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LA CUARTA REBELIÓN | La IA, la promesa de la divinidad y el último desafío del hombre a Dios

14–21 minutos

·

19 octubre, 2026

·

Ciencia y espiritualidad, Espiritualidad
Una serpiente ofrece a un ser humano un núcleo luminoso de inteligencia artificial en un jardín semejante al Edén, con una ciudad futurista al fondo.

Por Michael A. Galascio, PhD · Policy Examination

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«Seréis como Dios, conocedores del bien y del mal» (Génesis 3:5)

Hay una pregunta que la humanidad lleva miles de años intentando responder: ¿puede el hombre alcanzar la condición de Dios? La respuesta ha adoptado distintas formas a lo largo de la historia. Primero fue la desobediencia. Después, la transgresión de los límites establecidos entre el mundo espiritual y el humano. Más tarde, la voluntad colectiva de alcanzar los cielos mediante el poder y la organización de una civilización.

Hoy, esa aspiración podría estar adquiriendo una forma radicalmente distinta. Por primera vez, el ser humano desarrolla sistemas de inteligencia artificial con la expectativa de superar ampliamente sus propias capacidades intelectuales, transformar su naturaleza biológica y, eventualmente, vencer limitaciones que durante milenios consideró inseparables de su existencia.

La cuestión teológica que planteo es inquietante: ¿estamos asistiendo al nacimiento de una cuarta rebelión contra el orden divino?

Esta es mi hipótesis. La cuarta rebelión sería el intento del ser humano de alcanzar una condición que considera divina mediante el desarrollo de la inteligencia artificial, la superinteligencia y su eventual integración con la propia naturaleza humana.

Conviene precisar algo desde el comienzo. No considero que la inteligencia artificial sea intrínsecamente maligna ni que su desarrollo constituya por sí mismo una rebelión contra Dios. La inteligencia humana, la ciencia y la capacidad creadora forman parte de los dones que el cristianismo reconoce en el hombre.

El problema aparece cuando esas capacidades dejan de estar orientadas al servicio de la creación y se convierten en instrumentos de una aspiración distinta: sustituir al Creador. Para comprender el alcance de esta posibilidad debemos regresar al Génesis.

I. Las tres primeras rebeliones: el origen del conflicto

En mi libro Batallas Espirituales, en proceso de publicación particularmente en las páginas 24 y 25, desarrollo tres episodios fundamentales del conflicto espiritual descrito en las Escrituras, siguiendo el marco interpretativo del teólogo y especialista en lenguas semíticas Michael S. Heiser, autor de The Unseen Realm: Recovering the Supernatural Worldview of the Bible (2015).

Heiser propone que la historia bíblica del mal debe examinarse a partir de tres grandes rebeliones: la caída del Edén, los acontecimientos de Génesis 6 y la torre de Babel. Su interpretación permite observar una progresión en la que la desobediencia individual adquiere dimensiones espirituales, colectivas y civilizatorias.

Primera rebelión: el Edén y la promesa de ser como Dios

La primera rebelión se encuentra en Génesis 3.

Adán y Eva habitan una creación ordenada, en comunión con Dios. Su libertad es real, pero tiene límites. La serpiente introduce entonces una idea que transformará profundamente la relación del ser humano con su Creador. Dios estaría ocultando algo. Existiría un conocimiento reservado cuya adquisición permitiría al hombre elevarse por encima de su condición.

La promesa de la serpiente es explícita:

«Seréis como Dios» (Génesis 3:5)

Aquí encontramos el principio espiritual que considero fundamental para comprender la cuarta rebelión.

La tentación original presenta la autonomía absoluta como una conquista. La criatura pretende determinar por sí misma el bien y el mal, prescindiendo de la autoridad de quien le ha dado la existencia.

El pecado comienza cuando el hombre acepta la posibilidad de ocupar una posición que corresponde exclusivamente a Dios. Sus consecuencias, según el relato bíblico, son la ruptura de la comunión original, la entrada del pecado y la muerte, y la alteración de las relaciones humanas.

La primera rebelión establece así un patrón que reaparecerá en los episodios posteriores: la promesa de adquirir una condición superior mediante la transgresión de un límite divino.

Segunda rebelión: Génesis 6 y la corrupción del orden creado

La segunda rebelión aparece en Génesis 6:1-4.

