¿Qué sabemos de lo que creemos?

Introducción

En la trama de la existencia humana, nos vemos inmersos en la constante tarea de tejer un complejo tapiz de convicciones y creencias que configuran nuestra comprensión del mundo. En mi opinión, esta percepción se ve notablemente sesgada debido a la omnipresente influencia de la mente, la cual está sometida a la programación de diversos instrumentos, tales como los medios de comunicación tradicionales, las redes sociales, el sistema educativo y la inteligencia artificial, entre otros.

La información es interpretada por los ciudadanos a través de estos canales, generando una población que ha perdido su capacidad crítica y se encuentra prisionera de una apatía sin precedentes, especialmente en Europa. Ante esta situación, surge la pregunta crucial: ¿realmente conocemos a fondo nuestras propias creencias?

La falta de discernimiento se evidencia tanto en los representantes políticos como en los jóvenes universitarios, quienes parecen carecer tanto del coraje necesario como de la habilidad para representar fielmente la expresión del pueblo y liderar el futuro de Europa de manera efectiva.

En esta reflexión abordo desde de la psicología, sociología y cultura la génesis de nuestras convicciones y cómo ponerlas a prueba puede ser una vía para el crecimiento personal y el entendimiento colectivo.

Definición de Términos

Antes de sumergirnos en el análisis, es crucial esclarecer conceptos clave. Las creencias son ideas arraigadas que adoptamos sobre la realidad, mientras que las convicciones son creencias sostenidas firmemente, a menudo fundamentadas en experiencias personales o principios fundamentales. Ambas constituyen la lente a través de la cual interpretamos el mundo.

Desde el punto de vista etimológico, la palabra “convicción” tiene sus raíces en el latín “convictio”, derivado del verbo «convincere». El término latino “convincere” se compone del prefijo con- (que denota “junto” o “completamente”) y el verbo “vincere” (que significa «vencer» o «convencer»).

En su acepción original, “convicción” está relacionada con la noción de ser completamente vencido o convencido. Con el tiempo, la palabra ha evolucionado, adquiriendo un significado más específico en el ámbito de las creencias y opiniones.

En la actualidad, una “convicción” se refiere a una creencia profunda, una firme convicción o una fuerte certeza acerca de algo. Puede vincularse a creencias morales, religiosas, éticas, o cualquier otra creencia arraigada en la mente de una persona. Por otro lado, resulta interesante notar que la palabra «convicto» también tiene su origen en el latín, derivando de “convictus”, el participio pasado de “convincere”. En latín, “convincere” tiene varios significados, como «demostrar», “vencer” o «convencer». Por ende, “convicto” se traduce como “vencido completamente”.

En este contexto, las palabras no son arbitrarias, y es esencial que las personas se esfuercen por comprender su significado profundo. No deberíamos confiar en la interpretación de cualquier individuo, especialmente de aquellos políticos que apenas dominan la oratoria. Me refiero más bien a intervenciones en eventos de renombre como el Foro Económico Mundial, la Conferencia TED, el Foro Social Mundial o la Conferencia Anual de la Universidad de Aspen, donde las palabras no se eligen al azar y realmente transmiten significado y profundidad.

Desde una óptica psicológica, nuestras convicciones pueden trazarse hasta las experiencias formativas de la infancia. Según Piaget, el desarrollo cognitivo influye en cómo construimos significado. La seguridad que buscamos en nuestras convicciones puede ser un reflejo de la necesidad humana innata de estructura y comprensión.[1]

En la literatura contemporánea en “Big Little Lies” (Pequeñas mentiras) de Liane Moriarty, la trama se desenvuelve en una comunidad suburbana que aparenta perfección, donde la honestidad y la imagen pública son valores fundamentales. La protagonista, Madeline Mackenzie, refleja cómo el entorno cultural de esta comunidad refuerza la convicción de que la verdad es esencial para mantener la integridad personal. A medida que se revelan secretos y se desentrañan mentiras, la historia muestra cómo la presión social por la honestidad impacta las creencias individuales y la construcción de una identidad basada en la verdad.

