Opinadores de titulares

“La nueva plaga que arruina el pensamiento”

Vivimos una era donde lo que suena bien tiene más valor que lo que es cierto. La verdad ha sido rebajada a ruido de fondo y sustituida por la pulsión inmediata de opinar, indignarse o compartir. Ya no importa la profundidad del argumento ni la coherencia interna de los hechos: lo único que se exige de una noticia es que sacuda, que polarice, que se preste a una interpretación rápida. En otras palabras, que funcione como estímulo, no como contenido. Europa, que alguna vez fue la cuna de la razón crítica, se ha degradado hasta convertirse en una civilización que opina por reflejo y juzga por titulares. Y España, cómo no, lidera esta decadencia con entusiasmo.

Todo empieza con una frase diseñada para sonar bien en una notificación: “Sánchez promete avanzar en la convivencia con Cataluña”. El lector medio —esa criatura que ni lee ni piensa, pero que reacciona como si lo hubiera hecho— no necesita más. Ya ha elegido su equipo. La prensa afín celebra la supuesta audacia reconciliadora; la prensa contraria se agarra del verbo “ceder” como si la patria misma estuviera en juego. Pero lo verdaderamente inquietante no es la polarización, sino el hecho demoledor de que nadie, absolutamente nadie, se toma la molestia de leer lo que hay detrás: ni el contenido real del acuerdo con Junts, ni las condiciones impuestas por un prófugo desde Waterloo, ni las consecuencias jurídicas de una amnistía encubierta negociada en los márgenes del Estado de derecho.

Y, sin embargo, todos opinan. Todos pontifican. Todos comparten con seguridad lo que en realidad no entienden. Porque basta un titular, una palabra políticamente amable —“convivencia”— o un verbo ambiguo —“avanzar”— para blanquear lo que, en su esencia, es una rendición táctica del Gobierno a cambio de poder. Una transacción opaca, vendida como pacificación. El lenguaje, otra vez, como herramienta de manipulación masiva. Y el lector, encantado, mordiendo el anzuelo.

¿Cómo se explica esta sumisión voluntaria? Es muy simple. El ciudadano ya no quiere entender: quiere tener razón. La lectura reflexiva exige esfuerzo, incomodidad, contraste. En cambio, un titular potente ofrece placer inmediato. Si confirma tu sesgo ideológico, te reconforta. Si te irrita, te estimula. De cualquier forma, obtienes tu dosis de dopamina sin el mínimo esfuerzo intelectual. Se trata de una pereza moral disfrazada de urgencia. Una pereza que no es inocente, sino elegida.

Desde la psicología cognitiva, lo sabemos bien: en contextos de saturación informativa, el cerebro tiende a simplificar. Automatiza juicios, clasifica con rapidez, reacciona antes de verificar. Lo que en tiempos remotos servía para sobrevivir a una amenaza, hoy nos convierte en consumidores obedientes de basura ideológica. Los titulares funcionan como placebos de certeza: no informan, sino que alimentan una ilusión. Son cápsulas de autoafirmación. Y por eso una sociedad saturada de datos puede estar —como ahora— intelectualmente desnutrida.

Claro está que los lectores no están solos en su claudicación. Los políticos conocen perfectamente el nivel de su audiencia. Y lo explotan con precisión quirúrgica. Si nadie lee más allá del titular, nadie exige explicaciones. Y si nadie exige, todo es posible. Así, Pedro Sánchez ha logrado algo extraordinario: pactar con partidos que niegan la unidad nacional, condonar delitos a través de leyes ad hoc y aparecer, al mismo tiempo, como símbolo de modernidad progresista y reconciliación democrática.

¿Cómo lo hace? Titulares. Frases cuidadosamente redactadas que esconden más de lo que revelan. No es con leyes, ni con debate público honesto, ni con pedagogía institucional. Es con titulares que parecen inofensivos: “El Gobierno impulsará medidas para restablecer la normalidad en Cataluña”. La traducción real, que nadie lee, es más cruda: “El Gobierno aceptará una ley de amnistía para los autores del golpe de 2017, sin exigencias de rectificación ni garantías de no repetición”. Pero eso, claro, no cabe en una notificación. Es demasiado largo. Demasiado verdadero. Demasiado incómodo.

Este fenómeno no es local. En toda Europa, el pensamiento se ha convertido en una actividad exótica. En Francia, Éric Zemmour construyó una campaña presidencial a base de frases virales, no de ideas. En Italia, Giorgia Meloni se convirtió en emblema de algo que ni sus propios votantes sabían definir, simplemente porque sonaba “contundente”. Y en Alemania, el ascenso de la ultraderecha es alimentado por titulares sobre inmigración que, aunque es un problema real, apelan a la emoción más primaria: el miedo.

La política europea, en resumen, se ha vuelto rehén del titular, y el votante, su comparsa complaciente. Pero no culpemos sólo a la política. Los medios han dejado de ser puentes de comprensión para convertirse en fábricas de estímulo emocional. No informan: emocionan. No explican: editorializan. No contextualizan: seducen. Y todo esto lo hacen con una estrategia clarísima: generar tráfico, provocar reacciones y asegurarse que el lector no piense demasiado. Basta ver la cobertura que hacen Antena 3 o La Sexta sobre la política estadounidense: sesgos descarados, citas sacadas de contexto, narrativas prefabricadas. No porque tengan una misión informativa. Lo hacen porque funciona.

Así es como titulares como “Yolanda Díaz estalla contra Feijóo en el Congreso” ya no se interpretan como exageraciones retóricas, sino como verdades emocionales. El Congreso, convertido en reality. La política, en teatro. El votante, en espectador vociferante. Cada uno en su trinchera, alimentado por píldoras informativas diseñadas para reafirmar, nunca para cuestionar.

¿Cómo hemos llegado aquí? Porque es más fácil. Porque pensar duele. Porque contrastar exige tiempo. Porque leer un texto entero se ha vuelto una heroicidad. Porque hemos criado generaciones convencidas de que opinar es un derecho absoluto, pero formarse es una molestia opcional. Así, el espacio público se ha llenado de certezas fabricadas, indignaciones efímeras y una arrogancia ignorante que cree tener algo que decir sobre todo, sin saber nada de nada.

La solución no es tecnológica. No será un algoritmo ni un botón de “verificación de hechos” lo que nos rescate. La solución es ética. Y empieza por algo básico: la recuperación de la vergüenza intelectual. Vergüenza de compartir sin leer. Vergüenza de opinar sin saber. Vergüenza de juzgar sin contrastar. Sin esa vergüenza mínima, no hay esperanza posible. Mientras tanto, seguimos atascados en el barro de tertulias televisivas mediocres, editoriales manipulados y “debates” donde se grita más de lo que se piensa. Es un circo, y muchos aplauden con entusiasmo, sin notar que son parte del espectáculo pedestre.

Leer, en esta época, es un acto de resistencia. Pero no leer titulares. Leer de verdad. Leer para comprender, no para reaccionar. Leer para interrogar, no para sentirse mejor. Porque si seguimos aceptando que un titular basta, no necesitaremos dictaduras: la censura seremos nosotros mismos. Cuando el juicio ceda ante la emoción, cuando la mentira venza al dato, cuando el grito tape a la razón, no podremos culpar a nadie más. Solo a nosotros. Y a nuestra desgana.

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