Ensayo político-psicológico
Bauman, el poder y la rebelión contra la idea de ser reemplazable
Un ensayo sobre la muerte política, la identidad y el impulso de ciertos líderes a permanecer cuando todo parece pedirles que se marchen
Hay una escena que se repite con una regularidad casi cómica en la política. Un dirigente pierde una elección, recibe una condena, provoca una rebelión dentro de su partido o deja que la edad se haga visible ante millones de personas. Los observadores creen estar viendo el final. Él, en cambio, descubre una razón más para continuar. El fracaso, que para cualquier otro sería una puerta de salida, se convierte en una nueva prueba de que retirarse sería irresponsable. Cambian las razones. El cargo, curiosamente, siempre queda a salvo.
Solemos llamar ambición a ese comportamiento y seguimos adelante, satisfechos con la explicación. La ambición cuenta, por supuesto. También cuentan el dinero, la influencia, la protección jurídica, el séquito y esa forma de cortesía que lleva a centenares de personas a reír un chiste malo cuando quien lo cuenta controla sus carreras. Pero todo eso deja una pregunta sin responder. ¿Por qué la adversidad extrema, en vez de debilitar el deseo de poder, puede intensificarlo? ¿Qué ocurre dentro de un líder cuando retirarse deja de significar perder un cargo y empieza a parecerse a desaparecer?
La respuesta más inquietante la escribió Zygmunt Bauman en 1992, en un ensayo titulado Survival as a Social Construct. Conviene precisar el término, porque la precisión evita convertir una teoría seria en una consigna de sobremesa. Bauman no llamó a su propuesta «el constructo como supervivencia». Habló de la supervivencia como relación social, de las políticas de supervivencia y de la supervivencia mediante una causa común. Su punto de partida era sencillo y desagradable, pues los seres humanos podemos imaginar un futuro en el que ya no estaremos. Sabemos que la conversación seguirá sin nosotros. Esa certeza produce una herida que la cultura intenta administrar desde que aprendimos a enterrar a nuestros muertos y a contar historias sobre ellos. [1]
Piense en la extraña desproporción. La mente concibe proyectos, símbolos, países, revoluciones y legados capaces de durar siglos. El cuerpo, menos impresionado por nuestras metáforas, caduca. La cultura aparece en parte para negociar esa humillación. Como la muerte en abstracto no puede derrotarse, la dividimos en amenazas concretas: una enfermedad, un accidente, un hábito, un enemigo. Cada una admite un médico, un reglamento, una campaña o una guerra. La pregunta imposible, «¿cómo evitaré el final?», se transforma en otra mucho más manejable: «¿qué peligro debo vencer hoy?».
Aquí se abre la primera puerta del secreto político. El líder acorralado realiza la misma operación con su muerte pública. Una pérdida general de autoridad resulta demasiado amplia y demasiado íntima para aceptarla de una vez. Por eso se desmenuza. Ya no hay un final de época. Hay un juez hostil, un periodista sesgado, un donante nervioso, un aliado desleal, una encuesta defectuosa, una reunión mal explicada o una elección cuya limpieza se discute. Algunas denuncias pueden ser ciertas y otras falsas. La política produce conspiraciones reales con la misma facilidad con que inventa las imaginarias. Lo decisivo es la función del relato. Si el peligro tiene nombre, fecha y rostro, todavía puede combatirse.
La crisis adquiere entonces una propiedad que rara vez se reconoce, prolonga subjetivamente la vida política. Mientras quede una batalla pendiente, queda un personaje que interpretar. La normalidad invita a preguntar por la sucesión. La emergencia vuelve la pregunta casi indecente. El dirigente ni siquiera necesita inventar todos los peligros. Le basta con organizarlos dentro de una historia cuyo desenlace requiera siempre su presencia. Cada incendio demuestra que aún hace falta el bombero, incluso cuando nadie se atreve a preguntar quién guardaba las cerillas.

