Trump, el Jacksonianismo y la distorsión de los medios

Esta reflexión surge de un hecho que presencié mientras veía en ATRESMEDIA TELEVISIÓN cómo se distorsionaba la información alrededor de las elecciones en Estados Unidos. Me llamó especialmente la atención ver a Vicente Vallés y Sandra Golpe leer del teleprompter, sin vacilar, información que ellos mismos deben saber que es incorrecta. Un ejemplo claro es cómo presentaron las primeras palabras de Trump como: “Dijeron que muchas personas me han dicho que Dios me salvó la vida por una razón. Y esa razón fue para salvar a nuestro país y devolverle la grandeza a Estados Unidos”. Esto es falso; esas no fueron sus primeras palabras, sino una cita fuera de contexto. Lo que realmente dijo, según la transcripción de su discurso, fue:

Muchas gracias. Wow. Bueno, quiero agradecerles mucho a todos ustedes. Esto es genial. Estos son nuestros amigos. Tenemos miles de amigos en este increíble movimiento. Este es un movimiento como nunca se ha visto antes y, francamente, creo que fue el movimiento político más grande de todos los tiempos. Nunca ha habido algo como esto en este país y, tal vez, ahora va a alcanzar un nuevo nivel de importancia porque vamos a ayudar a sanar a nuestro país”.

Este tipo de manipulación no solo desinforma, sino que transforma el mensaje para alinearlo con una narrativa prefabricada, en lugar de reflejar lo que realmente sucedió.

Para un ciudadano promedio, es natural confiar en que los medios de comunicación proporcionarán información veraz y precisa sobre cuestiones que puedan impactar, de una u otra manera, su vida cotidiana. Sin embargo, no es tan sencillo detectar cuando estas mismas fuentes traicionan esa confianza con distorsiones o medias verdades. Quizás este ciudadano se vea privado de las herramientas o del contexto necesario para discernir la manipulación. Por mi parte, como alguien que estudió ciencias políticas, que ha vivido en Estados Unidos y que ha seguido de cerca esta campaña, lo que he observado no es simplemente decepcionante: es un fraude deliberado. El contenido de muchos de los comentarios emitidos parece diseñado para alimentar la polarización y la hostilidad entre los ciudadanos y la nueva administración estadounidense. Y esto se hace sin tener aún una comprensión clara de cuáles serán las políticas de esta administración para Europa, ni el verdadero alcance de sus intenciones.

Por esta razón, es esencial explicar quién es realmente Donald Trump y qué representa su movimiento político. Trump no es solo una figura política; es un fenómeno complejo que encarna frustraciones y aspiraciones profundas en la sociedad actual. Comprenderlo implica ir más allá de los estereotipos, para ver los valores que evoca y por qué tantos ciudadanos, cansados de las estructuras tradicionales, encuentran en él una voz. Esta comprensión es crucial para entender el momento cultural y político que atravesamos.

En el polarizado clima político actual, pocas figuras evocan tanta controversia y pasión como Donald Trump. Para entender su impacto, es necesario ir más allá de las críticas superficiales y profundizar en la filosofía subyacente que impulsa su estilo de liderazgo y sus decisiones políticas. El historiador Victor Davis Hanson ofrece una perspectiva reveladora al describir a Trump no como un aislacionista, sino como un “jacksoniano”, un líder alineado con el populismo nacionalista de Andrew Jackson. Esta comparación ilumina lo que parece un enfoque caótico de Trump como un pragmatismo marcadamente estadounidense, que rechaza el aislacionismo en favor de una participación calculada y selectiva basada en el interés propio de la nación.

¿Por qué los medios distorsionan la imagen de Trump?

La representación que hacen los medios de Trump como una figura temeraria refleja la brecha entre las élites costeras de Estados Unidos y su corazón rural, entre aquellos que ejercen influencia cultural y quienes se sienten olvidados por las instituciones que configuran la sociedad. Al igual que Andrew Jackson, Trump llegó al poder como un “outsider”, desafiando las suposiciones profundamente arraigadas tanto de la izquierda como de la derecha. Esto explica por qué los Bush y los Cheney apoyaron a Kamala Harris. Jackson, igualmente, fue detestado por las élites de su tiempo, no necesariamente por lo que hacía, sino por cómo lo hacía. Su énfasis en el “hombre común” amenazaba las normas aristocráticas de la América de principios del siglo XIX; de manera similar, el estilo directo y la audacia de Trump chocan con los estándares de decoro y cortesía de la élite de hoy.