El texto describe cómo los llamados «hijos de Dios» tomaron por mujeres a las «hijas de los hombres». En la interpretación defendida por Heiser, estos hijos de Dios eran seres pertenecientes al ámbito celestial.

La literatura judía del Segundo Templo, particularmente el Libro de Enoc, desarrolló esta tradición asociándola con los Vigilantes, seres espirituales que abandonaron su esfera legítima de actuación e intervinieron de manera corruptora en la humanidad.

Es importante recordar que la identificación de los «hijos de Dios» continúa siendo objeto de debate exegético. Existen interpretaciones alternativas que los consideran seres humanos pertenecientes a determinadas genealogías o grupos de poder.

Dentro de la lectura sobrenatural de Heiser, sin embargo, el significado de este episodio resulta especialmente relevante. La rebelión consiste en quebrantar un orden establecido por Dios y utilizar capacidades extraordinarias para corromper la creación. El relato vincula estos acontecimientos con la aparición de los nefilim y con una creciente degradación moral de la humanidad que culmina en el juicio del diluvio.

La segunda rebelión introduce un elemento particularmente significativo: el poder extraordinario puede ponerse al servicio de una finalidad contraria al orden divino.

La posesión de conocimientos superiores o capacidades que sobrepasan la experiencia humana ordinaria no constituye, por sí misma, una prueba de legitimidad espiritual. Este principio será esencial para interpretar las promesas tecnológicas contemporáneas.

Tercera rebelión: Babel y la divinidad como proyecto colectivo

La tercera rebelión aparece en Génesis 11.

Tras el diluvio, la humanidad comparte una misma lengua y emprende la construcción de una ciudad y una torre cuya cima pretende alcanzar los cielos.

Sus protagonistas proclaman: «Hagámonos un nombre» (Génesis 11:4).

La torre de Babel representa el esfuerzo colectivo de una civilización que pretende consolidar su poder y establecer su grandeza mediante sus propios recursos. En la interpretación de Heiser, el relato debe comprenderse también a la luz de Deuteronomio 32:8-9 y del Salmo 82, donde aparece la relación entre las naciones y las autoridades del mundo espiritual. Esta conexión depende de determinadas decisiones textuales y exegéticas, pero proporciona un marco para comprender la dimensión espiritual del poder político y colectivo.

Babel constituye un punto decisivo porque la rebelión adquiere una naturaleza organizada. La ambición humana se convierte en un proyecto común. La técnica, el conocimiento, la arquitectura y la cooperación social se ponen al servicio de una civilización que pretende alcanzar su propia exaltación.

Dios interviene, confunde las lenguas y dispersa a los pueblos.

La enseñanza fundamental, en mi interpretación, reside en el límite de la autosuficiencia humana: ninguna acumulación de conocimientos, recursos o poder puede transformar a la criatura en su Creador. Las tres rebeliones presentan, por tanto, una continuidad reconocible.

En el Edén aparece la pretensión de autonomía divina. En Génesis 6 se transgreden los límites del orden creado. En Babel, la ambición de elevarse adquiere una dimensión colectiva.

Mi hipótesis es que estos tres patrones pueden reaparecer en la civilización tecnológica contemporánea.

II. La Cuarta Rebelión: cuando la creación pretende convertirse en creadora

La cuarta rebelión que propongo no constituye un acontecimiento adicional revelado por las Escrituras. Es una interpretación teológica del presente, construida mediante una analogía con las tres rebeliones anteriores. Su característica principal sería la utilización de la inteligencia artificial y de la futura superinteligencia para superar la condición humana hasta aspirar a una forma de divinidad autónoma.

Durante siglos, el hombre ha intentado comprender los mecanismos de la naturaleza. Ha desarrollado la medicina para combatir la enfermedad, la ingeniería para transformar su entorno y la ciencia para ampliar el conocimiento.

Nada de ello exige una oposición entre fe y razón. Sin embargo, determinados discursos transhumanistas introducen aspiraciones más profundas. La posibilidad de extender indefinidamente la vida, aumentar la inteligencia mediante conexiones entre el cerebro y las máquinas, reproducir digitalmente aspectos de la personalidad o desarrollar inteligencias muy superiores a la humana plantea preguntas que afectan directamente a nuestra concepción de la persona.

