Hay una verdad que pocos se atreven a decir en voz alta: la realidad no es un juguete en manos del poder. No importa cuánto lo intenten, ningún gobierno, por más omnipotente que parezca, puede dictar completamente lo que es real. Claro, pueden moldear percepciones, distorsionar la narrativa y censurar voces disidentes. Pueden inundar el espacio público con propaganda, reescribir la historia y castigar el pensamiento crítico. Pero al final, la realidad siempre se abre paso.
Si les dijera que la realidad es tanto objetiva como subjetiva, podría sonar contradictorio. Sin embargo, esa es la esencia del dilema. Karl Popper nos enseñó que el conocimiento progresa a través del cuestionamiento constante, mientras que el postmodernismo de Jean-François Lyotard sugiere que la realidad es un conjunto de relatos en competencia. Aquí radica la trampa: los gobiernos pueden influir en la percepción colectiva, pero nunca monopolizarla. Si lo intentan, generan resistencia, y la verdad -esa molesta intrusa- termina revelándose, una y otra vez. Por ejemplo, ese es el error del duopolio español de Telecinco y Antena3 con noticieros que omiten datos, unos más sutilmente que otros.
Michel Foucault habló de la “biopolítica”, la forma en que el Estado regula no solo nuestras acciones, sino también nuestra percepción del mundo. Sin embargo, por mucho que un gobierno intente administrar la realidad, la disidencia siempre encuentra grietas para filtrarse. Orwell lo retrató magistralmente en 1984: un Estado totalitario que controla la información y define la verdad de sus ciudadanos. Pero incluso en ese mundo opresivo, Winston Smith no puede evitar ver la verdad.
Los hechos existen, aunque los gobiernos intenten disfrazarlos. Un ejemplo claro de ello es la censura y tergiversación de datos en regímenes autoritarios. Durante el mandato de Stalin en la Unión Soviética, se modificaron estadísticas agrícolas para ocultar los efectos devastadores de la colectivización forzada. Mientras el gobierno aseguraba que la producción de grano crecía, millones morían en la hambruna. Pero la realidad no se doblega ante la narrativa: la hambruna del Holodomor quedó registrada en documentos, testimonios y análisis históricos, desmantelando con el tiempo las falsedades impuestas por el Estado. Carl Sagan nos advirtió sobre el peligro de una sociedad que abandona el pensamiento crítico, y su predicción resuena hoy con una urgencia aterradora.
Berger y Luckmann afirmaron que la realidad es una construcción social, y en la era digital, los medios de comunicación juegan un papel crucial en esa construcción. Noam Chomsky denunció la “fabricación del consenso” por parte de los medios dominantes, que filtran la información según intereses económicos y políticos. Pero el Internet también ha democratizado el acceso al conocimiento, desafiando las narrativas oficiales. Por este motivo, los estados europeos en su desesperación intentan establecer medidas para controlar las plataformas digitales. Ejemplos de ello son la Ley de Servicios Digitales de la Unión Europea, que impone restricciones en la difusión de información en redes, y los constantes intentos de censura a contenidos considerados políticamente inconvenientes. Porque realmente, en el fondo, son tan débiles que unas voces aisladas les aterran.
El cine y la literatura lo han ilustrado una y otra vez: The Truman Show (El Show de Truman, 1998) expone la ilusión de una realidad controlada hasta que el protagonista descubre la verdad y escapa. En Blade Runner (1982), los replicantes luchan por definir su propia realidad, en un mundo donde la línea entre lo real y lo fabricado es difusa.
Si ningún gobierno puede dictar completamente la realidad, la responsabilidad de discernir la verdad recae en cada uno de nosotros. No podemos darnos el lujo de ser cómplices pasivos de la manipulación. La solución está en el pensamiento crítico, en la educación basada en hechos, en el acceso a múltiples fuentes de información. La lucha real es por nuestra mente. La resistencia no es solo un acto político, sino una obligación moral por evitar que nos impongan una narrativa, una realidad.
Las dictaduras caen, las mentiras se desmoronan y la historia, tarde o temprano, cobra sus facturas. Podemos ser engañados temporalmente, pero la verdad tiene una forma implacable de salir a la luz. En un mundo donde las narrativas están en constante disputa, el mayor acto de rebeldía es cuestionar, investigar y, sobre todo, pensar por nosotros mismos.
El gobierno puede intentarlo, pero nunca podrá dictar la realidad. Esa es la verdad que nadie quiere que sepas, y ahora que la conoces, ¿qué harás con ella?
