Es endiabladamente curioso —y acaso inevitable— que los Estados, bajo la apariencia de la diplomacia y el comercio, se consagren a la ingeniería de su dominio mediante la creación de infraestructuras que no sólo transportan mercancías, sino que transportan obediencias. Mientras millones de ciudadanos —esas ovejas modernas— se abandonan al consuelo mecánico de los noticieros, fascinados por la coreografía de bombas que iluminan la noche y por la retórica fanfarrona de los dirigentes que prometen gloria o ruina, se está gestando en silencio un orden nuevo, más determinante que cualquier tratado y más frío que cualquier misil.
En los sótanos donde se redactan los contratos de redes eléctricas, corredores ferroviarios y plataformas digitales, se deciden los destinos con la indiferencia del que talla un mapa sobre piedra. Cuando ese trazado concluya, ni un solo país podrá fingir que es libre, porque todas las llaves habrán cambiado de mano.
Y no digan que no fue anunciado, porque está escrito: “Y sobre la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán” (Lucas 21:25–26).
Tal es el designio que se cierne sobre este siglo: un poder que no necesita declararse, porque se ejerce desde las arterias invisibles que mantienen con vida a las naciones.
La actual coyuntura geopolítica no puede comprenderse exclusivamente a través de los paradigmas clásicos de la confrontación militar directa. En la evolución reciente del sistema internacional, asistimos a un proceso de competencia estratégica que se materializa en la captura y la administración de redes críticas de interdependencia. Este fenómeno redefine la noción de soberanía y cuestiona la vigencia de los enfoques tradicionales de seguridad nacional.
Desde una perspectiva sistémica, puede observarse que las grandes potencias articulan su proyección de poder mediante un conjunto de instrumentos que trascienden el uso convencional de la fuerza. Entre estos instrumentos destacan:
a) La inversión en infraestructura transnacional.
b) La creación de plataformas digitales capaces de recolectar información estratégica.
c) La financiación condicionada de proyectos logísticos.
d) La normalización de estándares tecnológicos que generan dependencia estructural.
A continuación, describo algunos de los principales actores y las lógicas que orientan su comportamiento:
China: la conectividad como vector de poder estructural
La República Popular China ha promovido la iniciativa de la Franja y la Ruta como un mecanismo de proyección geoeconómica que le permite articular corredores ferroviarios, puertos marítimos, sistemas de pagos digitales y redes de telecomunicaciones bajo un mismo esquema de gobernanza. Su acercamiento a Turquía responde a una motivación estratégica esencial: diversificar los accesos a Europa por vías terrestres que no dependan del espacio ruso y que puedan esquivar, en caso de conflicto, los bloqueos navales estadounidenses en el Índico y el Pacífico. Pekín considera a Turquía el enclave idóneo para conectar Asia Central con los Balcanes y consolidar un corredor que funcione como ruta comercial y vía de influencia política.
Al mismo tiempo, China explora acuerdos con Irán para garantizar que su acceso energético no dependa exclusivamente de Estrecho de Malaca ni de Oriente Medio controlado por bases estadounidenses. De este modo, cada inversión en infraestructura es también un seguro contra embargos y una red de vigilancia comercial.
Rusia: preservación del monopolio energético y desconfianza pragmática
La Federación Rusa percibe la expansión logística china como una amenaza a su tradicional rol de suministrador insustituible de gas y petróleo hacia Europa. Aunque Moscú mantiene una alianza táctica con Pekín en foros multilaterales, su estrategia es de contención preventiva. El Kremlin no ayudó activamente a Irán frente a los ataques occidentales e israelíes porque entendía que el debilitamiento relativo de Teherán fortalecía su posición de proveedor energético y reducía el margen de maniobra de China en la región.
Para Rusia, Irán es un socio de conveniencia, no un aliado estratégico por el que merezca arriesgar su propia capacidad de veto. A cambio, Moscú reserva su proyección directa de poder en zonas que considera vitales para su seguridad nacional, como Ucrania y el Cáucaso, mientras tolera la fragmentación de Oriente Medio siempre que no erosione su influencia sobre los corredores energéticos.