Bauman retoma de Elias Canetti una distinción todavía más perturbadora. Conservarse y sobrevivir no son exactamente lo mismo. Conservarse significa seguir vivo. Sobrevivir, en cambio, implica haber sobrevivido a alguien. El superviviente necesita al derrotado, al expulsado o al olvidado como prueba de su propia continuidad. Y como ninguna victoria elimina la certeza de la mortalidad, la demostración debe repetirse. El superviviente radical vive de prórroga en prórroga, midiendo su existencia frente a la desaparición de otros. [1]
En una democracia, esa relación no suele expresarse mediante violencia física. Adopta formas más presentables. Se trata de elecciones, purgas partidarias, cambios de gabinete, litigios, primarias, portadas y guerras por el archivo. El dirigente sobrevive al rival que anunció su sustitución, al fiscal que quiso procesarlo, al editorial que publicó su obituario político y al heredero que confundió la paciencia con un plan de carrera. Con el tiempo, la longevidad se convierte en argumento. «Si sigo aquí después de todo aquello, alguna razón habrá». Puede ser cierto. También puede significar simplemente que sigue ahí. La permanencia posee esa amable costumbre de presentarse como prueba de mérito.
Hay un detalle más íntimo. Para una identidad construida alrededor del protagonismo, la indiferencia puede resultar más amenazante que el odio. El adversario confirma que uno todavía ocupa el centro. Cada ataque dice: «Aún eres lo bastante importante para que organicemos nuestra energía contra ti». Por eso la persecución, real o percibida, puede actuar como un sacramento de centralidad. El enemigo cree estar reduciendo al líder y termina certificando su relevancia. Le entrega una renta psicológica, la evidencia diaria de que la historia todavía lo mira.
Ahora llegamos a la segunda capa. Las religiones prometían que la vida individual podía continuar fuera del mundo verificable. La modernidad trasladó parte de esa promesa a causas visibles: nación, clase, revolución, democracia, seguridad, restauración. El individuo moriría, pero su obra seguiría respirando en una comunidad futura. Bauman llamó a este mecanismo la política de supervivencia de la causa común. La causa ofrece una forma secular de inmortalidad. El problema comienza cuando necesita un rostro y ese rostro aprende a confundir su continuidad con la de aquello que representa. [1]
Una causa política requiere pruebas. El líder debe demostrar que la receta funciona mediante una victoria, una reforma, un enemigo contenido o una elección ganada. Cada fracaso deposita una capa de duda sobre el proyecto y sobre quien lo encarna. Poco a poco aparece un circuito peligroso: la supervivencia de la receta empieza a depender de la supervivencia del cocinero. Si el dirigente cae, sus adversarios declararán que la causa también cayó. Si la causa fracasa, el dirigente fusionado con ella pierde la arquitectura que daba sentido a su vida. Persona y misión terminan tomándose mutuamente como rehenes.
Este es el punto en el que la economía deja de bastar. Conocemos la falacia de los costes hundidos: cuanto más se ha invertido en una empresa fallida, más difícil resulta abandonarla. En un liderazgo prolongado, lo hundido no es únicamente dinero o tiempo. Es identidad. Décadas de sacrificios, enemistades y decisiones se vuelven difíciles de soportar si el desenlace admite que otro podía continuar mejor. Retirarse ya no parece una forma de limitar pérdidas futuras. Parece una confesión de que las pérdidas anteriores carecieron de sentido. El dirigente insiste para rescatar retrospectivamente su propia biografía.
Por eso la sucesión es mucho más delicada de lo que parece. Se dice a menudo que ciertos líderes permanecen porque no existe un reemplazo. A veces el orden causal es el inverso: no existe reemplazo porque la permanencia exige que nadie parezca capaz de reemplazarlos. Un heredero competente ofrece continuidad al proyecto, pero también revela que el jefe es sustituible. Los posibles sucesores son mantenidos demasiado cerca para independizarse y demasiado lejos para adquirir estatura. Después, el líder contempla el páramo que ha cultivado y anuncia, con visible sentido del deber, que no hay alternativa.
El mecanismo ni siquiera requiere una conspiración consciente. Partidos, gabinetes y cortes aprenden qué comportamientos reciben premio. Los subordinados más capaces disimulan su capacidad para no despertar sospechas; los menos capaces exhiben una devoción muy tranquilizadora. La organización empieza a seleccionar las cualidades que hacen indispensable al jefe y débil a la institución. La ausencia de sucesor, producida lentamente por el sistema, acaba utilizándose como prueba objetiva de que el líder debe continuar. Es un círculo perfecto. También es una de las formas más eficaces de esterilidad política.
