Alinearse con la felicidad verdadera y los valores eternos

Vivimos en una época marcada por avances tecnológicos y un materialismo que ofrece más de lo que habríamos imaginado hace apenas unas décadas. Sin embargo, este progreso externo contrasta con una inquietante realidad interna: mientras nuestras vidas se llenan de comodidades, nuestros corazones y mentes parecen cada vez más vacíos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 280 millones de personas en el mundo sufren depresión, y las tasas de ansiedad se han disparado un 25% desde el inicio de la pandemia de COVID-19. Estos datos no son simples cifras; son un reflejo de un problema más profundo: hemos perdido el contacto con aquello que da sentido verdadero a la vida.

No es casualidad que las Escrituras nos alerten sobre esta desconexión. Proverbios 17:22 proclama que “El corazón alegre constituye buen remedio; mas el espíritu triste seca los huesos”. Este mensaje, tan antiguo como universal, nos recuerda que la calidad de nuestra experiencia de vida no depende tanto de las circunstancias externas como de lo que cultivamos en nuestro interior. Nuestra verdadera sanación no está en el exterior, sino en una transformación que comienza en el corazón, iluminado por la gracia divina.

La desconexión surge cuando confundimos el ruido del mundo con la voz de nuestra alma. En nuestra búsqueda de éxito, poder y validación, nos hemos alejado de aquello que nuestra naturaleza espiritual realmente necesita: conexión con lo eterno. Jesús mismo nos advierte en Mateo 16:26: Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? Este llamado no es una advertencia lejana; es una invitación a examinar cómo vivimos nuestras vidas.

Autores contemporáneos como Eckhart Tolle también han reflexionado sobre esta desconexión. En su obra El Poder del Ahora, Tolle señala: “La vida siempre está en el ahora. Es solo cuando abandonamos el momento presente que surge el sufrimiento”. Esta perspectiva, aunque moderna, se alinea profundamente con el llamado de las Escrituras a encontrar paz y propósito en Dios, el único que habita más allá del espacio y tiempo.

Un ejemplo cotidiano de esta desconexión es nuestra relación con las redes sociales. Publicamos fotos, buscamos “me gusta” y, por un momento fugaz, sentimos una chispa de satisfacción. Pero esa sensación se desvanece rápidamente, dejando tras de sí un vacío aún más profundo. Al igual que el rico insensato de la parábola que acumulaba tesoros en sus graneros (Lucas 12:16-21), llenamos nuestras vidas con placeres pasajeros y olvidamos que solo el tesoro eterno satisface plenamente.

La verdadera alegría, nos enseña que la fe, no puede hallarse en el aplauso externo ni en los logros materiales. Es un fruto del Espíritu, una bendición que brota cuando cultivamos una vida enraizada en la oración, la gratitud y la confianza en Dios.

Las dificultades, sin embargo, son inevitables. Todos enfrentamos pruebas, momentos de sufrimiento y desafíos que nos sacuden hasta los cimientos. Pero aquí radica una elección profunda: podemos permitir que estas experiencias nos derroten o podemos utilizarlas como herramientas para crecer en la fe y la fortaleza espiritual. Santiago 1:2-3 nos invita a ver las pruebas como oportunidades: “Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando estén pasando por diversas pruebas. Bien saben que, cuando su fe es puesta a prueba, produce paciencia”.

Pensemos en una semilla enterrada en la tierra. Desde la superficie, parece que ha sido sumergida en la oscuridad, aplastada por el peso del suelo. Sin embargo, desde dentro, esa semilla germina, encuentra la fuerza para romper la tierra y convertirse en algo nuevo. Así también nosotros, al enfrentar el sufrimiento con fe, podemos transformarlo en sabiduría y gracia.

Pero, ¿cómo podemos mantener esta perspectiva en medio de la vorágine de la vida? La clave está en la quietud. El Salmo 46:10 nos exhorta: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios; seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra”. Este llamado a la quietud no es un mero descanso, sino una invitación a habitar en la presencia divina. En el silencio de la oración, encontramos un refugio donde el ruido del mundo se apaga, y podemos escuchar la voz de Cristo que nos guía.

Practicar esta quietud puede ser tan sencillo como dedicar unos minutos cada día a contemplar la obra del Creador y reconocer Su mano en todo lo que nos rodea. Imagina sentarte al amanecer, observando cómo el cielo se ilumina con tonos mientras escuchas el canto de los pájaros. En esos momentos, puedes elevar tu corazón en una oración silenciosa, agradeciendo por la belleza que Dios nos regala y permitiendo que Su paz descienda sobre ti. Así, recuerdas que estás sostenido por la amorosa providencia de un Padre celestial que cuida de ti con ternura infinita, incluso en medio de las preocupaciones cotidianas.

Sin embargo, demasiadas veces culpamos a otros o a las circunstancias por nuestra infelicidad. Gálatas 6:7 nos recuerda: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. Si sembramos resentimiento, amargura o miedo, nuestra vida reflejará esas sombras. Pero si elegimos sembrar gratitud, confianza y amor, cosecharemos frutos de paz y gozo. Este cambio de enfoque no es fácil, pero es el camino hacia una libertad que solo Dios puede ofrecer.

La vida no está diseñada para ser soportada como una carga. Está destinada a ser vivida en plenitud, no con base en logros mundanos, sino en el recuerdo constante de que “El Reino de Dios está dentro de ustedes” (Lucas 17:21). Este Reino no es algo lejano, sino una realidad viva que se manifiesta cuando permitimos que Cristo reine en nuestros corazones.

Cuando comprendemos esta verdad, la alegría deja de ser un estado pasajero y se convierte en un modo de ser. Es una luz que no depende de lo que sucede a nuestro alrededor, sino que brota desde el interior, iluminando cada aspecto de nuestra vida.

La búsqueda verdadera no está fuera de nosotros, sino dentro, en esa conexión profunda con Dios que da sentido a todo. Al abrazar nuestra humanidad con todas sus complejidades y al permitir que la gracia divina actúe en nosotros, descubrimos que la expansión y el propósito que anhelábamos siempre han estado allí, esperando que los reconozcamos. Al hacerlo, no solo transformamos nuestra experiencia personal, sino que también reflejamos al mundo el amor eterno de nuestro Creador.

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