladores— de su trayectoria fue su manera de trabajar la materia. En ese terreno, Francisco manifestaba una comprensión singular, veía el comportamiento físico de las sustancias, pero también la lógica interna de sus procesos.

Tuve el privilegio de trabajar junto a él en la elaboración de plata coloidal y otros compuestos que requieren precisión, estabilidad y conocimiento químico detallado. Francisco operaba con extrema exactitud, controlaba las proporciones, la temperatura, los tiempos, la ionización y la conducta del material como si dialogara con él.

Para muchos, aquello era química aplicada. Para otros, era técnica avanzada y comprensión científica. Y para quienes saben leer más allá de la superficie, era evidente que allí operaba un modo antiguo de entender la materia. Una alquimia sin símbolos exagerados, sin artificio, sin teatralidad. Solo método, disciplina y una inteligencia capaz de unir campos separados desde hace siglos.

En Francisco, la alquimia recuperaba su sentido original, el estudio transformador de la materia y de la mente que la trabaja.

En lo humano, él era de una integridad que impresionaba. Escuchaba con atención fina, transmitía con claridad y tenía la virtud rara de elevar a quien lo consultaba sin imponer ningún tipo de autoridad. Su conversación tenía estructura, orden y profundidad, y lograba que conceptos complejos se volvieran comprensibles sin diluirlos.

Mi propio camino había comenzado en 1984, cuando recibí la luz. Hoy camino con la Luz de Mundo. Para los años noventa consideraba haber acumulado una formación sólida. Había estudiado textos técnicos, simbólicos y filosóficos, y me sentía razonablemente preparado.

Conocer a Francisco produjo una rectificación inmediata. Comprendí que aquello que consideraba conocimiento no era más que un umbral inicial.

Él no solo conocía los clásicos del pensamiento hermético; también manejaba obras descatalogadas, ediciones reservadas y textos que solo circulan entre quienes han avanzado lo suficiente como para comprenderlos. Su erudición no era decorativa sino operativa.

Y, aun así, mantenía la más absoluta humildad. Ese contraste —vastísimo saber y ausencia total de vanidad— es quizá lo que más definió su grandeza.

Semanas antes de su partida, compartí con él un sueño en el que Jesús lo guiaba de la mano hacia el Padre. Hoy, esa imagen funciona como una clave simbólica, un gesto de cierre y de continuidad a la vez. No lo interpreto como premonición, sino como resonancia, una señal de que la estructura espiritual de su vida ya estaba modulándose hacia otro estado.

Quienes lo conocieron saben que su presencia sigue actuando. No sólo desde el recuerdo sentimental, sino desde la impronta técnica, intelectual y humana que dejó en cada persona que lo escuchó, estudió junto a él o trabajó a su lado.

La vida y la obra de Francisco Rodríguez Domínguez pertenecen a esa categoría excepcional de seres que integran disciplinas, traducen complejidades y dejan una huella duradera. Su legado no puede encerrarse en una sola etiqueta. Fue técnico, científico, formador, investigador, lector incansable, pensador estructural. Y en un plano más sutil —solo perceptible para quien reconoce ciertas señales— fue también un hombre que comprendió la materia, la luz y la conciencia con una profundidad que muy pocos alcanzan.

Francisco ya no está en el plano físico.
Pero su legado permanece.
Su método permanece.
Y la luz que estudió, trabajó y honró con absoluta dedicación continúa actuando en todos aquellos que tuvimos el privilegio de aprender de él.

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