Y todavía falta algo. Alrededor del dirigente se acumulan carreras, contratos, reputaciones, secretos y futuros electorales. Si cae el centro, muchos satélites pierden su órbita. Se forma lo que podríamos llamar una coalición de mortalidades aplazadas. El jefe protege al séquito porque el séquito sostiene al jefe. La lealtad puede contener convicción ideológica, afecto y gratitud. También puede ser una manera colectiva de evitar la nada profesional. No hace falta reunir villanos en una habitación oscura. Bastan seres humanos capaces de calcular el precio del desempleo bajo una iluminación normal.
Bauman reserva su intuición más incómoda para el final. Lo aterrador de desaparecer no consiste únicamente en dejar de actuar. Consiste en quedar sometido al juicio de quienes continúan. Los supervivientes abrirán los archivos, reinterpretarán las victorias, cambiarán las estatuas de sitio y decidirán cuánto significó nuestra presencia. El poder intenta limitar ese veredicto colonizando el futuro desde el pasado. Las leyes, los monumentos, las instituciones y los relatos oficiales reducen la libertad de quienes un día contarán la historia. [1]
El líder lucha, por tanto, en dos tiempos. Gobierna el presente mientras intenta redactar el pasado antes de que otros se apropien del epílogo. Una derrota aceptada entrega al adversario la puntuación final. Un regreso la convierte en intermedio. Aquí la política deja ver una dimensión que suele ocultar tras presupuestos y programas: es una disputa anticipada con lectores que todavía no han nacido.
Nada de esto autoriza a diagnosticar desde lejos a las figuras que vienen a continuación. No sabemos qué temen en privado y fingir que lo sabemos sería psicología de salón. El marco de Bauman sirve para identificar incentivos simbólicos, estructuras organizativas y relatos observables. También permite ver las diferencias. Algunas instituciones separan al portador de la causa, ofrecen una retirada honorable y demuestran que el mundo puede continuar después de una biografía. Otras convierten esa separación en una amenaza existencial. Esa diferencia es una medida bastante precisa de salud política.
Y es aquí donde aparece Silvio Berlusconi. Su carrera parece escrita por alguien que desconfiaba de los finales discretos. Afrontó derrotas electorales, procesos judiciales, una condena firme por fraude fiscal, la expulsión del Senado italiano en 2013 y una prohibición temporal de ejercer cargos públicos. Un observador razonable habría considerado terminado el argumento. Berlusconi volvió al Parlamento Europeo en 2019 y al Senado en 2022, poco antes de cumplir 86 años. La política italiana, siempre cortés con las segundas y terceras vidas, le concedió otra escena. [2]
El detalle revelador no está únicamente en que regresara, sino en la estructura que hacía posible el regreso. Berlusconi no fue un empresario de medios que un día decidió entrar en política como quien cambia de oficina. Su persona, Forza Italia y su ecosistema de comunicación crecieron juntos. El partido podía sobrevivirlo jurídicamente, pero tenía dificultades para imaginarse simbólicamente sin su nombre, sus recursos y su estilo. Allí la falta de sucesión no refutaba la indispensabilidad. La producía.
Cada retorno alteraba el significado del episodio anterior. La condena dejaba de ser conclusión y se convertía en peripecia. La expulsión pasaba a ser exilio. La edad funcionaba como una provocación dirigida a quienes ya habían calculado su obsolescencia. La victoria decisiva no consistía siempre en gobernar. Consistía en sobrevivir al juicio narrativo de jueces, adversarios y antiguos aliados. Habían anunciado que el personaje estaba acabado y el personaje reaparecía para obligarlos a corregir el texto.
Su caso también revela una mutación contemporánea de la causa común. Berlusconi no encarnaba una doctrina total comparable con los grandes movimientos del siglo XX. Su oferta era más elástica: empresa, anticomunismo, optimismo, protección frente a una magistratura presentada como politizada y promesa de prosperidad cotidiana. Esa flexibilidad facilitaba la supervivencia. Una doctrina rígida puede ser refutada. Un personaje televisivo cambia de guion. En algún punto, la persona misma se convierte en la causa y la fidelidad al programa cede terreno a la fidelidad a la continuidad del protagonista.