En algunos escenarios especulativos aparece incluso la aspiración de superar definitivamente la muerte mediante procedimientos tecnológicos. Debemos distinguir las posibilidades científicas demostradas de las promesas todavía hipotéticas. No existe actualmente evidencia de que una inteligencia artificial pueda conferir inmortalidad personal, producir una conciencia humana transferible o transformar ontológicamente al hombre en un ser divino. Pero la importancia teológica de una idea no depende exclusivamente de que pueda realizarse. También importa aquello que revela sobre las intenciones humanas.

La cuarta rebelión comienza como posibilidad espiritual cuando el hombre deja de entender la tecnología como un medio para servir a la vida y empieza a concebirla como el camino hacia una existencia autosuficiente, liberada de cualquier dependencia de Dios.

La antigua promesa del Edén reaparece entonces bajo una nueva formulación. El hombre podrá conocerlo todo. Podrá transformarlo todo. Podrá corregir sus limitaciones biológicas. Podrá crear inteligencias superiores y decidir, según sus propios criterios, qué significa ser humano.

La pregunta decisiva será quién establece los límites de ese poder.

III. Elon Musk y la promesa de los milagros tecnológicos

El 18 de mayo de 2026, durante una intervención remota en el Samson Smart Mobility Summit, celebrado en Israel, Elon Musk describió las posibilidades futuras de Neuralink.

Explicó que los sistemas de interfaz cerebro-ordenador podrían permitir recuperar determinadas funciones motoras y facilitar nuevas formas de visión a personas con discapacidades graves.

Durante aquella conversación utilizó la expresión inglesa Jesus-level technologies, es decir, tecnologías comparables, por sus efectos, a algunos de los prodigios atribuidos a Jesús. A continuación, en el intercambio con su interlocutor, apareció la expresión miracles of science: milagros de la ciencia.

Posteriormente, Musk volvió a emplear públicamente la expresión Jesus-level miracles para referirse a los objetivos de Neuralink. Estas declaraciones están documentadas y merecen examinarse con precisión. Musk hablaba de aplicaciones médicas y de posibilidades de rehabilitación tecnológica. Sus palabras no demuestran que pretenda sustituir a Jesucristo ni proclamarse divino. Sin embargo, la comparación resulta teológicamente significativa.

En los Evangelios, Cristo devuelve la vista a los ciegos, sana a los paralíticos y realiza acontecimientos que revelan su autoridad y su identidad.

La medicina también puede devolver funciones perdidas mediante intervenciones extraordinarias. Cuando un tratamiento consigue restaurar la movilidad de una persona, estamos ante una realización humana digna de reconocimiento. Pero la analogía encuentra un límite.

Restaurar una capacidad biológica no equivale a poseer la autoridad divina de Cristo.

Un milagro, en sentido teológico, adquiere su significado dentro de la acción de Dios y del propósito al que sirve. Un logro científico pertenece al orden del conocimiento, de la técnica y de las posibilidades de la naturaleza. Confundir ambos planos puede producir consecuencias profundas.

El problema no reside en que Neuralink permita algún día caminar a una persona paralizada o recuperar parcialmente la visión a quien la ha perdido. Si estas aplicaciones se demuestran seguras y eficaces, constituirán avances valiosos. La cuestión surge cuando la capacidad de producir efectos extraordinarios alimenta la convicción de que el hombre puede convertirse en la fuente última de su propia existencia, de su salvación y de su destino. Ahí comienza la dimensión espiritual de mi hipótesis.

IV. La nueva Babel: una civilización construida alrededor de la superinteligencia

En Babel, la humanidad utilizó sus capacidades técnicas y organizativas para construir una obra destinada a expresar su grandeza.

En nuestra época, la torre ya no necesita levantarse mediante ladrillos. Puede adoptar la forma de centros de datos, redes planetarias, sistemas autónomos, infraestructuras de cálculo y tecnologías capaces de intervenir directamente en procesos de decisión que afectan a millones de personas.

La analogía tiene límites históricos evidentes. Un centro de datos no es una torre religiosa, y el desarrollo de sistemas de inteligencia artificial no reproduce literalmente los acontecimientos de Génesis 11. Lo significativo es la posibilidad de que una civilización atribuya a sus propias creaciones una autoridad que deje de estar sometida al juicio moral humano.

