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LA REALIDAD QUE NADIE NOS EXPLICÓ

13–19 minutos

·

28 agosto, 2026

·

Sin categoría
Interacción entre una mano humana y una mano robótica

Una conversación pendiente desde 1995

Hay algo que llevo conmigo desde 1995 y que durante mucho tiempo preferí no escribir. No porque fuera indecible. Simplemente carecía del lenguaje adecuado para explicarlo sin que perdiera profundidad o terminara reducido a una de esas afirmaciones que se consumen rápidamente y se olvidan al día siguiente. Algunas ideas necesitan tiempo. Uno las recibe antes de estar preparado para comprenderlas.

Francisco Rodríguez Domínguez, mi amigo y mentor, habló conmigo entonces sobre la realidad. Han pasado más de treinta años y todavía recuerdo el efecto que produjo aquella conversación. Francisco poseía una cualidad poco frecuente: sabía colocar una pregunta en el lugar exacto y dejar que hiciera su trabajo. No necesitaba adornarla. Tampoco tenía prisa por responderla. Aquella vez la pregunta parecía demasiado sencilla para justificar el tiempo que terminaría acompañándome: ¿qué es exactamente eso que llamamos realidad?

Parece una cuestión reservada a filósofos hasta que uno la acerca un poco. Tengo delante una mesa. La veo, la toco, puedo apoyar la mano sobre ella. Usted tiene ahora una pantalla ante los ojos. Ambos sabemos que esos objetos existen. El problema empieza cuando preguntamos qué parte de ellos conocemos realmente. Los sentidos no reciben el mundo entero. Reciben ciertas señales. Los ojos trabajan dentro de una fracción del espectro electromagnético. El oído dentro de un rango determinado de frecuencias. La atención descarta casi todo lo que sucede a nuestro alrededor. Después el cerebro organiza lo que queda, completa ausencias, compara con experiencias anteriores y construye una escena suficientemente estable para permitirnos caminar por una habitación sin golpearnos contra los muebles.

Eso es extraordinariamente eficaz. También debería hacernos modestos.

Durante años volví mentalmente a aquella conversación con Francisco porque intuía que la cuestión tenía consecuencias psicológicas. Hoy entiendo que tenía también consecuencias políticas. Y tecnológicas. Quizá incluso espirituales.

Hay una analogía que lo explica mejor que cualquier tratado. Cuando abro un mapa digital de Madrid veo calles, estaciones, tráfico y rutas. Puede llevarme exactamente hasta una dirección. Sin embargo, ese mapa no contiene Madrid. Ha eliminado casi todo Madrid para ofrecerme aquello que necesito en ese momento. No aparecen la mujer que acaba de recibir una mala noticia, los dos hombres que discuten detrás de una ventana, la memoria de un edificio, el olor del café, el miedo de alguien que entra en un hospital ni la alegría de quien acaba de salir de él. Todo eso pertenece a la ciudad y, sin embargo, el mapa funciona prescindiendo de ello.

La utilidad del mapa depende de su capacidad para ocultar.

Ésta es una de las ideas que Francisco dejó conmigo. El error comienza cuando olvidamos que estamos mirando una representación y creemos estar contemplando la totalidad.

Michael Talbot llegó a una pregunta semejante por otra vía. En los textos que he estado revisando aparece su concepción de una realidad organizada en niveles, con una estructura holográfica en la que la separación que percibimos entre las cosas no agotaría la relación profunda existente entre ellas. El universo visible sería una modalidad de manifestación de algo más amplio, y cada parte conservaría una relación con el conjunto.

La analogía del holograma resulta importante porque rompe una intuición muy arraigada. Estamos acostumbrados a pensar que cada fragmento contiene únicamente su parte. Talbot plantea una organización diferente. En ese esquema, aquello que parece separado en la superficie puede encontrarse profundamente relacionado en otro nivel.

El ordenador ofrece otra manera de entenderlo. En la pantalla veo carpetas, documentos y una papelera. Puedo mover un archivo de un lugar a otro y borrar otro arrastrándolo con el ratón. Pero dentro de la máquina no existen carpetas amarillas ni papeleras. La interfaz traduce procesos mucho más complejos a un lenguaje que mi cerebro puede manejar.