Turquía: ambición de bisagra y el precio de la sobreexposición
Turquía ha establecido una política exterior de geometría variable que le permite operar simultáneamente como aliado de la OTAN, socio energético de Rusia y socio comercial de China. Su aspiración consiste en convertirse en el nodo logístico indispensable entre Asia y Europa, un papel que le reporte influencia y rentas políticas.
La razón por la que Ankara acepta inversiones chinas en ferrocarriles y satélites es su obsesión por blindar su condición de corredor preferente, mientras reduce la dependencia de proveedores europeos. Sin embargo, esta duplicidad tiene un coste: a ojos de Washington, Turquía es un socio imprevisible; a ojos de Moscú, un competidor que facilita rutas que reducen el poder ruso sobre Asia Central. Y para China, un aliado instrumental que puede ser reemplazado si se vuelve problemático.
Irán: la fortaleza fingida del aislamiento
Irán ha convertido su aislamiento en un activo negociador. Al permitir que capital chino fluya hacia puertos, refinerías y líneas férreas, busca liquidez y garantías de supervivencia. Sin embargo, su debilidad estructural quedó de manifiesto cuando Rusia decidió no interceder a su favor, prefiriendo preservar la relación con Israel y Arabia Saudí como contrapeso. En esta ecuación, Teherán es más un terreno de maniobra que un actor con capacidad real de fijar límites.
Estados Unidos: la fragmentación como doctrina
La política exterior de Estados Unidos ha evolucionado hacia la contención indirecta. Washington no se propone destruir la influencia china, sino impedir que Eurasia constituya un bloque coherente. De ahí que se recupere la influencia sobre infraestructuras críticas como el Canal de Panamá —estratégico para la proyección naval y el tránsito de mercancías que alimentan el consumo interno— y que se ataque de forma decidida la amenaza de los hutíes en el Mar Rojo, cuyas acciones podían encarecer el flujo energético y otorgar a China argumentos para reforzar rutas alternativas.
Para la Casa Blanca, el principio es claro: ningún corredor terrestre o marítimo debe quedar bajo control exclusivo de China o Rusia.
Israel: fuerza como coartada de supervivencia
Israel proyecta poder militar sobre Irán no sólo para neutralizar amenazas nucleares, sino para reafirmar su disuasión ante un contexto regional que se deteriora. Sin embargo, esta estrategia conlleva un costo reputacional creciente, que erosiona su legitimidad en Occidente. Paradójicamente, cuanto más necesita demostrarse fuerte, más expone su vulnerabilidad diplomática.
Europa: la interdependencia que paraliza
La Unión Europea constituye el ejemplo más revelador de una potencia económica cuya capacidad de influencia política permanece restringida por condicionantes estructurales. Su prolongada dependencia energética respecto de Rusia y su creciente exposición tecnológica frente a China la sitúan en un estado de interdependencia que, en la práctica, desactiva cualquier pretensión de autonomía estratégica efectiva. En este contexto, se comprende la premura con la que Estados Unidos exige a sus socios europeos que incrementen sustancialmente —hasta un umbral cercano al 5% del PIB— sus inversiones en capacidades tecnológicas y militares. No se trata únicamente de reforzar su defensa convencional, sino de garantizar que la UE disponga de medios autónomos para operar en un entorno geopolítico cada vez más volátil y competitivo.
Visión prospectiva
Los próximos años se definirán por la intensificación de esta disputa sistémica que trasciende las confrontaciones convencionales. La soberanía de los Estados ya no se medirá por el tamaño de su territorio ni por la magnitud de sus arsenales nucleares, sino por quién sea capaz de poseer, condicionar y administrar los corredores logísticos y digitales que alimentan las economías y preservan la cohesión social.
La incógnita más determinante no radica en dilucidar si China o Estados Unidos consolidarán finalmente su primacía, sino en saber si las sociedades tendrán la lucidez, la voluntad y el coraje de interrogar qué se negocia en su nombre mientras contemplan las llamas en las pantallas. Porque es en esos contratos, más que en las trincheras o en los titulares, donde se juega el verdadero destino del siglo XXI.
