La sequía no está en tu ducha | El 81 % que nadie te explica

Te piden que cierres el grifo mientras te cepillas los dientes. Conviene hacerlo. Lo que no conviene es confundir una conducta responsable con una explicación completa. La sequía española cabe en una campaña institucional; la política del agua, por desgracia, no.

La cifra que desmonta el relato doméstico

España demanda aproximadamente 30.800 hectómetros cúbicos de agua al año. Cerca de 25.000 se destinan al uso agrario, alrededor del 81 % del total. El abastecimiento urbano representa aproximadamente el 15 %.

Estas proporciones no convierten el consumo doméstico en irrelevante. Sitúan cada responsabilidad en su escala correcta. Ahorrar agua en casa es razonable, especialmente durante periodos de escasez. Presentar ese ahorro como la respuesta principal desplaza la atención desde la gestión estructural hacia el comportamiento individual.

Los datos domésticos refuerzan esta diferencia. En 2024, el consumo medio fue de 128 litros por habitante y día, la misma cantidad registrada dos años antes. Durante ese periodo, el coste unitario del agua aumentó un 5,2 %. El ciudadano no consumió más, pero pagó más. La pedagogía pública, sin embargo, continúa tratándolo como si el centro del problema estuviera detrás de la puerta de su cuarto de baño.

Imagen satelital del bajo nivel de agua del embalse de Sau en Cataluña
Embalse de Sau durante la sequía de 2023. Contiene datos modificados de Copernicus Sentinel 2023.

La moral del sacrificio doméstico

Culpar al individuo resulta políticamente eficaz porque transforma un problema complejo en una instrucción sencilla. Cierra el grifo. Reduce la ducha. Vigila el contador. La persona recibe una obligación concreta y experimenta una sensación inmediata de control.

Ahí aparece una distorsión psicológica. La responsabilidad individual es necesaria, pero deja de ser virtud cuando sirve para ocultar la responsabilidad institucional. El orden personal no puede compensar indefinidamente el desorden del sistema.

La moral del sacrificio doméstico produce un ciudadano disciplinado, aunque no necesariamente informado. Aprende a medir minutos bajo el agua, pero desconoce cómo se distribuye el recurso entre territorios, actividades y usuarios. Se le enseña a sentirse responsable antes de permitirle comprender quién decide.

El mecanismo es cómodo. La culpa viaja hacia abajo; el poder de asignación permanece arriba.

El regadío: productividad y responsabilidad estratégica

El regadío ocupa el 14 % de la superficie agraria útil y genera más del 50 % de la producción vegetal española. Estos datos explican su importancia económica y alimentaria. También muestran por qué cualquier análisis serio debe evitar la caricatura.

Vista satelital de campos agrícolas de regadío próximos a Dos Hermanas, Sevilla
Campos agrícolas próximos al Guadalquivir. Imagen: ESA/Copernicus Sentinel-2, CC BY-SA 3.0 IGO.

El agricultor no es el enemigo. La agricultura de regadío sostiene producción, empleo, territorios y cadenas de abastecimiento. Reducir el debate a una confrontación entre hogares y campo sería tan superficial como responsabilizar únicamente al consumidor doméstico.

Precisamente porque el regadío es estratégico, su planificación debe someterse a criterios rigurosos: disponibilidad real de cada cuenca, sostenibilidad de las extracciones, adecuación de los cultivos, eficiencia de las infraestructuras y transparencia en la asignación.

Proteger un sector no significa excluirlo del examen público. Un sector protegido de toda pregunta acaba convertido en un sector vulnerable a sus propios excesos y a las decisiones de quienes dicen representarlo.

La política del agua y el arte de aplazar decisiones

La política hídrica española arrastra una lógica territorial construida durante décadas. Comunidades autónomas, comunidades de regantes, administraciones hidráulicas y sectores exportadores participan en un sistema donde cada decisión distribuye beneficios, costes y capacidad de influencia.

Por eso el debate suele desplazarse hacia los trasvases, los embalses o las restricciones urbanas. Son conflictos visibles y políticamente rentables. Permiten defender un territorio, señalar a otro y posponer la cuestión principal: qué modelo productivo puede sostener cada cuenca con el agua realmente disponible.

El patrón es antiguo. Cuando un recurso escaso sostiene poder económico y territorial, las élites prefieren administrar la tensión antes que revisar las reglas. Se anuncian soluciones técnicas, se negocian excepciones y se pide paciencia al ciudadano. La estructura permanece.

La opacidad no consiste en esconder documentos. Los datos están publicados. Consiste en evitar que esos datos ordenen la conversación política. Una cifra enterrada en un informe puede ser oficialmente pública y democráticamente invisible.

El promedio que oculta los años secos

España demanda actualmente más del 30 % de sus recursos hídricos naturales medios. El Ministerio para la Transición Ecológica sitúa cerca del 40 % el máximo sostenible como promedio.

La distancia entre ambas cifras puede parecer suficiente. Esa interpretación olvida que un promedio combina años húmedos y secos, territorios con disponibilidades distintas y demandas que no se distribuyen de manera uniforme. El promedio describe el conjunto, pero no garantiza la seguridad de cada cuenca.

La gestión sostenible exige trabajar con la variabilidad, no esconderla dentro de una media nacional. Cuando la planificación se aproxima al límite sostenible durante los años normales, un periodo seco deja de ser una anomalía y se convierte en una prueba de resistencia para todo el sistema.

La técnica puede calcular volúmenes. La política debe decidir prioridades. Confundir ambas funciones permite que las decisiones de poder aparezcan como simples consecuencias de la meteorología.

Responsabilidad sin contabilidad

El ciudadano debe ahorrar agua. También tiene derecho a conocer cómo se distribuye el recurso, qué controles existen, qué actividades reciben prioridad y cómo se justifican esas decisiones.

Sin esa información, la responsabilidad se convierte en obediencia. El individuo cumple mientras el sistema conserva sus zonas de sombra. Se le exige conciencia ambiental, pero se le ofrece una contabilidad política incompleta.

Una democracia madura no necesita ciudadanos exentos de deberes. Necesita ciudadanos capaces de distinguir entre su deber personal y la obligación superior de quienes administran un bien común.

La pregunta que queda

La próxima vez que una campaña institucional te pida reducir el consumo, reduce aquello que puedas desperdiciar. Después mira más allá del grifo.

Si el uso agrario representa el 81 % de la demanda hídrica española, ¿quién decide cómo se distribuye ese volumen, con qué criterios, bajo qué controles y ante qué responsabilidad pública?

La sequía puede comenzar en el cielo. La opacidad comienza en los despachos.

Fuentes: Ministerio para la Transición Ecológica, Usos del agua en España 2021/22, 2021/22; Instituto Nacional de Estadística, Estadística sobre el suministro y saneamiento del agua, 2024.

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