Ucrania, Rusia y la nueva realpolitik de Washington

La historia de la diplomacia es, en esencia, la historia del poder en busca de equilibrio. Desde el 20 de enero, con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Washington ha redefinido su estrategia en Ucrania, ajustándola a una premisa ineludible: Estados Unidos no sostendrá indefinidamente un esfuerzo de guerra que Europa no está dispuesta a respaldar con recursos proporcionales y una visión estratégica coherente.

Desde el inicio del conflicto, Washington ha asumido el peso principal del apoyo a Kiev, canalizando más de 75 mil millones de dólares en asistencia militar, económica y humanitaria. En contraste, Europa ha mantenido una postura titubeante, caracterizada por gestos simbólicos, promesas incumplidas y una ejecución operativa marcada por la lentitud y la falta de cohesión.

La retórica de compromiso inquebrantable de las capitales europeas ha chocado con una realidad incómoda: cuando se han requerido sacrificios concretos, la respuesta ha sido insuficiente y, en algunos casos, ridícula. 

Los ejemplos abundan y son elocuentes:

  • Alemania, al inicio de la guerra, envió 5000 cascos a Ucrania, cuando lo que Kiev solicitaba eran armas y municiones. El gesto no solo fue visto como una burla, sino que evidenció la parálisis de Berlín ante el nuevo paradigma de seguridad en Europa.
  • España comprometió el envío de tanques Leopard 2A4, pero al llegar a Ucrania se descubrió que muchos estaban oxidados y prácticamente inoperativos, reflejando la precariedad del esfuerzo europeo para dotar a Kiev de material bélico eficaz. Por otra parte, en 2023, se convirtió en el principal importador de GNL ruso en la Unión Europea, con 5.210 millones de metros cúbicos importados entre enero y septiembre de ese año.Aunque en 2024 las importaciones totales de gas en España disminuyeron un 28%, el país, junto con Francia y Bélgica, fue responsable del 85% del GNL ruso que ingresó a la UE.
  • Francia y Alemania prometieron misiles y municiones, pero la entrega ha sido esporádica y retrasada por la burocracia europea, afectando la capacidad operativa ucraniana en momentos críticos.
  • Italia y otros países europeos han impuesto restricciones en el uso del armamento enviado, prohibiendo que se utilice en territorio ruso, una limitación que diluye su efectividad en el campo de batalla.

Mientras tanto, Estados Unidos ha proporcionado los sistemas de armas más avanzados—HIMARS, misiles Patriot, tanques Abrams—y ha liderado la logística que ha permitido a Ucrania sostener su esfuerzo bélico. Pero con la nueva administración en Washington, este nivel de apoyo ya no es sostenible sin un compromiso proporcional de los europeos. 

La falta de iniciativa estratégica por parte de Europa no es un fenómeno nuevo. Durante la guerra en los Balcanes en la década de los 90, las potencias europeas fueron incapaces de detener la agresión de Slobodan Milosevic, hasta que Estados Unidos decidió intervenir militarmente en Kosovo. La lección de entonces fue clara: Europa no puede delegar su seguridad en Washington y esperar que la Casa Blanca actúe cuando sus propias estructuras de defensa fracasen.

Sin embargo, en el presente conflicto, Europa parece haber ignorado esa lección. La falta de una capacidad autónoma de defensa y el retraso en la modernización de su industria militar han generado una dependencia crónica de Estados Unidos. No ha habido un incremento sustancial en el gasto en defensa, ni un esfuerzo concertado para desarrollar una infraestructura de seguridad capaz de sostener un conflicto prolongado sin la intervención de Washington.

Si la administración Trump reduce o retira significativamente la asistencia militar a Ucrania, la verdadera prueba recaerá sobre Berlín, París y Bruselas. ¿Serán capaces de sostener a Ucrania con sus propios recursos o seguirán esperando una intervención de Washington que ya no llegará?

Si Europa no reacciona con rapidez y decisión, los escenarios futuros son previsibles:

  1. Un acuerdo de paz impuesto, en el cual Ucrania se verá obligada a ceder Crimea y parte del Donbás, consolidando la influencia de Moscú y sentando un precedente donde la agresión territorial se recompensa.
  1. Una ofensiva renovada de Rusia, que podría buscar expandir su control más allá del Donbás si percibe que la resistencia ucraniana se debilita por la falta de apoyo occidental.
  1. El colapso de la credibilidad de la OTAN, dejando en evidencia que, sin la intervención estadounidense, la seguridad europea es una estructura sin cimientos sólidos.

La seguridad en Europa ya no puede sostenerse sobre la premisa de que Estados Unidos asumirá indefinidamente la responsabilidad de proteger el continente. Durante décadas, los gobiernos europeos han reducido sus presupuestos en defensa, priorizando el bienestar económico interno y confiando en el paraguas estratégico de Washington. Mientras los ciudadanos estadounidenses enfrentan el sistema de salud más costoso del mundo y una carga fiscal considerable, sus aliados europeos han disfrutado de niveles de vida elevados sin asumir el costo real de su seguridad.

Esta realidad, políticamente insostenible, ha sido el catalizador del cambio en Washington. La administración Trump ha dejado claro que el tiempo de los subsidios estratégicos ha terminado. Estados Unidos ya no puede permitirse financiar la defensa de aliados que, aunque declaran su compromiso con la estabilidad global, han evitado asumir sus propias responsabilidades. 

El conflicto en Ucrania no solo determinará el futuro del país invadido, sino que definirá el lugar de Europa en el orden mundial. Si las capitales europeas no responden con la firmeza que la situación exige, quedará demostrado que su influencia es meramente declarativa y que su capacidad de acción está subordinada a factores externos.

La seguridad no puede ser un concepto abstracto, sostenido en discursos y cumbres diplomáticas. Debe traducirse en decisiones, recursos y voluntad política, elementos que Europa ha evitado confrontar durante demasiado tiempo.

Estados Unidos ha llegado al punto en el que su política exterior ya no girará en torno a sostener aliados que no sostienen su propio destino. La guerra en Ucrania es un punto de inflexión: o Europa asume su responsabilidad estratégica, o quedará atrapada en la sombra de su propia indecisión.

La historia ha demostrado que las naciones que delegan su seguridad en otros terminan pagando un precio mayor en el futuro. La pregunta, como siempre en la política internacional, no es si habrá un nuevo orden, sino quién lo definirá y en qué términos.

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