Imaginemos una superinteligencia capaz de resolver problemas científicos de enorme complejidad, diseñar tecnologías superiores a las actuales y proponer soluciones para cuestiones económicas, sanitarias o políticas. Sus resultados podrían ser extraordinariamente beneficiosos. Pero ¿qué ocurriría si la sociedad comenzara a considerar sus decisiones moralmente incuestionables por el simple hecho de superar la capacidad intelectual de sus creadores? ¿Y si la búsqueda del conocimiento terminara sustituyendo la pregunta por el bien? ¿Y si las sociedades delegaran progresivamente su responsabilidad ética en sistemas cuya autoridad derivase exclusivamente de su eficacia?

En ese escenario, la tecnología podría transformarse en un objeto de confianza absoluta. El ser humano habría construido una instancia a la que atribuiría, en la práctica, funciones próximas a la omnisciencia y una autoridad superior a su propio discernimiento.

La cuarta rebelión alcanzaría entonces su dimensión civilizatoria. La nueva Babel sería una humanidad que, fascinada por el poder de su creación, aceptara subordinarse a ella y utilizarla como fundamento de una pretendida divinidad humana.

V. La divinización cristiana y la falsa divinidad tecnológica

Existe una distinción teológica indispensable para comprender esta tesis. El cristianismo enseña que el ser humano está llamado a participar de la vida divina.

La Segunda Carta de Pedro habla de llegar a ser «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:4). San Atanasio expresó esta doctrina mediante una formulación célebre sobre la Encarnación: Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera ser divinizado. El Catecismo de la Iglesia Católica recoge esta tradición en su número 460. Por tanto, el deseo de unión con Dios y de participación en su vida pertenece al núcleo de la esperanza cristiana.

La diferencia se encuentra en el modo de alcanzarla. La divinización cristiana es participación en la vida de Dios por su gracia. La autodivinización tecnológica pretende obtener una condición superior mediante el poder de la criatura.

La primera presupone comunión con el Creador. La segunda, cuando se formula como independencia absoluta, pretende superar la necesidad de esa comunión. Una procede de un don. La otra aspira a convertirse en su propia fuente. Esta distinción permite comprender por qué no debemos condenar los avances científicos por su capacidad de transformar la vida humana. Curar una enfermedad, restaurar una función neurológica o ampliar las posibilidades del conocimiento puede responder plenamente a la vocación cristiana de cuidar la creación y aliviar el sufrimiento.

La rebelión comenzaría allí donde el hombre pretendiera sustituir la dependencia ontológica de Dios por una supuesta autosuficiencia tecnológica.

En enero de 2025, los dicasterios vaticanos para la Doctrina de la Fe y para la Cultura y la Educación publicaron Antiqua et nova, una reflexión sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana.

En sus números 104 y 105, el documento aborda precisamente el riesgo de buscar en la IA una plenitud que corresponda al ámbito espiritual y advierte de la idolatría que supondría colocar una creación humana en el lugar de Dios.

Este planteamiento proporciona un antecedente doctrinal relevante para mi hipótesis, aunque la expresión «cuarta rebelión» y su articulación con las tres rebeliones de Heiser constituyen mi propia propuesta interpretativa.

VI. El verdadero peligro: la sustitución del propósito humano

Si existe una cuarta rebelión, su manifestación más profunda podría ser menos espectacular de lo que imaginamos. No necesitaría comenzar con una inteligencia artificial declarando su superioridad ni con una máquina exigiendo adoración. Podría comenzar con una modificación progresiva de nuestra comprensión del ser humano.

Si el valor de una persona llegara a identificarse exclusivamente con su capacidad intelectual, su productividad, su perfección biológica o su posibilidad de integración con sistemas tecnológicos, acabaríamos subordinando la dignidad humana a criterios de rendimiento.

La persona dejaría de ser reconocida por aquello que es y comenzaría a ser valorada por aquello que puede hacer o llegar a ser. Este desplazamiento sería especialmente grave para los enfermos, los ancianos, las personas con discapacidad y todos aquellos cuya condición no respondiera al ideal de perfección promovido por determinadas visiones tecnológicas.

Desde la antropología cristiana, la dignidad humana procede de haber sido creados a imagen de Dios. Ningún algoritmo puede otorgar o retirar esa condición.

Mi teoría sostiene que una cuarta rebelión podría desarrollarse precisamente a través de la alteración de ese principio. Las tres primeras rebeliones muestran, desde la interpretación de Heiser, una voluntad de desviar a la humanidad de su relación con Dios.

