Poner la otra mejilla: Otra perspectiva

Dentro del extenso marco de la doctrina cristiana, pocas enseñanzas son tan mal comprendidas como la exhortación a “poner la otra mejilla”. Esta frase, derivada de los Evangelios (Mateo 5:39), ha sido erróneamente interpretada a lo largo de los siglos como un mandato a la pasividad, una rendición al sufrimiento sin resistencia. Sin embargo, desde la perspectiva cristiana auténtica, esta enseñanza encierra un poder profundo y transformador que desafía las nociones convencionales de fortaleza y debilidad.

En primer lugar, es crucial entender que «poner la otra mejilla» no es una llamada a la inacción ni a permitir el abuso. No significa que debamos aceptar ser golpeados o maltratados. Por ejemplo, si alguien te agrede físicamente, puedes defenderte sin recurrir a la violencia extrema. Puedes buscar ayuda de las autoridades, practicar la autodefensa de manera proporcional, o utilizar técnicas de desescalada para proteger tu vida y la de otros sin caer en el ciclo de la violencia. La verdadera fortaleza radica en protegerse a uno mismo y a los demás mientras se mantiene la integridad moral y se evita la venganza. Al contrario, es una estrategia deliberada y consciente de enfrentamiento espiritual. Jesús, en su sermón del Monte, no proponía la sumisión sin sentido, sino la resistencia radical al mal mediante el poder del amor. Al ofrecer la otra mejilla, el cristiano no está renunciando a su dignidad; está, en cambio, afirmando su valor intrínseco y su rechazo a ser arrastrado al ciclo de violencia.

Un ejemplo poderoso de esta enseñanza es el perdón otorgado por el Papa Juan Pablo II a Mehmet Ali Ağca, el hombre que intentó asesinarlo en 1981. En lugar de responder con odio o buscar venganza, el Papa visitó a su agresor en prisión, lo perdonó públicamente y demostró al mundo la profundidad del amor cristiano y la capacidad de perdonar incluso las ofensas más graves. Este acto de ofrecer la otra mejilla es una manifestación de la verdadera fuerza interna. Es fácil devolver golpe por golpe, responder con ira a la injusticia. Sin embargo, resistir el impulso de la represalia y, en cambio, ofrecer una respuesta de amor y compasión requiere una fortaleza moral y espiritual que trasciende lo físico. Es una declaración de que nuestra identidad y valor no están definidos por las ofensas externas, sino por nuestra relación con Dios y Su amor infinito.

Además, poner la otra mejilla es un acto de fe profunda. Significa confiar en la justicia divina más allá de las respuestas inmediatas y visibles. Es un reconocimiento de que Dios es el último juez y que nuestra misión es reflejar Su amor y misericordia en un mundo que a menudo está sumido en el odio y la venganza. Esta confianza en Dios es la base de una verdadera fortaleza, una que no puede ser quebrantada por las circunstancias temporales.

En términos de autoayuda y desarrollo personal, esta enseñanza nos invita a una reflexión profunda sobre el control de nuestras reacciones y la fuente de nuestra verdadera fortaleza. Nos desafía a desarrollar una resiliencia basada en principios espirituales, no en la dominación física. Nos llama a ser ejemplos vivos del poder del amor redentor, a demostrar que la verdadera fortaleza se encuentra en la capacidad de trascender la venganza y elegir el camino de la paz.

Por lo tanto, poner la otra mejilla, lejos de ser un signo de debilidad, es una de las manifestaciones más puras de la fuerza humana. Es una invitación a todos nosotros a elevarnos por encima de nuestras inclinaciones naturales y a abrazar una forma de vida que refleja la naturaleza de Cristo. Al hacerlo, no solo transformamos nuestras propias vidas, sino que también iluminamos el camino para que otros encuentren la verdadera fortaleza en el amor y la misericordia divinos.

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