Las provocaciones de Trump, su lenguaje crudo, su voluntad de romper con las tradiciones y su negativa a disculparse por desafiar la sabiduría política aceptada, lo dejan particularmente vulnerable a la tergiversación. En este contexto, los medios lo presentan como una figura simplista cuyos puntos de vista se alinean con el aislacionismo, ignorando el matiz de su enfoque. Esta narrativa es poderosa y refuerza la imagen de Trump en los medios como una anomalía en lugar de como un reflejo de una corriente significativa en la vida política estadounidense. 

¿Es Trump realmente jacksoniano?

El jacksonismo, como lo interpreta Hanson al referirse a Trump, denota una marca de nacionalismo que fusiona el orgullo estadounidense con un compromiso pragmático en el escenario mundial. Este enfoque no es ni universalmente intervencionista ni puramente aislacionista. Destaca que el poder estadounidense, aunque formidable, debe ejercerse con discreción y únicamente en beneficio de la nación. La recalibración de Trump respecto a las alianzas de la OTAN, su presión a los países europeos para que contribuyan más a su defensa, y su reexaminación de las relaciones comerciales revelan su escepticismo jacksoniano hacia cualquier acuerdo que cargue desproporcionadamente a los Estados Unidos. Aquí, el nacionalismo de Trump es pragmático más que ideológico; considera las relaciones exteriores como transacciones que deben proporcionar beneficios tangibles para el pueblo estadounidense, una perspectiva que resuena profundamente con la tradición jacksoniana de preservar la soberanía.

En sus políticas comerciales, Trump reformuló el papel de Estados Unidos exigiendo reciprocidad. Sus aranceles a los productos chinos, por ejemplo, no buscaban tanto iniciar una guerra comercial como recalibrar una relación desigual que, en su opinión, las administraciones anteriores habían permitido. Para los jacksonianos, la equidad en el comercio no es un ideal abstracto, sino una salvaguarda concreta de la prosperidad y la independencia nacionales, una noción que se refleja en la retórica confrontacional pero calculada de Trump contra el robo de propiedad intelectual y la manipulación monetaria de China. 

Decisiones prácticas basadas en el sentido común

Al examinar el historial de Trump, queda claro que muchas de sus políticas se basan en una practicidad terrenal, en un énfasis en devolver el poder a los estadounidenses comunes y despojar a la burocracia de las capas que, según él, sofocan la innovación y la vitalidad económica. Veamos algunas decisiones clave que ilustran este enfoque pragmático: 

  1. Reforma fiscal y desregulación: La administración de Trump redujo los impuestos corporativos y eliminó regulaciones en varios sectores, desde la energía hasta las finanzas. Este enfoque encarnó una creencia en empoderar a los individuos y las empresas en lugar de confiar en la autoridad central. Los recortes de impuestos de Trump, aunque controvertidos, catalizaron la inversión corporativa y, como señala Hanson, ayudaron a rejuvenecer la economía, creando oportunidades laborales en lugares que habían sufrido estancamiento económico durante mucho tiempo. Algo que los votantes recordaron antes de ir a las urnas. “Cuando gobernaba Trump tenía más dinero”.
  1. Independencia energética: En una ruptura decisiva con la dependencia del petróleo extranjero, Trump priorizó la producción de energía nacional, convirtiendo a Estados Unidos en un exportador neto de energía por primera vez en décadas. Este cambio, además de sus beneficios económicos, reflejó un principio jacksoniano de autosuficiencia. En lugar de depender de la buena voluntad de la OPEP o de navegar por las complejidades de la geopolítica de Medio Oriente, Trump impulsó políticas energéticas que aseguraron la autonomía de Estados Unidos, un movimiento alineado con el desprecio jacksoniano por la dependencia de potencias extranjeras.
  1. Seguridad fronteriza: La insistencia de Trump en construir un muro físico en la frontera sur fue más que una propuesta política; simbolizaba un compromiso para hacer cumplir las leyes de inmigración existentes, que según él, estaban siendo ignoradas en detrimento de los trabajadores estadounidenses. En la visión de Trump, una nación que no controla sus fronteras socava su propia soberanía, un sentimiento coherente con el nacionalismo jacksoniano, que prioriza la cohesión y la seguridad del estado-nación.
  1. Desafío a las normas comerciales globales: La administración de Trump impuso aranceles a China, señalando una clara desviación de las políticas anteriores que, según él, permitían a otros países explotar los mercados estadounidenses sin una justa reciprocidad. Si bien su postura sobre el comercio generó temores de una guerra comercial, subrayó su compromiso de proteger la industria y los trabajadores estadounidenses. Hanson interpreta este enfoque como una corrección necesaria a las políticas de laissez-faire que los jacksonianos ven como una traición a los intereses nacionales.