En términos sociológicos, nuestras convicciones no son entidades aisladas; están entrelazadas con el tejido social que nos rodea. Durkheim argumentó que la sociedad influye en nuestras creencias morales y valores. Las convicciones, entonces, pueden ser moldeadas por las normas y expectativas de la comunidad.[2]

En la novela “Los Juegos del Hambre” de Suzanne Collins, el Capitolio surge como un vívido ejemplo literario de una sociedad que ingeniosamente manipula las convicciones para consolidar su dominio. En esta distopía, se revela cómo las creencias impuestas por la élite gobernante no solo moldean el pensamiento de las masas, sino que también actúan como justificación para prácticas opresivas. Este relato subraya de manera impactante la conexión intrínseca entre las convicciones sociales y las complejas estructuras de poder que, en última instancia, dan forma a la realidad de los ciudadanos.

La diversidad cultural constituye un rico tapiz de convicciones arraigadas en las raíces y significados únicos de cada sociedad. La teoría cultural de Hofstede, ampliamente reconocida en el ámbito sociológico, proporciona un marco valioso para comprender las diferencias fundamentales en los valores que dan forma a estas convicciones.

Hofstede, a través de su investigación transcultural, identifica dimensiones clave que definen las peculiaridades culturales, siendo la individualidad y la tolerancia a la incertidumbre dos de las más influyentes. En sociedades colectivistas, donde la armonía grupal y la interdependencia son fundamentales, las convicciones tienden a estar vinculadas a la preservación de la cohesión social. Aquí, el individuo puede percibir sus convicciones como parte integral de un tejido más amplio, donde el bienestar colectivo prima sobre las aspiraciones individuales.[3]

Poner a prueba nuestras convicciones

Aunque nuestras convicciones pueden proporcionar un ancla, someterlas a evaluación crítica es esencial para el crecimiento. La psicología positiva, propuesta por Seligman, destaca la importancia de la flexibilidad cognitiva, permitiendo la adaptación de nuestras convicciones en respuesta a nuevas experiencias.[4]

Impacto en la ciudadanía: Convicciones y la construcción Social

En la exploración de cómo las convicciones dan forma a la ciudadanía y la construcción social, se destacan tres perspectivas fundamentales: la teoría del conflicto de Marx, la teoría del poder de Foucault y la perspectiva funcionalista de Emile Durkheim.

Desde la mirada de Marx, nuestras convicciones se convierten en herramientas utilizadas por las élites para mantener el statu quo. Su teoría del conflicto postula que las clases sociales en lucha perpetua utilizan sus creencias para justificar y sostener su posición de poder. Este enfoque pone de relieve cómo las convicciones pueden ser armas en la lucha por recursos y reconocimiento.

Foucault, por otro lado, examina el poder en el nivel micro, destacando cómo las convicciones son instrumentos cruciales de control social. En sus obras, como «Vigilar y Castigar», Foucault explora cómo las instituciones sociales y las convicciones internalizadas regulan y disciplinan a los individuos. Esta perspectiva revela cómo nuestras propias convicciones pueden ser moldeadas por estructuras más amplias de poder.

Complementando estas visiones críticas, Durkheim aporta la perspectiva funcionalista, argumentando que las convicciones colectivas actúan como elementos cohesionadores en la sociedad. En “Las Reglas del Método Sociológico”, Durkheim enfatiza cómo nuestras creencias compartidas generan solidaridad social y contribuyen a la estabilidad comunitaria. Esta visión resalta la función integradora de las convicciones en la construcción de una sociedad armoniosa.

Al fusionar estas teorías, se revela la complejidad de cómo nuestras convicciones no solo influyen en la percepción individual, sino que también desempeñan un papel esencial en la formación y mantenimiento de la estructura social. Este enfoque integrador nos insta a considerar nuestras creencias desde múltiples perspectivas, reconociendo tanto su poder de resistencia como su contribución a la cohesión social.

Aspectos positivos: La fortaleza de las convicciones solidificadas

A pesar de las complejidades y desafíos asociados con la formación de convicciones sólidas, es fundamental reconocer los aspectos positivos que estas pueden aportar a la vida individual y social. Uno de los enfoques que destaca los beneficios de las convicciones arraigadas es la teoría del apego.