La historia de Boris Johnson parece distinta, pero conduce a la misma habitación por otro pasillo. En 2019 obtuvo una amplia victoria con una misión comprimida en tres palabras inglesas: Get Brexit Done. Había verbo, objeto y héroe. Después llegaron las reuniones en Downing Street durante las restricciones sanitarias, las acusaciones de haber engañado al Parlamento, las dimisiones ministeriales y la rebelión conservadora. Johnson dejó el cargo de primer ministro en 2022 y su escaño en 2023. El Comité de Privilegios concluyó que había engañado deliberadamente a la Cámara y que, de continuar como diputado, habría merecido una suspensión de 90 días. [3]
Durante su resistencia inicial apareció la fragmentación descrita por Bauman. El colapso general de confianza se dividió en malentendidos concretos, funcionarios, comunicaciones imperfectas y rivales impacientes. Cada pieza podía debatirse por separado. Lo que debía evitarse era admitir el cambio de totalidad: el personaje providencial había dejado de resultar funcional incluso para el partido que había explotado su atractivo.
Johnson ilustra otro secreto del poder, el problema del héroe después de la misión. Quien llega para resolver una emergencia necesita descubrir una segunda emergencia cuando la primera termina. Churchill aprendió en 1945 que ser indispensable durante la guerra no otorgaba propiedad sobre la paz. Johnson, después del Brexit formal, debía trasladar el carisma de la liberación a la administración ordinaria. Es un tránsito ingrato. La historia pide símbolos. La administración pide detalles, actas y explicaciones. Los símbolos suelen mantener con las notas al pie una relación distante.
En Gran Bretaña ocurrió algo esencial: las instituciones separaron la causa de su portador. El Brexit no fue revocado porque Johnson perdiera el cargo. El Partido Conservador pudo sustituirlo, el Parlamento pudo juzgar su conducta y los ministros pudieron retirarle apoyo sin declararse enemigos del país. La salida resultó áspera, pero efectiva. Bauman ayuda a entender por qué Johnson resistió. La constitución británica explica por qué esa resistencia encontró un muro que no necesitó proclamar inmortal a nadie.

Al cruzar el Atlántico, la historia se vuelve más intensa porque la polarización estadounidense transforma a sus protagonistas en universos morales completos. Donald Trump perdió las elecciones de 2020 por 306 votos electorales frente a 232. Había atravesado dos juicios políticos y después afrontó varios procesos judiciales. Sostuvo que la elección había sido arrebatada y presentó las actuaciones en su contra como persecución política. Para sus adversarios, 2020 era una clausura. Para sus partidarios, una interrupción. En 2024 regresó a la presidencia con 312 votos electorales frente a 226. [4] [5]
Aceptar una derrota convencional habría permitido al Partido Republicano conservar gran parte del programa y escoger otro portador. Rechazar el carácter concluyente de la derrota mantuvo unidos líder, agravio y causa. Make America Great Again dejó de ser únicamente un repertorio de políticas sobre fronteras, industria, cultura o instituciones. Se convirtió también en una disputa sobre quién tenía autoridad para decir qué había ocurrido en 2020. La pelea por el resultado pasó a formar parte de la identidad del movimiento.
Aquí puede verse con claridad el sacramento de la centralidad. Cada investigación era leída por los detractores como prueba de inhabilidad y por los seguidores como prueba de que el sistema temía al único hombre capaz de desafiarlo. Las dos partes, al ordenar la conversación nacional alrededor de Trump, coincidían sin querer en la premisa que más lo favorecía: resultaba imposible hablar de Estados Unidos sin hablar de él. La polarización divide, pero también fija la mirada. Puede inmortalizar a su objeto mucho antes de que los historiadores se pongan de acuerdo sobre él.
El regreso de 2024 hizo algo todavía más profundo. No añadió simplemente una victoria al expediente. Cambió retrospectivamente el significado de la derrota. Lo que parecía final se convirtió en el capítulo necesario de una epopeya de restitución. Ese es el verdadero poder del retorno: obliga a releer todos los episodios anteriores. Bauman sostenía que el superviviente intenta restringir el juicio de quienes vienen después. Trump lo consiguió, al menos en un sentido político elemental. Cualquier historia de su trayectoria tendrá que explicar que volvió.
Sería cómodo reducir todo esto a la psicología individual, y sería falso. Millones de votantes apoyaron a Trump por razones económicas, culturales, fronterizas, institucionales o partidarias que existen con independencia de su personalidad. El marco no invalida esas razones. Explica por qué, dentro de esa coalición, programa y portador se hicieron difíciles de separar. También explica por qué cada intento de clausura externa podía suministrar combustible al relato del regreso. Un adversario que desea expulsar definitivamente a un líder puede acabar regalándole la escena de la resurrección.