Talbot llevó una intuición parecida hacia el sistema nervioso. La percepción, según el modelo desarrollado en los textos, actuaría como una forma de descodificación. Nuestro cerebro reconstruiría una experiencia inteligible a partir de patrones cuya naturaleza profunda no aparece directamente ante la conciencia.

Cada vez que regreso a esta idea pienso en Francisco.

Quizá por eso recuerdo aquella conversación después de tantos años. No estaba enseñándome a desconfiar del mundo. Me estaba enseñando algo más incómodo: a desconfiar de la facilidad con la que confundimos nuestra interpretación del mundo con el mundo mismo.

Michio Kushi abordó el mismo problema mediante un lenguaje muy diferente. Para él existía un mundo relativo, sometido a tiempo, espacio, aparición, transformación y desaparición, y una realidad absoluta anterior a esas formas. En su concepción, de esa profundidad emergen polaridades, vibración, materia y vida.

Siempre he encontrado una imagen sencilla para comprenderlo. Una ola tiene forma. Podemos medirla, fotografiarla, calcular su velocidad y señalar el momento en que desaparece. Durante unos segundos posee una identidad clara. Pero la desaparición de la ola no significa la desaparición del agua.

Pasamos buena parte de nuestra existencia discutiendo sobre olas.

Kushi dirigía la atención hacia el océano.

Su esquema describe una realidad que se despliega desde una fuente común hacia polaridades, energía, partículas, materia, vida y conciencia. Lo relevante aquí es su manera de pensar. Nosotros solemos observar la realidad longitudinalmente: ayer, hoy, mañana; nacimiento, juventud, vejez; expansión, crisis, caída; un gobierno seguido de otro. Kushi obliga a preguntar por la profundidad. Qué existe debajo de la forma. Qué sostiene el fenómeno mientras éste aparece y desaparece.

San Pablo dejó una frase extraordinariamente precisa para este problema: «Ahora vemos por espejo, oscuramente» (1 Corintios 13:12).

La frase suele leerse únicamente en clave religiosa. A mí me interesa también como afirmación epistemológica. Vemos. Pero vemos mediado por algo. El espejo antiguo al que se refería Pablo no era el cristal perfecto que conocemos hoy. Era una superficie metálica pulida. Devolvía una imagen real, aunque incompleta y deformada. La cuestión no era que la imagen fuese inexistente. La cuestión era que todavía no veíamos directamente.

Dos mil años después continuamos frente al espejo.

Philip K. Dick lo expresó de otra forma en Metz, en 1977. Durante aquella conferencia habló de una realidad susceptible de experimentar cambios laterales. Para explicarlo recurrió a un cuadro que es modificado sin ser sustituido completamente. Se añade un árbol, desaparece una figura, cambia una parte de la escena. Al regresar, el observador reconoce el cuadro y al mismo tiempo siente que algo no coincide con su recuerdo.

Dick habló de déjà vu, de recuerdos residuales y de la posibilidad de variables modificadas. Utilizó términos que hoy llaman especialmente la atención: programador, reprogramación, realidad programada.

En 1977, estas palabras pertenecían todavía al territorio fronterizo entre la filosofía, la teología y la ciencia ficción. Hoy vivimos dentro de sistemas programados que deciden cada día una parte significativa de aquello que contemplamos.

Ahí la conversación cambia.

Dos personas pueden vivir en el mismo edificio de Madrid y habitar mundos psicológicamente diferentes. Una abre el teléfono y encuentra delincuencia, inmigración, corrupción, guerra y decadencia institucional. Otra encuentra desigualdad, discriminación, emergencia climática y abusos empresariales. Ambas pueden estar recibiendo acontecimientos reales. Ninguna necesita haber sido engañada mediante una noticia inventada. Basta con que cada una reciba una selección diferente.

La realidad material puede ser la misma. La realidad experimentada empieza a separarse.

