En las complejas estructuras de poder donde el secreto es norma y la ambigüedad una herramienta de gobierno, los signos más elocuentes no provienen de lo que se afirma, sino de lo que se omite. En los últimos días, los observadores atentos de la política china han detectado una serie de discontinuidades, aparentemente menores, que en realidad configuran un patrón estructural de suma gravedad: el régimen de Xi Jinping, concentrador, personalista y centralizador, parece haber entrado en una fase de descomposición funcional.
Durante más de una década, el liderazgo chino consolidó un proyecto vertical, ideologizado, cuyo núcleo operativo descansaba en la figura de un solo hombre. Esa arquitectura, construida sobre la promesa de estabilidad y eficacia tecnocrática, está hoy sumida en una crisis perceptible no por lo que se proclama, sino por lo que ha dejado de ocurrir. La cancelación sin explicación del politburó mensual, la ausencia inusualmente prolongada del propio Xi en los medios oficiales, y una sucesión de decesos y relevos en áreas de seguridad estratégica —incluida la abrupta muerte del general Shu— constituyen indicadores inequívocos de que el aparato ha entrado en fase de recalibración.
El Partido Comunista Chino, que históricamente ha evitado cualquier exposición pública de su disenso interno, parece estar gestionando una transición de poder sin proclamarla. No hay tanques en las calles, ni declaraciones oficiales, ni rupturas ideológicas manifiestas. Pero los movimientos subterráneos, las señales diplomáticas y los reacomodos en áreas críticas como Hong Kong y Taiwán indican una lógica de desplazamiento no violento, pero profundamente sistémico. Lo que presenciamos no es una revolución, sino una sustitución ritual del mando.
En este contexto, se presenta la figura de Wang Yang que representa algo más que una solución de compromiso. Se perfila como un intento del partido de reequilibrar su relación con el mundo y consigo mismo. Su reputación de pragmatismo, apertura y moderación lo convierte en el candidato ideal para ejecutar una restauración tecnocrática del orden sin comprometer la continuidad institucional del partido. La negativa inicial de Wang a asumir el liderazgo —argumentando razones de procedimiento más que de fondo— debe interpretarse como parte del ceremonial del poder en sistemas donde la renuncia refuerza la legitimidad del llamado.
Es crucial subrayar que esta transición no equivale a una democratización del régimen. Se trata de un realineamiento estratégico. El liderazgo que suceda a Xi, cualquiera sea su nombre, no gobernará bajo premisas liberales, sino bajo una lógica de contención del desorden y reposicionamiento geoestratégico. La prioridad inmediata será restaurar la credibilidad del aparato estatal, frenar la desaceleración económica y normalizar relaciones exteriores que, bajo el mandato anterior, oscilaron entre la confrontación y la disonancia.
La muerte simbólica de Xi —política antes que biológica— es la expresión última de un error estructural: el intento de someter un sistema de balances y facciones a la lógica del poder personal absoluto. Al final, la maquinaria que lo elevó es la misma que lo ha comenzado a desactivar. El PCCh no destruye a sus caudillos; los diluye en su propia inercia.
La historia del poder en China no es lineal ni transparente. Avanza por capas, codificada, enmascarada por símbolos, rituales y silencios. Pero cuando los silencios se tornan más elocuentes que los discursos, y cuando la ausencia de un líder pesa más que su presencia, el mensaje es claro: el emperador, aún vestido, ya no gobierna.
Así opera el poder en los imperios milenarios: sin ruido, sin sangre, pero con una contundencia que sólo los siglos comprenden.
