En los últimos 30 años, la estructura del Estado occidental ha experimentado una transformación profunda. El sistema democrático, otrora baluarte de la libertad y la representación popular, ha sido subvertido desde su interior, en un proceso gradual, casi imperceptible para muchos. En este contexto, el Estado Profundo de Estados Unidos ha mostrado su verdadera naturaleza al orquestar la dimisión de Joe Biden. Durante años, figuras clave como la vicepresidenta, congresistas, senadores, asesores y otros miembros influyentes del Partido Demócrata han sido plenamente conscientes de esta realidad. Con la complicidad de los medios de comunicación tradicionales y las grandes empresas tecnológicas, temerosas de enfrentar leyes antimonopolio similares a las aplicadas a AT&T en su momento, han trabajado en conjunto para consolidar su control.
A pesar de la firmeza de Biden, quien alegaba no tener intención de retirarse, respaldado por los 81 millones de votos obtenidos en las últimas elecciones y el apoyo de más de 4,000 delegados demócratas, estos actores decidieron tomar medidas drásticas. Anticiparon un debate con Donald Trump, buscando reafirmar lo que ya era evidente para millones de ciudadanos, alejados de la influencia de los medios dominantes, consumen sus noticias a través de fuentes alternativas. Tras el esperado desenlace del debate, en el que la deteriorada capacidad cognitiva de Biden quedó al descubierto, el Estado Profundo intensificó la presión sobre él para que renunciara, advirtiendo que, de no hacerlo, lo declararían incapacitado. Así, Kamala Harris, sin haber sido electa como cabeza de lista del Partido Demócrata, asumió el lugar de Biden y seleccionó a Tim Walz como su vicepresidente, ambos considerados peones dispuestos a implantar la agenda que estas élites buscan imponer
Este escenario deja en evidencia que las élites operan en las sombras, manipulando la política y las corrientes sociales en favor de sus intereses. La manera en que se formula y se establece la política pública en Estados Unidos sugiere que el Estado Profundo está concentrado en la Costa Este, particularmente en Washington D.C. y Nueva York, así como en Los Ángeles. Esto implica que las políticas y la narrativa mediática promovidas por estas élites están cada vez más desconectadas de las experiencias y preocupaciones del ciudadano promedio estadounidense.
Diversos temas han sido utilizados como herramientas de distracción o como mecanismos deliberados para socavar los valores tradicionales y desestabilizar a la clase media. Un ejemplo de ello son los debates sobre cuestiones transgénero, que, a pesar de involucrar a un porcentaje muy pequeño de la población, han sido elevados a un nivel de discusión que polariza y distrae del deterioro económico y social. Asimismo, la narrativa del «racismo sistémico» se ha empleado como una herramienta para atacar a la clase media, desviando la atención de los problemas reales de desigualdad y promoviendo una igualdad basada en la mediocridad, ignorando el valor del mérito individual.
Además, el tema del «cambio climático», aunque indudablemente real, ha sido instrumentalizado como una fachada para un programa de “decrecimiento” que busca desindustrializar el país y restringir las libertades individuales. Bajo el pretexto de normativas medioambientales, se ha emprendido una ofensiva contra la propiedad de viviendas unifamiliares y el uso del automóvil, aspectos fundamentales del estilo de vida de la clase media.
Las iniciativas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI), que en teoría buscan promover la justicia social, se han convertido en formas de “racismo inverso” y segregación, enmarcadas dentro de una agenda radical que socava la meritocracia. Simultáneamente, en el ámbito religioso, el cristianismo ha sido vilipendiado mientras que el islamismo ha sido abrazado por sectores de la izquierda radical, lo que sugiere un esfuerzo concertado para desestabilizar los valores tradicionales y las normas sociales. Esta tendencia ha generado disrupciones sociales preocupantes en Europa, especialmente en Inglaterra, Irlanda y Francia, donde la integración de inmigrantes se ha gestionado de manera deficiente, permitiendo que los recién llegados impongan sus normas sobre las de los países de acogida.
Por último, existen dos temas adicionales que merecen especial atención. Primero, el adoctrinamiento en las instituciones educativas, donde se inculcan puntos de vista radicales de izquierda a los estudiantes, separándolos de los valores familiares tradicionales. Y segundo, el creciente poder de la burocracia y el gobierno, que, mediante órdenes ejecutivas y regulaciones, ha erosionado los procesos democráticos, contribuyendo a una percepción generalizada de extralimitación gubernamental y desconexión con las necesidades y deseos de la población.
Este conjunto de dinámicas pone de relieve un panorama en el que las élites buscan mantener y ampliar su control, a expensas del bienestar y la libertad de los ciudadanos, lo que representa una amenaza significativa para la estabilidad y la cohesión social en el mundo occidental.