Joe Biden ofrece la inversión del mismo mecanismo. Tras el debate del 27 de junio de 2024, las dudas sobre su edad y su capacidad para ganar crecieron dentro del Partido Demócrata. Durante semanas insistió en continuar mientras legisladores, donantes y dirigentes aumentaban la presión. El 21 de julio abandonó la candidatura. Días después presentó la decisión como defensa de la democracia y como relevo hacia una generación más joven. [6]
Lo interesante es que la causa justificó primero la permanencia y después la retirada. Biden había construido su presidencia como defensa del orden democrático frente a Trump. Si la amenaza era histórica, marcharse podía sentirse como deserción. Pero la misma misión terminó expulsando al misionero cuando el partido concluyó que su candidatura reducía las posibilidades de victoria. La causa se separó del hombre y adquirió autoridad para decirle que se apartara.
El retraso de Biden no necesita explicarse mediante una caricatura sobre la vejez. Había una asimetría identitaria. Las encuestas y el debate ofrecían información probabilística acerca del futuro. Su biografía entera ofrecía evidencia retrospectiva de resistencia: pérdidas personales, campañas fallidas, décadas en el Senado, la vicepresidencia y una victoria presidencial alcanzada cuando muchos lo consideraban terminado. La cualidad que lo había llevado hasta la cumbre, negarse a aceptar el veredicto prematuro de otros, dificultaba reconocer un veredicto que esta vez podía ser oportuno. A veces una virtud no se convierte en vicio. Simplemente llega al lugar equivocado sin cambiarse de ropa.
La salida fue posible porque había mecanismos de separación. El partido, los datos, los aliados y una sucesora disponible permitieron conservar la causa sin conservar la candidatura. Biden también pudo narrar su retirada como servicio, no como aniquilación personal. Las instituciones funcionan mejor cuando ofrecen al dirigente una identidad honorable después del cargo. Washington comprendió que la joven república necesitaba demostrar que sobreviviría a su fundador. La retirada de Biden fue más forzada y menos clásica, pero confirmó el principio: una causa política alcanza cierta madurez cuando puede despedir a quien la invoca sin sentir que se suicida.
Benjamin Netanyahu nos conduce a la zona más delicada del argumento, porque allí la amenaza colectiva no es una metáfora. Israel llegará a las elecciones fijadas para el 27 de octubre de 2026 después del ataque del 7 de octubre de 2023, guerras regionales, profundas divisiones internas, tensiones con aliados y un juicio por corrupción que continúa. Netanyahu, de 76 años, ha confirmado que competirá de nuevo. Niega las acusaciones y presenta su experiencia como un activo necesario para la seguridad del país. [7] [8] [9]
Reducir los peligros militares de Israel a las necesidades psicológicas de un dirigente sería una frivolidad. Son amenazas reales. Precisamente por eso el mecanismo de Bauman se vuelve más potente. Cuando la supervivencia nacional ocupa el centro del debate, separar la continuidad del Estado de la continuidad del líder adquiere un coste político elevado. La emergencia suspende el tiempo sucesorio. Siempre parece prudente esperar a que termine la crisis. Y siempre hay otra crisis aguardando su turno.
Netanyahu ha construido durante décadas una identidad pública como custodio de la seguridad, conocedor de Estados Unidos, Irán, el mundo árabe y las fracturas internas de Israel. El 7 de octubre golpeó el centro de esa promesa. El mismo fracaso alimentó dos interpretaciones incompatibles. Para sus críticos, refutaba la competencia del custodio. Para el líder y sus partidarios, aumentaba la necesidad de experiencia para reparar el daño y dirigir las guerras posteriores. La evidencia no habla por sí sola. Entra en una narración previa. El fracaso puede terminar una misión o multiplicar las tareas que el misionero afirma estar preparado para completar.
También aparece la coalición de mortalidades aplazadas. En un sistema parlamentario fragmentado, socios ideológicos, religiosos y personales dependen de la continuidad gubernamental para realizar programas y conservar influencia. El primer ministro depende de ellos para seguir gobernando. La supervivencia es recíproca. Cada miembro puede desconfiar de los demás y temer todavía más el mundo que empezaría después de la ruptura. El poder se mantiene porque varias biografías, agendas y riesgos jurídicos o electorales quedan atados al mismo nudo.
Este caso no demuestra que las decisiones de Netanyahu sean correctas o incorrectas. Muestra algo más preciso. Cuando una causa genuinamente existencial se personaliza, la evidencia de fallo puede alimentar dos relatos opuestos: destitución por responsabilidad o continuidad por necesidad. Las elecciones resolverán quién reúne poder suficiente para gobernar. No resolverán por sí mismas la disputa acerca de qué significó cada crisis ni quién tiene derecho a escribir su versión definitiva.