Esto merece más atención de la que solemos concederle. Se puede construir una visión deformada del mundo utilizando exclusivamente hechos verdaderos. Un centenar de acontecimientos reales puede organizarse de tal manera que produzca conclusiones completamente diferentes. Todo director de cine lo sabe. Si recibe cien horas de material, la película final dependerá de qué conserva, qué elimina, cuánto dura cada plano y qué coloca inmediatamente antes y después.

El montaje posee significado.

Nuestro tiempo ha convertido ese principio en una condición cotidiana de existencia.

Antes existía un editor de periódico que decidía qué noticia aparecía en portada. Era visible. Tenía nombre. Podíamos conocer su línea editorial y discutirla. Ahora gran parte de la selección ocurre mediante sistemas que trabajan a una velocidad y una escala imposibles para un editor humano. Analizan lo que miramos, dónde detenemos el dedo, qué compartimos, qué nos irrita, qué nos tranquiliza y qué consigue que volvamos.

El algoritmo no necesita conocer el sentido último de aquello que hace. Le basta con optimizar.

Y nosotros recibimos el resultado como mundo.

Aquí encuentro una de las conexiones más profundas con aquella conversación de 1995. El problema ya no consiste únicamente en que nuestra percepción sea limitada. Hemos construido intermediarios capaces de decidir qué parte de la realidad llegará hasta esa percepción limitada.

El mapa ha empezado a escoger qué calles mostrarnos.

Michael Gazzaniga añadió una pieza psicológica todavía más delicada. Sus investigaciones con pacientes de cerebro dividido mostraron que la mente puede elaborar explicaciones coherentes acerca de conductas cuyas causas completas desconoce. Una parte del cerebro recibe una información, se produce una conducta y posteriormente la parte verbal construye una razón plausible para explicarla. En los documentos aparece precisamente ese mecanismo denominado «intérprete».

Siempre me ha parecido que llevamos un portavoz dentro de la cabeza.

La decisión se toma en una habitación a la que el portavoz no asistió. Unos minutos después sale ante los periodistas y explica perfectamente qué sucedió.

Compramos algo y ofrecemos una razón.

Nos enfadamos y ofrecemos una razón.

Confiamos en una persona y ofrecemos una razón.

Votamos y ofrecemos una razón.

Parte de esas explicaciones será correcta. Pero la conciencia puede ignorar elementos que intervinieron antes de que apareciera la explicación: experiencias, asociaciones, temores, deseos, imágenes, lealtades, estímulos, información olvidada, identidad social.

Esto tiene consecuencias políticas importantes.

Una persona puede sentirse absolutamente racional mientras responde a una realidad previamente seleccionada, ordenada e interpretada.

Eso no disminuye su inteligencia. Describe una condición humana.

El poder siempre ha comprendido intuitivamente esta cuestión. Los gobiernos han utilizado símbolos. Las religiones, rituales. Los ejércitos, uniformes. Los partidos políticos, consignas. Las empresas, marcas. Las sociedades humanas están construidas en parte sobre mecanismos que organizan significado.

La diferencia contemporánea reside en la precisión.

Durante siglos el poder intentó persuadir a grupos.

Ahora puede aprender individuos.

Hace treinta años una campaña electoral enviaba aproximadamente el mismo mensaje a millones de personas. Hoy los sistemas digitales permiten clasificar comportamientos, testar respuestas y segmentar audiencias con una precisión creciente.

La siguiente fase resulta evidente.

La inteligencia artificial permite producir el mensaje en el mismo momento en que encuentra al destinatario.

No hace falta entrar en un futuro remoto. Ya estamos acostumbrándonos a sistemas que resumen información, responden preguntas, escriben textos y ordenan grandes cantidades de datos. El paso siguiente consiste en personalizar esas respuestas con una precisión cada vez mayor.

Dentro de algunos años, probablemente nadie se sorprenderá de escuchar un programa informativo creado para una única persona.

El sistema conocerá cuánto tiempo tiene disponible, qué temas sigue, qué conceptos necesita que le expliquen y qué lenguaje comprende mejor. Seleccionará cinco acontecimientos entre miles y los organizará en veinte minutos.

La cuestión decisiva no será si los acontecimientos ocurrieron.