¿Por qué el aparato republicano odia a Trump?

Dentro del aparato republicano, los métodos de Trump a menudo se encuentran con desdén. Sin embargo, como observa Hanson, este desdén proviene menos de sus elecciones políticas y más de su rechazo a la cortesía política tradicional. Trump es una anomalía, un líder que, por su riqueza y estatus de celebridad, es inmune a la disciplina del partido y a la influencia interna. Sus críticos dentro del GOP objetan no necesariamente a sus acciones, sino a su lenguaje brusco y sin filtros, que perciben como una falta de dignidad para el cargo. Irónicamente, muchas de las mismas figuras que desprecian su tono han apoyado en privado políticas como sus recortes de impuestos, sus nombramientos judiciales y sus esfuerzos de desregulación. Para el establishment, la independencia de Trump y su insistencia en hablar directamente a su base amenazan las dinámicas de poder tradicionales dentro del partido.

Además, la campaña autofinanciada de Trump en 2016 lo dejó libre de las obligaciones típicas del partido. A diferencia de los candidatos tradicionales que dependen de donaciones de leales al partido y grupos de interés, Trump no le debía nada a la estructura republicana, lo que le permitió desafiar las ortodoxias de ambos partidos sin repercusión. Su lealtad fue, ante todo, a su base en lugar del GOP, una distinción que resonó entre los votantes frustrados con un partido que percibían cada vez más desconectado de las preocupaciones de la clase trabajadora.

Promesas de campaña: viabilidad e idoneidad

En el centro del atractivo de Trump estaba su promesa de “Hacer a Estados Unidos grande de nuevo”, una visión que trascendía los detalles específicos de políticas y tocaba una necesidad de renovación nacional. Sus promesas—traer de vuelta empleos de manufactura, asegurar la frontera, restaurar la fortaleza militar y poner “Estados Unidos primero”—abordaban tanto ansiedades económicas como culturales. Si bien los críticos desestimaron a menudo estas promesas como poco realistas, Hanson argumenta que eran esenciales para reconectar el gobierno con las preocupaciones de los estadounidenses comunes. Independientemente de si cada promesa se cumplió, el enfoque directo de Trump ofreció una visión de liderazgo que resonó con estadounidenses cansados de una retórica política desconectada de sus realidades.

En síntesis, el legado político de Trump es complejo, marcado por su desafío a las normas establecidas y su compromiso jacksoniano con un patriotismo asertivo y pragmático. Su rechazo a las normas políticas convencionales no revela aislacionismo, sino una forma pragmática y calculada de compromiso con el mundo, una que sitúa los intereses de Estados Unidos en el centro. En este sentido, el enfoque de Trump no es ni una retirada de las responsabilidades globales ni un compromiso sin reservas con el intervencionismo; es una postura cuidadosamente medida, enraizada en los principios jacksonianos de soberanía nacional, comercio justo y empoderamiento individual.

La representación que los medios hacen de Trump como un «outsider» errático no reconoce la coherencia más profunda de su filosofía jacksoniana, una cosmovisión que prioriza la fortaleza y la independencia de Estados Unidos. Sus métodos bruscos pueden incomodar, pero subrayan un compromiso con la restauración de una América olvidada, una que valora la practicidad sobre el decoro y la fuerza sobre la capitulación. Al final, el legado de Trump podría ser el de catalizar un ajuste de cuentas cultural y político, desafiando las suposiciones de ambos partidos y reafirmando una ética distintivamente estadounidense: que el poder y el carácter de una nación no residen en sus instituciones, sino en el pueblo que la compone. Por este motivo, ha recibido el mandato del pueblo estadounidense en las recientes elecciones de 2024.

Referencia bibliográficas: 

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