Ahora podemos volver a la pregunta inicial. ¿Qué fuerza impulsa a ciertos líderes a permanecer cuando los hechos parecen pedir su retirada? La ambición sigue ahí, pero ya no aparece sola. La acompaña una amenaza más profunda: perder la voz, la centralidad y el derecho a ordenar la propia historia. El dirigente que ha unido su identidad a una causa puede experimentar la salida como muerte social anticipada. Los demás continuarán. Abrirán los archivos. Repartirán responsabilidades. Tal vez pronuncien la frase que todo personaje providencial teme escuchar: «Después de todo, era reemplazable».
Por eso una dificultad extrema puede endurecer la obstinación. La crisis fragmenta el final en tareas. El enemigo confirma centralidad. La ausencia de sucesor prueba una indispensabilidad que quizá fue fabricada. El séquito convierte destinos privados en una fortaleza colectiva. El regreso reescribe la derrota. La emergencia aplaza la hora del juicio. Lo que desde fuera parece una batalla por el mando puede ser, desde dentro, una rebelión contra la sustituibilidad.
Los cinco líderes revelan variantes del mismo patrón. Berlusconi convirtió la recurrencia en contenido político y su persona en una causa flexible. Johnson encontró el límite de unas instituciones capaces de preservar el Brexit y prescindir de su heraldo. Trump transformó la derrota en el episodio imprescindible de un retorno. Biden resistió hasta que la causa democrática logró separarse de su candidatura. Netanyahu compite dentro de una emergencia real donde seguridad nacional y continuidad personal se refuerzan y se impugnan mutuamente.
La conclusión fácil sería llamar narcisistas a los dirigentes. Algunos probablemente lo son. También hay dentistas, novelistas y presidentes de comunidad con una opinión elevada de sí mismos y menor capacidad para alterar fronteras. La cuestión política importante está en otra parte. Las instituciones distribuyen y contienen una necesidad humana bastante universal: trascender el cuerpo, vencer la insignificancia y dejar una forma reconocible en el futuro. Un sistema sano no necesita santos sin ego. Necesita hacer posible que personas ambiciosas abandonen el cargo sin sentir que abandonan el ser.
Para lograrlo hacen falta sucesores visibles, partidos que no sean biografías con logotipo, archivos independientes, límites comprensibles y rituales de salida capaces de conceder honor sin conceder eternidad. También hacen falta ciudadanos que distingan una causa de su intérprete. Cincinato y Washington siguen fascinando porque la renuncia voluntaria nunca ha sido una inclinación espontánea del poder. Quien ocupa el centro rara vez acepta que ha llegado el momento de cederlo.

Tal vez este sea el hallazgo que Bauman dejó escondido a plena vista. La democracia es un método para seleccionar gobernantes, pero también es un régimen de mortalidad política. Obliga al líder a experimentar periódicamente una muerte simbólica y promete a la comunidad que la vida continuará. Su prueba más difícil consiste en demostrar que el Estado, el partido y la causa pueden sobrevivir al hombre que llegó a creer que los mantenía vivos. La historia produce salvadores con una facilidad sospechosa. La democracia demuestra su madurez cuando sabe sobrevivir a ellos.
Fuentes y referencias
Las referencias periodísticas y documentales se ofrecen para verificar los hechos citados. La interpretación psicológica y sociológica corresponde al ensayo.
[1] Zygmunt Bauman, «Survival as a Social Construct», Theory, Culture & Society, vol. 9, 1992, pp. 1-36.
[2] Reuters, expulsión de Berlusconi del Senado italiano en 2013 y regreso al Parlamento en 2022.
[3] Cámara de los Comunes, informe del Comité de Privilegios sobre la conducta de Boris Johnson.
[4] National Archives, resultados del Colegio Electoral de 2020: Biden 306, Trump 232.
[5] National Archives, resultados del Colegio Electoral de 2024: Trump 312, Harris 226.
[7] Reuters, guía de las elecciones israelíes y candidaturas, 29 de julio de 2026.
[8] Reuters, confirmación de las elecciones israelíes para el 27 de octubre de 2026.
[9] Reuters, continuidad del juicio por corrupción de Netanyahu en 2026.
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