Será por qué esos cinco.

Y por qué en ese orden.

Aquí el problema de la realidad adquiere una dimensión política que en 1995 apenas podía formularse.

Quien selecciona el marco interviene sobre la experiencia antes de que comience la reflexión.

Philip K. Dick comprendió muy pronto la relación entre información y libertad. En Metz habló de una sociedad en la que el Estado pudiera llegar a saber más de una persona que ella misma y consideraba ese conocimiento una forma particularmente peligrosa de poder.

Hoy un dispositivo corriente puede reconstruir aspectos extraordinariamente precisos de nuestra conducta.

Dónde estuvimos.

Con quién hablamos.

Qué compramos.

Qué buscamos.

Qué miramos durante más tiempo.

Cuándo dormimos.

Cuándo despertamos.

Qué ruta seguimos.

Qué música escuchamos cuando estamos solos.

La acumulación de esas pequeñas piezas compone algo parecido a un segundo individuo, una sombra informacional que camina junto a nosotros.

Y esa sombra puede llegar a ser extraordinariamente reveladora.

Una persona olvida. El sistema registra.

Una persona se contradice. El sistema compara.

Una persona dice que algo no le interesa. Su comportamiento puede contar otra historia.

Tal vez uno de los acontecimientos psicológicos más importantes de este siglo consista precisamente en esto: la aparición de sistemas capaces de conocernos mediante nuestra conducta, incluso cuando esa conducta contradice la narración que hacemos sobre nosotros mismos.

Volvemos así a Gazzaniga.

El portavoz dice una cosa.

Los datos conservan actas de la reunión.

Pete Peterson introduce aquí una formulación diferente. En los textos atribuidos a sus entrevistas aparece repetidamente la noción de un campo informacional situado detrás de la organización material. Utiliza la comparación entre una impresora y el archivo que contiene las instrucciones: aquello que vemos sería la ejecución visible de una información más profunda.

Esta analogía adquiere una fuerza especial en nuestra época porque todos comprendemos intuitivamente la diferencia entre una pantalla y el código que la genera.

La aplicación que veo no es el código.

El código tampoco es el servidor.

El servidor tampoco es la red.

Estamos acostumbrados a utilizar sistemas compuestos por niveles que permanecen invisibles para el usuario final.

Sin embargo, cuando pensamos en la realidad seguimos comportándonos como si la primera capa visible agotara necesariamente la arquitectura.

Quizá por eso Kushi, Talbot, Peterson y Dick, pese a utilizar lenguajes tan distintos, terminan obligándonos a mirar en la misma dirección: detrás de la interfaz.

Kushi habló también de una transformación futura del ser humano vinculada a tecnología, comunicación y modificación de nuestras condiciones de vida. En el material que recoge esas declaraciones aparece 2033 dentro de una secuencia histórica en la que tecnología, psicología y biología terminan convergiendo.

Lo que me interesa de esa visión no es una fecha aislada. Es la dirección.

La humanidad está construyendo una mediación tecnológica cada vez más íntima.

Primero colocamos máquinas en fábricas.

Después en oficinas.

Después en nuestros hogares.

Después en nuestros bolsillos.

Ahora las acercamos al cuerpo.

El paso siguiente las acerca a la percepción.

Interfaces neuronales, realidad aumentada, asistentes permanentes, sistemas biométricos, inteligencia artificial personalizada, memoria digital. Cada innovación puede tener una utilidad perfectamente concreta. Pero el conjunto empieza a dibujar una transformación más profunda de nuestra relación con el mundo.

Dentro de diez años usted podría levantarse y encontrar que un sistema ya ha analizado su sueño, su agenda y sus constantes fisiológicas. Le ofrecerá aquello que considera relevante antes de que haya hablado con otra persona.

Durante el desayuno recibirá un resumen personalizado de la actualidad.

Camino del trabajo escuchará contenido generado específicamente para usted.

Cuando necesite tomar una decisión, pedirá consejo a un sistema que quizá conozca miles de decisiones anteriores.

Por la noche conversará con una inteligencia que recuerda lo que usted dijo hace ocho años mejor que usted mismo.