Esta teoría, desarrollada principalmente en el ámbito psicológico, postula que las personas tienen una necesidad intrínseca de formar conexiones emocionales estables y significativas. En el contexto de las convicciones, esto implica que tener creencias sólidas puede proporcionar una sensación profunda de seguridad emocional. Cuando una persona se aferra a convicciones arraigadas, estas funcionan como puntos de referencia estables en un mundo cambiante, ofreciendo un anclaje psicológico que puede mitigar el estrés y la ansiedad.

Además, las convicciones sólidas pueden desempeñar un papel crucial en la cohesión social. En una sociedad donde los individuos comparten creencias fundamentales, se crea un sentido de identidad colectiva y pertenencia. Este sentimiento de unidad basado en convicciones comunes puede fortalecer los lazos sociales, fomentar la colaboración y facilitar la resolución de conflictos. La teoría del apego, aplicada a nivel social, sugiere que estas conexiones compartidas contribuyen a la salud mental y al bienestar de la comunidad en su conjunto.

Asimismo, la fortaleza de las convicciones solidificadas se manifiesta en la capacidad de guiar la toma de decisiones y acciones. Cuando las creencias son claras y arraigadas, proporcionan un marco ético y moral que orienta el comportamiento individual. Esta guía puede resultar invaluable en situaciones difíciles, ofreciendo un faro moral que ayuda a las personas a tomar decisiones coherentes con sus valores fundamentales.

Contraargumento: Los Peligros del Fanatismo

Aunque la firmeza en nuestras convicciones puede ser virtuosa, es esencial reconocer los peligros inherentes al extremismo y al fanatismo. La historia está plagada de ejemplos donde las convicciones extremas han llevado a la intolerancia y la violencia.

Un ejemplo clásico que ilustra los peligros del fanatismo se encuentra en la figura de Torquemada durante la Inquisición española en el siglo XV. Tomás de Torquemada, un influyente inquisidor, llevó a cabo persecuciones brutales basadas en convicciones extremas sobre la ortodoxia religiosa. Su firme creencia en la pureza doctrinal condujo a la tortura y ejecución de miles de personas acusadas de herejía. Este episodio histórico subraya cómo la firmeza llevada al extremo puede transformarse en un peligroso fanatismo, desencadenando sufrimiento y violencia en nombre de convicciones intransigentes.

Una manifestación contemporánea de los peligros del fanatismo se encuentra en el fenómeno del extremismo ideológico que ha dado lugar a actos de terrorismo. Grupos extremistas, motivados por creencias políticas, religiosas o sociales inflexibles, han llevado a cabo ataques que resultan en la pérdida de vidas inocentes. Este fenómeno destaca cómo las convicciones extremas pueden cegar a individuos y grupos, llevándolos a justificar actos atroces en aras de sus creencias.

En ambos casos, ya sea en la Inquisición española o en actos terroristas contemporáneos, se evidencia la peligrosa pendiente que conduce del firme convencimiento a un fanatismo que desencadena sufrimiento y caos. Este contraargumento subraya la importancia de equilibrar la firmeza en nuestras convicciones con la apertura a la diversidad de ideas y la tolerancia, evitando caer en extremos que puedan amenazar la paz y la coexistencia.

En última instancia, la clave radica en energizar nuestras convicciones de manera reflexiva y consciente. Al fusionar la psicología, sociología y cultura, podemos construir convicciones sólidas sin caer en la rigidez dogmática. La autoevaluación constante, la apertura a la diversidad de perspectivas y la disposición a adaptar nuestras convicciones son esenciales para un progreso personal y colectivo duradero.

[1]Piaget, J. (1952) <<The origins of intelligence in children>> (M. Cook, Trans.). W W Norton & Co. https://doi.org/10.1037/11494-000

[2] Durkheim, E. (1938) <<The rules of sociological method >> (8th ed.). University of Chicago Press: Chicago.

[3] Hofstede, G. (1980) <<Culture’s consequences: International differences in work-related values>> Beverly Hills, CA: Sage.

[4] Seligman, M. E. P. (2002) <<Authentic happiness: Using the new positive psychology to realize your potential for lasting fulfillment>> New York: Free Press.

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