En política, los errores no mueren. Se heredan. Se acumulan. Y, cuando no se aprenden, se repiten con consecuencias mayores. Alberto Núñez Feijóo ha reincidido en una serie de decisiones que no solo erosionan su perfil como alternativa de poder, sino que lo alejan —de manera estructural— de cualquier posibilidad real de mayoría absoluta.
El primer error, aparentemente lejano, pero hoy de plena vigencia, fue su alineamiento simbólico con Kamala Harris durante la campaña presidencial en la que Donald Trump ganó. Un gesto ideológico innecesario, imprudente y diplomáticamente inaceptable. En lugar de mantener la neutralidad que exige la política exterior de un país serio, Feijóo y su portavoz, Cuca Gamarra, optaron por tomar partido en una contienda ajena. Hoy, con Trump revalidado en la Casa Blanca, ese gesto no solo es recordado: se ha convertido en un lastre operativo. La administración republicana no olvida y además sabe lo que sucede en Europa hasta niveles insospechados.
El segundo error, más reciente pero igual de revelador, ha sido el apoyo explícito de Feijóo a Pedro Sánchez frente a los nuevos aranceles impuestos por Trump a productos europeos y españoles. En vez de ofrecer una respuesta autónoma, nacional y estratégica, el líder del Partido Popular ha elegido el seguidismo institucional. Un acto de debilidad narrativa que lo sitúa como acompañante, no como alternativa. El resultado es demoledor: el votante deja de percibir contraste, y el adversario deja de considerarte relevante.
Como advirtió Hegel, la única lección de la historia es que no aprendemos de ella. Y Feijóo parece empeñado en repetirla. La política exterior no es un escenario para gestos bienintencionados ni para cortesías bipartidistas: es el espacio donde se mide la capacidad de proyección real de un liderazgo.
Rajoy abandonó el Congreso tras la moción de censura sin decir palabra, dejando un bolso en el escaño como único testimonio físico de su salida del poder. No cayó por escándalo ni por traición personal. Cayó por desactivación y por la deslealtad política del PNV, que percibió su debilidad. Donde antes vieron un socio estable, observaron un presidente agotado. Y en política, cuando se huele la caída, los aliados son los primeros en soltar la mano.
Feijóo transita por esa misma senda: con igual cortesía, con un clima de estabilidad que evita el conflicto, con una voluntad constante de proyectar sensatez… pero también con el riesgo latente de diluirse sin haber librado una verdadera batalla política.
Como escribió Hobbes, el poder no se basa en la verdad, sino en la reputación de poder. Esa reputación no se construye con prudencia retórica ni con gestos de buena voluntad: se gana ejerciendo autoridad, marcando agenda, proyectando fuerza. En política exterior, parecer débil es ser débil. Y quien aspira a liderar un país no puede permitirse esa percepción.
La mayoría absoluta no se esfuma por desgaste: se desvanece cuando el liderazgo se desdibuja. Feijóo aún está a tiempo de elegir entre el cálculo y el coraje, entre el discurso complaciente y la decisión que incomoda. Pero la historia —como la geopolítica— no espera a quienes dudan.