Llegará un momento en que algunos de esos sistemas podrán predecir determinados comportamientos con una precisión que nos resulte incómoda.

Entonces regresará la pregunta de Francisco Rodríguez Domínguez.

¿Dónde termina nuestra percepción y dónde empieza aquello que la organiza?

Ese futuro no necesita parecerse a una dictadura tradicional. Probablemente sería un error esperarla de esa forma. Las viejas tiranías necesitaban obligar. Los sistemas más refinados pueden operar mediante comodidad.

El teléfono no tuvo que entrar por la fuerza en nuestras casas.

Lo compramos.

Las redes sociales no necesitaron imponernos vigilancia.

Entregamos información porque recibíamos a cambio comunicación, entretenimiento y utilidad.

La inteligencia artificial probablemente seguirá el mismo patrón. La aceptaremos porque resolverá problemas reales. Ahorrará tiempo. Encontrará información. Traducirá. Organizará. Recordará.

Precisamente por eso la pregunta importante no consiste en rechazar la tecnología.

Consiste en conservar conciencia sobre la intermediación.

Existe una diferencia entre utilizar un mapa y olvidar que uno está mirando un mapa.

Esa diferencia parece pequeña.

Puede terminar siendo decisiva.

Cuando Francisco habló conmigo en 1995, muchas de estas cuestiones carecían todavía de ejemplos cotidianos. Hoy están delante de nosotros.

Talbot nos habla de una realidad profunda tras las apariencias.

Kushi distingue forma y fundamento.

Peterson coloca información detrás de organización.

Gazzaniga muestra que la conciencia construye explicaciones acerca de procesos que no conoce completamente.

Dick introduce programación, modificación y mundos cuya apariencia de continuidad puede ocultar transformaciones profundas.

Nuestra época añade algoritmos capaces de seleccionar aquello que vemos y sistemas inteligentes capaces de participar en su interpretación.

Ése es el punto en el que aquellas conversaciones privadas dejan de parecer lejanas.

Quizá por eso he tardado tanto en escribir esto.

Hay ideas que resultan prematuras hasta que la realidad cotidiana empieza a proporcionarles vocabulario.

Ahora puedo decirle lo que quizá no habría sabido formular entonces.

Cada mañana, antes de tocar el teléfono, existe un instante muy breve en el que el mundo todavía no ha sido organizado para nosotros.

La habitación.

La luz.

El cuerpo.

El silencio.

Después aparece la pantalla y comienza la intermediación.

Noticias.

Mensajes.

Alertas.

Imágenes.

Interpretaciones.

Recomendaciones.

El mapa empieza a cubrir el territorio.

No considero necesario vivir desconfiando de todo. Eso sería otra forma de quedar atrapado por la representación. Lo que considero necesario es conservar una distinción interior.

Esto ocurrió.

Esto es lo que percibí.

Esto es lo que alguien seleccionó para mostrarme.

Esto es lo que mi mente interpreta.

Son frases diferentes.

La madurez intelectual quizá empiece cuando dejamos de confundirlas.

Y aquí vuelvo por última vez a aquel versículo de San Pablo.

«Ahora vemos por espejo, oscuramente».

Siempre lo había entendido como una promesa sobre aquello que algún día llegaremos a conocer.

Hoy también lo leo como una advertencia sobre aquello que creemos conocer ahora.

Vemos.

Pero todavía existe un espejo entre nosotros y la totalidad.

La cuestión del siglo XXI será quién construye ese espejo, qué refleja, qué deja fuera y hasta qué punto recordamos que está ahí.

Francisco Rodríguez Domínguez puso esa pregunta delante de mí en 1995.

He necesitado más de treinta años para comprender por qué no desapareció.

Ahora puedo confiarle la razón.

La batalla más importante por la realidad quizá nunca consista en decidir si el mundo existe.

Consistirá en conservar la capacidad de distinguir el mundo de la representación que recibimos de él.

Porque cuando esa diferencia se pierde, alguien puede cambiar el mapa y nosotros terminaremos jurando que fue el territorio el que cambió.

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