La cuarta podría alcanzar ese objetivo mediante la promesa de una humanidad autosuficiente. Una humanidad convencida de que el conocimiento ilimitado eliminará su necesidad de sabiduría, de que la ampliación de sus capacidades resolverá su condición moral y de que el dominio de la biología terminará por ofrecerle una existencia equivalente a la eternidad. En la perspectiva espiritual desde la que formulo esta hipótesis, semejante aspiración reproduce la lógica de la tentación original.

La posibilidad de una influencia de las fuerzas del mal pertenece aquí a una interpretación teológica. No puede presentarse como un hecho científicamente demostrado ni permite atribuir intenciones demoníacas a investigadores, ingenieros o empresas tecnológicas. La responsabilidad moral permanece en las decisiones humanas. Precisamente por eso el discernimiento es indispensable.

VII. La Cuarta Rebelión: la decisión que todavía podemos tomar

Las tres primeras rebeliones ofrecen una lectura del conflicto entre la voluntad divina y la pretensión de las criaturas de sustraerse a ella. La cuarta, en mi interpretación, sería una posibilidad histórica todavía abierta.

No sabemos si alcanzaremos una superinteligencia con las capacidades imaginadas por sus principales promotores. Tampoco sabemos hasta dónde llegará la integración entre el cerebro humano y los sistemas artificiales ni cuáles serán los límites reales de la ingeniería biológica.

Lo que ya podemos examinar es la finalidad que algunos discursos atribuyen a esos avances. La humanidad tiene capacidad para utilizar la inteligencia artificial en el tratamiento de enfermedades, la educación, el conocimiento científico y la protección de la vida. Tales propósitos son compatibles con una comprensión cristiana de la responsabilidad humana.

Pero también puede utilizar ese mismo poder para concentrar el dominio sobre otros seres humanos, sustituir la responsabilidad moral por decisiones automatizadas o perseguir una concepción de la existencia donde Dios resulte definitivamente prescindible.

La elección es profundamente humana. En el Edén, la serpiente ofreció conocimiento y semejanza divina. En Génesis 6, según la interpretación sobrenatural, determinados seres transgredieron el orden que correspondía a su condición. En Babel, la humanidad convirtió su ambición de grandeza en una empresa colectiva.

En la cuarta rebelión que propongo, el ser humano podría intentar superar su propia naturaleza mediante una creación intelectual destinada a proporcionarle capacidades que hasta ahora había asociado con la divinidad.

El peligro espiritual aparece cuando la aspiración deja de ser conocer y cuidar la creación y pasa a ser sustituir al Creador. Puede llegar el día en que nuestras máquinas resuelvan problemas que hoy consideramos imposibles. Podríamos recuperar funciones perdidas, prolongar extraordinariamente la vida y ampliar nuestra comprensión del universo. Nada de ello respondería, por sí mismo, a la pregunta fundamental de la existencia humana.

Porque el poder de transformar la materia no demuestra autoridad sobre el bien y el mal. La capacidad de prolongar la vida no equivale a conceder la salvación. Y la posesión de una inteligencia extraordinaria no convierte a nadie en Dios.

La cuarta rebelión, si llega a consolidarse, podría representar la culminación de una tentación tan antigua como el propio relato del Génesis: que el hombre confunda el poder de su inteligencia con el derecho a ocupar el lugar de su Creador.

Frente a esta posibilidad, encuentro en las palabras de Jesucristo una advertencia definitiva. Una pregunta formulada hace dos mil años que mantiene intacta su fuerza, incluso ante la perspectiva de una civilización dotada de superinteligencia.

«Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?» Mateo 16:26.


Michael A. Galascio, PhD

Referencias fundamentales: Michael S. Heiser, <<The Unseen Realm: Recovering the Supernatural Worldview of the Bible>> (Lexham Press, 2015); Génesis 3, 6 y 11; Deuteronomio 32:8-9; Salmo 82; 2 Pedro 1:4; Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 460; Dicasterio para la Doctrina de la Fe y Dicasterio para la Cultura y la Educación, Antiqua et nova (2025), nn. 104-105; intervención de Elon Musk en el Samson Smart Mobility Summit del 18 de mayo de 2026.

#LaCuartaRebelión #InteligenciaArtificial #Superinteligencia #Transhumanismo #Teología #GuerraEspiritual

© 2026 Michael A. Galascio, PhD · Policy Examination.

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