¿Has sentido alguna vez que la vida corre tan rápido que apenas puedes tomar aliento? Como si estuvieras atrapado en un ciclo interminable de expectativas, agotado de intentar alcanzar algo que siempre parece fuera de tu alcance. Es esa sensación de estar corriendo en una rueda que no se detiene, esforzándote al máximo pero sin avanzar realmente. Tal vez has sentido el peso de un mundo que exige resultados inmediatos, un mundo que aplaude lo grande y visible, mientras desprecia lo sencillo, lo discreto, lo que no brilla a primera vista. Pero quiero compartir contigo algo que ha cambiado mi manera de ver la vida, algo que me ha llenado de propósito y esperanza: no se trata de grandes saltos, sino de pequeños pasos. Pasos fieles, constantes, guiados por Dios, que en Su tiempo perfecto, transforma lo pequeño en algo extraordinario.
Cuando Jesús habló del grano de mostaza en Mateo 13:31-32, nos dejó una enseñanza profunda y llena de esperanza. Ese pequeño grano, tan diminuto que apenas se nota, tiene dentro de sí el poder de crecer hasta convertirse en un árbol robusto que da sombra y refugio a las aves del cielo. Así es nuestra fe. Así es nuestra vida. Lo pequeño, lo insignificante a nuestros ojos, puede convertirse en algo grandioso cuando lo ponemos en manos de Dios. Pero aceptar esto no siempre es fácil, porque vivimos en una cultura que idolatra la velocidad, la grandeza y los logros inmediatos. Nos bombardean con mensajes que nos dicen que no somos suficientes hasta que alcanzamos algo “importante”. Nos hacen creer que solo lo visible tiene valor. Pero esas expectativas, si no tenemos cuidado, nos roban la paz y nos llenan de ansiedad. Nos empujan a correr sin sentido, olvidando que la verdadera transformación no ocurre de golpe, sino paso a paso, en la fidelidad de lo cotidiano.
Jesús nunca nos llamó a la prisa. Él nunca nos pidió que cargáramos con las expectativas del mundo. En Lucas 16:10, nos recuerda con palabras que resuenan en el alma: “El que es fiel en lo poco, también en lo más es fiel». Esta no es solo una enseñanza, es una promesa. Una promesa que nos asegura que nuestros pequeños esfuerzos, cuando están hechos con fe y amor, tienen un impacto eterno. Cada acto, por pequeño que sea, tiene valor cuando lo hacemos en Su nombre.
Recuerdo las palabras de Tolstói en Ana Karenina: “El secreto de la felicidad no está en buscar más, sino en desarrollar la capacidad de disfrutar con menos”. Esa búsqueda constante de “más” que el mundo nos exige no nos lleva a la satisfacción, sino a una ansiedad insaciable, a una carrera interminable hacia algo que nunca parece suficiente. Nos compararnos con los demás, incluso dentro de nuestras comunidades de fe, y nos preguntamos: ¿Estoy avanzando lo suficiente? ¿Estoy cumpliendo con lo que otros esperan de mí? Pero Dios nunca nos mide con esas expectativas. Él no nos compara con nadie más. Él nos invita a caminar con Él, paso a paso, confiando en que lo que hacemos, por pequeño que sea, tiene un propósito eterno en Sus manos.
Me viene a la mente Thomas Mann, quien dedicó doce años a escribir La montaña mágica. Doce años de pequeños pasos, de paciencia y de constancia, que culminaron en una obra maestra. Él escribió: “El tiempo es un regalo… pero únicamente si sabemos cómo vivirlo”. Estas palabras, junto con las enseñanzas de Jesús y Tolstói, nos invitan a valorar lo pequeño, a abrazar el proceso, y a confiar en que, en el tiempo perfecto, todo encuentra su propósito.
A veces, en este viaje, me he encontrado chocando con una pared. Una pared construida con las expectativas sociales, con la presión de ser “exitoso”, con la impaciencia de querer llegar más rápido. Pero en esos momentos, Dios me recuerda que los pequeños pasos no son insignificantes. La psicología moderna lo confirma: los progresos graduales, sostenidos con constancia, son los que generan los cambios más profundos y duraderos. Nuestro cerebro, diseñado por Dios, está hecho para celebrar las pequeñas victorias. Cada vez que logramos algo, por pequeño que sea, liberamos dopamina, esa chispa que nos impulsa a seguir avanzando. Así que no necesitamos abarcarlo todo de una vez; lo importante es comenzar, aunque sea con un paso pequeño.
Dios siempre ha trabajado a través de procesos. Mira la vida de José, quien pasó años como esclavo y prisionero antes de convertirse en el líder de Egipto (Génesis 37-41). Piensa en David, ungido como rey siendo joven, pero que esperó años para ocupar el trono. Incluso Jesús, el Hijo de Dios, dedicó treinta años a prepararse antes de iniciar Su ministerio. En un mundo que idolatra la rapidez, Dios nos muestra que los procesos son sagrados. Lo importante no es solo el destino, sino lo que ocurre dentro de nosotros mientras caminamos. Es en esos momentos de espera, en esos pasos pequeños y aparentemente insignificantes, donde Dios nos moldea, nos transforma y nos enseña a confiar más profundamente en Su propósito.
C.S. Lewis, en Mero Cristianismo, escribió algo que resuena profundamente: “Las pequeñas decisiones que tomamos cada día nos están convirtiendo, poco a poco, en algo celestial o en algo infernal». Cada pequeño paso cuenta. Dedicar cinco minutos a la oración, meditar en un versículo de la Biblia, ofrecer una sonrisa o una palabra amable a alguien que lo necesita. Estos gestos, aunque parezcan insignificantes, son semillas que Dios utiliza para hacer crecer algo mucho mayor de lo que podemos imaginar.
Confieso que a veces he dudado de que mis pequeños esfuerzos sean suficientes. Pero en esos momentos, Dios me recuerda Su promesa en Zacarías 4:10: “No desprecien los modestos comienzos, porque el Señor se regocija al ver que el trabajo comienza». Esa verdad es liberadora. No necesitamos tener todo resuelto ni llegar al final de inmediato. Solo necesitamos dar el próximo paso y confiar en que Él está con nosotros en cada momento.
Hoy quiero extenderte la mano e invitarte a caminar conmigo en este viaje de pequeños pasos. No importa cuánto falte para alcanzar tus metas, ni cuán insignificantes te parezcan tus esfuerzos. Dios ve cada paso que das. Dios celebra cada pequeño acto de fe y dedicación que haces. Él, que sembró un universo entero a partir de la nada, puede tomar lo humilde de tus manos y transformarlo en algo extraordinario. Como el grano de mostaza que crece hasta convertirse en un árbol que da refugio, cada pequeño acto tiene el potencial de convertirse en algo grandioso cuando lo pones en Sus manos.
Abraza el proceso. Es en lo cotidiano, en lo sencillo, donde las grandes obras de Dios toman forma. Y recuerda: nunca, nunca estás solo. A cada paso, Él camina contigo, guiándote, sosteniéndote, celebrando tu fe. Este es el camino que Dios ha trazado para ti. Y cuando lo recorremos con humildad y confianza, descubrimos algo más grande, más profundo y más hermoso de lo que jamás podríamos imaginar. No temas lo pequeño, porque en ello, Dios está escribiendo algo eterno.
